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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

Signos de esperanza

Lauren Fernández y Jaime Castillo

Resumen
El imperio se ha declarado la verdad última, se trata del fin de las alternativas y de las utopías, que no sean las suyas. Esta situación actual, ya era vivida por las comunidades del Apocalipsis. La cotidianidad lo demostraba, era el ámbito en el que de manera absoluta se expresaba el poder de Roma, no había alternativa (esperanza), que pudiera ser oposición articulada. La experiencia cristiana de tribulación y muerte, vivida desde la experiencia del Mártir muerto y resucitado, logra volverse resistencia y esperanza salvando a la misma cotidianidad del imperio de lo efímero. Las visiones de 1,9-19 y 12,1-18 son una lectura - contemplación de la cotidianidad, que logran cambiar la tribulación y muerte, en resistencia, y esperanza en el triunfo de la vida y de la justicia.

Abstract
The empire has declared itself the ultimate truth. It is the end of any alternatives and utopias except for its own. This is the situation of our days, but is has been lived out already by the communities of the Apocalypse. Their everyday life was a proof of that, and this was the context where the power of Rome expressed itself in an absolute way. There was no alternative (hope) that would have been an organized alternative. The
Christian experience of tribulation and death, lived from the point of view of the experience of the dead and resurrected Martyr, manages to establish itself into resistance and hope, saving this very everyday life of the empire of the ephemeral. The visions in 1,9-1- and 12,1-19 are a reading – contemplation of everyday life which manage to change the tribulation and death into resistance and hope in the triumph of life and justice.


En el actual momento mundial, en que impera el mercado y su lógica de disfrute ilimitado, las grandes utopías sociales, van decayendo al punto de la extinción, es el fin de las ideologías.

Lo que vendría en adelante son, según el emperador, etapas de adaptación, consolidación y maximización de sí mismo. Ello sería la plasmación de la utopía mesiánica neoliberal, la del imperio total de la desilusión. Lo paradójico y contradictorio es que esta utopía requiere el fin de las utopías, la ausencia de alternativas que se constituyan en esperanzas, se requiere una absoluta instalación en el día a día, en la cotidianidad, en el eterno retorno.

Un mecanismo de instalación del proyecto neoliberal es el de la cotidianidad rota. Lo que tiene importancia son las vivencias cotidianas, las del presente, sin relación con grandes sueños. La resignación a que lo verdadero es el hoy palpable, y no el mañana y sus ilusiones. En esto, el cristianismo y su utopía, son un obstáculo que, si bien no puede fácilmente ser eliminado, puede ser minado volviéndolo inocuo.

La cotidianidad, no es ninguna novedad para el cristianismo, ella es la realidad, las situaciones concretas en las cuales se construye el Reino, es un lugar epistemológico y hermenéutico, es en donde, y desde donde, se contempla el paso de Dios, se percibe su plan. Es donde persiste la terca esperanza que enlaza lo cotidiano con el mañana, salvando el mismo día a día de lo efímero y vacuo a que le pretende reducir el imperio.

El Apocalipsis, escrito en situaciones parecidas a la que describimos muy rápidamente, nos muestra que ese género, es un lenguaje apropiado para expresar la percepción de la acción de Dios, y la vivencia de la cotidianidad desde la esperanza, que se traduce en pequeñas acciones, pero no fragmentadas, sino que se remiten necesariamente a un proyecto más amplio, aunque éste no encuentre manera de expresarse debido a la cultura imperial que niega su posibilidad y vacía de contenido cualquier intento de respuesta.

El Apocalipsis, es el libro de la esperanza que viven los cristianos en tiempos de tribulación y persecución; es el libro de las utopías subversivas para el imperio. Nos presenta la lectura de una cotidianidad ambivalente. Por un lado, es una realidad de muerte, pero por otro lado, el creyente contempla el paso de Dios y de su Plan de Salvación. El autor la aborda una realidad que pretende matar la esperanza de los cristianos y trabaja un texto con el que consigue transmitir lo contrario.

De entre los textos ejes del libro, hemos escogido dos: la visión de la mujer y el dragón, de 12,1-18; y la visión del Hijo del Hombre, de 1,9-19. Los dos, expresan contemplaciones, captaciones, experiencia de Dios en una realidad concreta y problemática.
 
La visión del Cap. 12, expresa la situación inmediata de las comunidades del Apocalipsis, donde lo palpable, lo cotidiano, es el poder destructor del imperio. Las comunidades descubren que la dura y cruel persecución es una prueba evidente de que el dragón está en camino a su derrota definitiva.

La visión del Cap. 1 muestra que Jesús es el mártir fiel y verdadero (Ap 3,14). En una Iglesia perseguida, excluida y llena de mártires, que a Jesús se le llame el testigo fiel era todo un signo de esperanza y ejemplo para las primeras comunidades. Jesús es mártir por ser fiel hasta las últimas consecuencias al proyecto del Reino de Dios, su Padre, por ello es exaltado y ahora es el Señor de la historia y los mártires de hoy participan de este triunfo.

Con estos dos estudios bíblicos y pastorales sobre el Apocalipsis, pretendemos abordar el problema de la desilusión y desesperanza que surge en nuestras comunidades cristianas en este momento de pretendido fin de los sueños e ilusiones. Queremos también hacer un aporte al tema de la cotidianidad y la esperanza, en este momento de tentación, y casi de convencimiento, de que lo único que queda es la instalación en la paz presente e individual, en salidas individuales a problemas individuales, según las normas del imperio.

Las esperanzas son posibles y hoy las descubrimos presentes en la vida y en la lucha cotidiana de las comunidades cristianas.

1.         Experiencias de vida y de muerte: Apocalipsis 12,1-18 - Ellos han vencido por la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron

 

El capítulo 12 del Apocalipsis habla de una mujer que grita con dolores de parto, porque le llegó la hora de dar a luz. Delante de ella, un dragón inmenso está atento para devorar al niño que va a nacer.

Lo más probable es que el dragón sea el vencedor. Pero no por ello la mujer deja de dar a luz. Es dando a luz como ella vence el poder del dragón.

La mujer, en el momento de engendrar, se encuentra totalmente indefensa, enteramente entregada a dar vida nueva a otro ser. El parto es, al mismo tiempo, el momento de su mayor debilidad y de su mayor fuerza. Juntos, ella y el niño, vencen al dragón. Su debilidad es más fuerte que el poder organizado. Generando hijos, la mujer mantiene la esperanza de la humanidad contra el poder destructor del dragón, que ni siquiera matando consigue vencer la vida.

Veamos tres modos de leer este capítulo 12 del Apocalipsis y de alimentar nuestras esperanzas.

 

1.1.      Tres lecturas desde la evidente desesperanza

1.1.1.   La lucha entre el bien y el mal

Hoy damos otros nombres a este enfrentamiento: la Vida contra la muerte, el Proyecto de Dios contra los proyectos de injusticia y muerte, la Luz contra las tinieblas, la humanidad contra el sistema neoliberal, etc.

La historia humana se mueve entre estos dos polos, y parece que el triunfador será el mal, lo negativo, lo diabólico... ¡la muerte que vence! Incluso, parece que el bien es tan débil y frágil como una mujer encinta y que el mal es poderoso y fuerte como un dragón.

La mirada de tanta gente es desesperanzadora. Todo es destrucción y muerte. Los propios seres humanos nos encargaremos de acabar con todo lo que tenga vida.

Esta manera de ver las cosas es muy común, a tal punto que algunas personas, al ver tanto mal en el mundo ya no creen en Dios.

¿Cómo hablar de una humanidad nueva cuando se ve tanto irrespeto a la vida, tanta violación de derechos humanos, tanto egoísmo e indiferencia ante tanta destrucción de la vida?

Muchos piensan que el bien y el mal están al mismo nivel, son iguales en poder; más aún, el bien es más débil... Las conclusiones que salen de aquí son horrendas: ¿Para qué ser buenos si los buenos quedan como tontos útiles? ¿Para qué esforzarse en ser fieles a los valores en favor de la vida si los que triunfan son los despiadados? ¿Por qué preocuparse de los demás si no hay nadie que se preocupe por mí?

Sin embargo, toda la Biblia es una constante afirmación de que Dios no abandona, que el proyecto del Dios de la Vida saldrá victorioso sobre los proyectos de muerte, que el bien siempre vencerá, que siempre hay esperanza.

En este combate es necesario decidirse: ¿de qué lado nos ponemos? No podemos quedarnos en la mitad ¡O es sí, o es no! ¡A favor de la vida, o en contra de ella!

1.1.2.   El pueblo de Dios contra el imperio

El texto describe la rabia del dragón para con la mujer, que es la comunidad del Mesías. Esta tiene dos tiempos: el tiempo de dar a luz al Mesías (el pueblo de Dios en el AT) y el tiempo de la persecución después que el Mesías fue llevado al cielo (la Iglesia del NT). En este tiempo, ¡ya no existe lugar en el cielo para el dragón, pues ahí está Cristo que lo venció! Pero el dragón baja a la tierra, donde ejerce su venganza contra los que son de Cristo.

El dragón representa todo aquello que destruye la vida. En la realidad concreta de las comunidades cristianas de fines del siglo I, representa al Imperio Romano que persigue y mata a las comunidades. Sus cabezas representan a los diversos emperadores, muchos de los cuales ejercieron un poder de muerte contra los cristianos.

Las comunidades cristianas conocían su historia. Sabían lo que el Pueblo de Dios había sufrido antes de dar a luz al Mesías. Con mucha más razón debían confiar en la fidelidad de Dios con las comunidades. Así como Cristo venció, la comunidad también vencerá. Así como Dios sacó a su pueblo de Egipto con “alas de águila” (Ex 19,4; Dt 32,11), también lo hará ahora. La memoria histórica de la primera liberación alimenta la esperanza de la nueva liberación.

1.1.3.   Una mujer valiente nos regala la esperanza

En la Biblia, la gran lucha de la historia humana se da entre la muerte y la vida. Desde el primer anuncio de esta lucha en el libro del Génesis hasta su final descrito en el Apocalipsis, la mujer aparece como símbolo de vida, símbolo de todos los que luchan por la vida.

En el Antiguo Testamento

Fue la lucha de cuatro mujeres en defensa de la vida de los niños lo que desencadenó el éxodo. La Biblia conservó sus nombres: Sifrá y Púa, las parteras (Ex 1,15), Jocabed, la madre de Moisés (Ex 6,20), y Miriam, la hermana de Aarón (Ex 15,20). Ellas tuvieron el coraje de iniciar la resistencia contra el sistema del faraón que había decretado la muerte de los niños. Esta historia, narrada al comienzo del libro del Éxodo (Ex 1,15-22; 2, 1-10), se transmitía de generación en generación, para despertar las conciencias y provocar en los oyentes la misma acción en defensa de la vida. ¡Hoy tenemos tantas historias bonitas del mismo tipo que podrían ser recordadas y narradas, de generación en generación, para despertar nueva conciencia en nosotros!

Otras historias de lucha por la vida en el AT son: Agar (Gen 16,1-16; 21,8-21), Tamar (Gn 38,1-30), Rahab (Jos 2,1-21; 6,22-25), Débora (Jue 4,1-5,31), la compañera anónima del levita de Efraín (Jue 19,1-30), Ana (1 Sm 1,1-2,11), Gomer (Os 1,2-3,5). En el período después del exilio, Judit, Ester, Rut, Noemí, Susana, la Sunamita.

En el Nuevo Testamento

La mujer vivía marginada por el simple hecho de ser mujer. No participaba en la sinagoga. En la vida pública no podía ser testigo. Muchas mujeres no concordaban con esa situación y resistían. Su resistencia encontró eco y acogida en Jesús.

La prostituta tiene coraje de desafiar las normas y entra en la casa del fariseo para encontrarse con Jesús (Lc 7,36-50).

A la mujer encorvada no le importan los gritos de los dirigentes de la sinagoga y busca su curación en día sábado (Lc 13,10-17).

La señora, considerada impura a causa del flujo de sangre, tiene el coraje de meterse en medio de la multitud y de pensar exactamente lo contrario que indicaba la doctrina. La doctrina decía: ¡Si yo le toco, él quedará impuro! Pero ella decía: “Si logro tocar aunque sea sólo su ropa, sanaré!” (Mc 5,25-34).

La samaritana, despreciada como herética, tiene coraje de interpelar a Jesús y de cambiar el rumbo de la conversación iniciada por Él (Jn 4,26).

La mujer extranjera de la región de Tiro y Sidón consigue cambiar el modo de pensar de Jesús y es atendida por Él (Mt 15,21-28).

Las madres con hijos pequeños se enfrentan a los discípulos y son acogidas y bendecidas por Jesús (Mt 19,13-15).

María Magdalena considerada poseída (Lc 8,2), juntamente con otras Marías, fueron las únicas que desafiaron el poder del imperio y quedaron cerca de la cruz de Jesús (Mc 15,40-41). Fueron ellas las que recibieron la orden de anunciar a los discípulos la victoria de Jesús sobre la muerte (Mc 16,6-7; Mt 28,10).

La mayoría de veces, a lo largo de la historia, las iniciativas, los cánticos y los anuncios de victoria parten de las mujeres.

La figura de María, la mujer que enfrenta y vence al dragón, sigue siendo el símbolo de la lucha contra la muerte y en defensa de la vida. Ella aparece en las grandes devociones populares en casi todos los países de América Latina, desde Argentina hasta México. Ella inspira la devoción del pueblo a la Virgen de Guadalupe, la Virgen del Quinche, la Virgen Aparecida y muchas otras. Esta misma imagen de la mujer en lucha contra el dragón llama la atención hacia el lugar central que la mujer ocupa en las CEBs, en la vida religiosa, en las luchas populares, en la cultura y en los mitos de los indígenas, en la tradición y la resistencia de los negros.

1.2.      Estudio de Apocalipsis 12,1-18 / Las figuras de Apocalipsis 12,1-18

Estamos en el centro del libro del Apocalipsis. Es el tiempo de conversión y de compromiso. Es el momento más importante para la toma de conciencia sobre la realidad que están viviendo las comunidades cristianas. Su posición entre las Bestias (12,1-13,18) y el juicio de Dios es decisivo (14,6-15,4).

El capítulo 12 del Apocalipsis es una representación para expresar la confrontación entre el Imperio Romano y el Pueblo de Dios. Es la confrontación entre lo bestial y lo humano de la historia. El Reino llega por la sangre del Cordero y el testimonio de los mártires (12,10-11).

1.2.1.   Una mujer y un monstruo rojo (Ap 12,1-6)

Tenemos dos figuras fundamentales y contrapuestas: una mujer y un monstruo. Ambos aparecen como señales en el cielo.

La primera gran señal en el cielo es una mujer hermosa: aparece vestida de sol, con la luna bajo sus pies y con doce estrellas sobre su cabeza. La mujer aparece como señal de vida: está encinta y a punto de dar a luz; luego da a luz un hijo varón (Ap 12,1-2).

La otra señal es un monstruo horrible: grande, rojo, con siete cabezas y 10 cuernos. El monstruo es señal de muerte: está ahí para matar al hijo de la mujer; además, con su cola arrastra un tercio de las estrellas (Ap 12,3-4).

El sentido fundamental de estas dos figuras es el enfrentamiento entre la vida y la muerte. La vida aparece hermosa, pero débil y frágil; la muerte aparece como una fuerza horrorosa y poderosa. En la confrontación entre la vida y la muerte, sin embargo, lo que triunfa es la vida. En consecuencia, el mensaje fundamental de esta representación mítica es la esperanza.

Se quiere expresar que el Imperio no es divino, sino satánico; los emperadores son cabezas de un mismo monstruo satánico. Roma no es una diosa, sino una prostituta; es la nueva Babilonia, madre de todos los que se venden al mejor comprador. Y la mujer es el Pueblo de Dios, del cual nace el Mesías Jesús. El Imperio Romano mata a Jesús, pero su sangre y el testimonio de los mártires logran derrotar a Satanás, al resucitar Dios a su Hijo.

El autor del Apocalipsis construye este capítulo 12 a partir del A T. El Pueblo de Dios es representado a menudo como una mujer: una mujer que da a luz un pueblo nuevo (Is 66,5-9: “Tuvo dolores y dio a luz Sión a sus hijos...”).

La mujer dio a luz a un Hijo varón. Se refiere al Gólgota, para expresar los dolores y el tormento del nacimiento del Mesías en la cruz, el nacimiento del Hombre Nuevo (Ap 12,5).

Jesús compara su cruz y resurrección con una mujer que sufre en el parto y goza por el nacimiento de un niño (Jn 16,20-22; Is 26,17-19). El Salmo 2,7 presenta la consagración del Mesías (rey) como un nacimiento: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”. Esto mismo se aplica a la resurrección de Jesús (He 13,33). Jesús es “constituido Hijo de Dios con poder... por su resurrección de entre los muertos” (Rom 1,4).

Los sufrimientos de Jesús en la cruz, así como los sufrimientos de los cristianos, no son sufrimientos de muerte, sino de parto: nace algo nuevo. Del mismo modo, los dolores de la historia (terremotos, hambre...) no son los dolores del fin del mundo, sino los dolores de parto de un mundo nuevo (Mc 13,8). Es el Reino de Dios que se impondrá sobre los poderes del mundo. Este proyecto nace del Pueblo de Dios (la mujer vestida de sol) en contra de la fuerza satánica y destructora de los imperios (monstruos).

1.2.2.   Una batalla en el cielo (Ap 12,7-9)

Aparecen Miguel y sus ángeles y el monstruo y sus ángeles. La figura de Miguel está tomada de Dn 10,13.21, y de 12,1: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo”. Miguel, con sus ángeles, es una figura que representa la fuerza trascendente y espiritual del Pueblo de Dios (cf. Ex 23,20-21). Esta fuerza ahora se va a enfrentar a la fuerza espiritual y trascendente del Imperio, representada por el monstruo y sus ángeles.

La guerra en la tierra, entre el Imperio y la comunidad cristiana, es apenas la parte visible de la historia; a esta guerra visible corresponde otra guerra entre la fuerza trascendente y espiritual del Pueblo de Dios (Miguel), y la fuerza “espiritual” del Imperio (monstruo).

El Apocalipsis nos dice que en esta guerra ganaron Miguel y sus ángeles, y que el monstruo y sus ángeles perdieron, por lo que ya no hay lugar para ellos en el cielo. Es la derrota de las fuerzas sobrenaturales del mal, personificadas con la figura de la serpiente antigua, el Diablo o Satanás. El demonio es arrojado a la tierra y, ahí, hace la guerra a la comunidad. Es un demonio que está espiritualmente derrotado, que ya no tiene fuerza trascendente. Ahora el cielo está limpio de fuerzas oscuras, de las fuerzas sobrenaturales del mal. Este es un motivo de tremenda esperanza para los cristianos.

1.2.3.   ¿Quién es el dragón del Apocalipsis?

El dragón del capítulo 12 del Apocalipsis es descrito como “la serpiente antigua, el Diablo o Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap 12,9). El autor estaba convencido que el demonio era quien había movilizado los poderes del Imperio Romano contra la comunidad cristiana.

La figura del dragón trae a la memoria dos “sucesos” del comienzo de la creación; el primero es la caída de los ángeles que se rebelaron contra Dios (cf. Ap 13,4. “¿Quién como Dios?” ); el segundo es la tentación de Adán y Eva; ahora como entonces, el dragón -la serpiente- está al acecho para destruir el plan de Dios, pero la nueva Eva, la mujer del Apocalipsis, sale vencedora con la ayuda de Dios.

El dragón tiene siete coronas sobre sendas cabezas, diez cuernos, y arrastra un tercio de las estrellas del cielo; es una pálida imitación del Cordero que es el verdadero rey que tiene todo poder y que controla los destinos de la historia (cf. 1,16-18; 5,6; 19,12). El demonio quiere imitar a Dios y ser como Dios; trabaja por establecer en el mundo el anti-Reino de Dios.

El dragón simboliza la impotencia básica de los poderes del mal contra el pueblo de Dios. El dragón es impotente en el cielo y en la tierra: fracasa en su intento de devorar al niño que nace; falla en su persecución contra la mujer porque la misma tierra se traga el agua que el dragón vomita contra ella; tampoco tendrá éxito en su persecución contra la comunidad cristiana. Pero el diablo seguirá siendo muy peligroso porque está desesperado.

El texto repite tres veces que el dragón “fue echado” del cielo. La derrota de Satanás, en la teología de san Juan, es causada por el triunfo y la exaltación de Jesús en el Calvario, cuando el “niño” fue arrebatado y llevado ante Dios. Cuando Jesús fue exaltado, el demonio perdió su ascendiente sobre la humanidad: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo (el demonio) va a ser echado fuera (abajo). Y cuando Yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí. Jesús daba a entender así de qué modo iba a morir” (Jn 12,31-33).

1.2.4.   El monstruo persigue a la mujer (Ap 12,13-18)

Estamos ahora en la tierra. El monstruo, que ya ha sido arrojado del cielo a la tierra, persigue a la mujer en la tierra. La mujer se salva en el desierto. El desierto es símbolo del Éxodo, el lugar donde el Pueblo de Dios conquista su liberación y salva su identidad.

Las dos alas de águila, con las cuales se salva la mujer, también son un símbolo del Éxodo (Ex 19,4; cf Dt 32,11 y Ez 17,7). Representa la fuerza de Dios que ayuda a la comunidad. No se trata de una ayuda exterior. Es la comunidad misma que con la ayuda de Dios vuela al desierto. Dios potencia a la comunidad para su liberación. También la tierra viene en ayuda de la comunidad. La tierra aparece como una realidad opuesta al monstruo, a la serpiente antigua.

1.2.5.   El canto de victoria (Ap 12,10-12)

Se trata de un himno litúrgico que nos ubica en el corazón de la comunidad cristiana:

Ahora ha llegado
la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios
y la autoridad de su Cristo
porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos... (v.10).

Lo importante es que ha llegado el Reino de Dios. La llegada del Reino es un hecho social, público, visible en la historia aquí en la tierra. La causa de la llegada del Reino de Dios es la derrota de Satanás en el cielo. Satanás ha perdido su poder. El Reino llega ciertamente por la fuerza y la gracia de Dios, pero se hace visible y público aquí en la tierra cuando desaparecen las fuerzas sobrenaturales del mal, la idolatría, la gran injusticia. Esta es la derrota espiritual de Satanás que permite descubrir, a la luz de la fe, el Reino de Dios y del Mesías como un proyecto histórico, liberador.

Los mártires son los que causan la derrota de Satanás. ¿Cómo los mártires han podido derrotarlo? Ellos son capaces de arrojar al Demonio fuera del cielo, de quitarle todo su poder. Los mártires solo pueden ser poderosos por la sangre del Cordero, la sangre del mártir fiel (1,5) que dio testimonio del Reino hasta la cruz. La muerte y resurrección de Jesús es lo que hace posible a los mártires derrotar a Satanás y manifestar el Reino de Dios.

También se nos dice que los mártires derrotan a Satanás por la palabra del testimonio de ellos. El testimonio no es cualquier palabra, sino únicamente la palabra pública que compromete ante los poderes, de la cual uno ya no puede retractarse. El testimonio de los mártires tiene esa fuerza que despoja a Satanás de todo poder. Los mártires aparecen en el cielo como vencedores, aunque ahora hay un progreso: no solo han derrotado a Satanás en el cielo, sino que también han sido capaces de vencer en la tierra sobre la Bestia, su imagen y la cifra de su nombre.

 

1.3.      Aplicación pastoral

La persecución de las comunidades es parte de una lucha más amplia, la lucha entre la vida y la muerte. La persecución es señal de la victoria de Jesús sobre el dragón. Satanás es un eterno derrotado. Fue derrotado por Jesús (Ap 12,4-6), por el Arcángel Miguel (Ap 12,7-8), por los que creen en Jesús (Ap 12,11) y por la tierra (Ap 12,16); las comunidades descubren que la dura y cruel persecución de Domiciano es una prueba evidente de que el dragón está en camino a su derrota definitiva!

Para percibir la valentía de los primeros cristianos, actualicemos algunos símbolos del Apocalipsis.

- Juan sugiere que el imperio romano es “vómito de Satanás” (Ap 12,15). ¿Cuál sería hoy el “vómito de Satanás”? ¿Los objetos desechables que llenan los basurales de las grandes ciudades, donde los pobres, buscan una sobra para poder sobrevivir?

- ¿Cuál sería hoy la “marca de la bestia” (Ap 13,16-17), sin la cual la persona no consigue ni comprar ni vender alguna cosa? etc.

Para nosotros, gente del siglo XXI no es fácil aceptar ese modo de pensar. Hay tanta violencia y muerte que se presentan como signos de victoria: ¿Cómo pueden ser signos de victoria? ¿Victoria de qué? ¿Para quién? ¿Cómo descubrir la semilla de vida en la muerte de tantos campesinos, obreros, niños de la calle?

La respuesta a esas preguntas no se encuentra solo en la reflexión teórica, por más importante que sea. Es necesario, al mismo tiempo, buscar un contacto vivencial con los pobres y perseguidos.

Con ellos y ellas hay que reflexionar sobre la figura de la mujer que enfrenta y vence al dragón; ella sigue siendo el símbolo principal de la lucha contra la muerte en defensa de la vida.

 

2.         El testimonio cristiano: Apocalipsis 1,9-19 - No temas, estuve muerto pero ahora vivo para siempre

La visión inaugural (Ap 1,9-19), a través de símbolos, nos presenta a Jesús como el Señor de la gloria y de la historia. Se anuncia que el triunfo de Jesús es garantía del triunfo de todos sus seguidores. Jesús es presentado por medio de siete títulos: Mesías, Testigo fiel, Primogénito de entre los muertos, Soberano de todos los reyes de la tierra, el que nos ama, el que nos rescató con su sangre de nuestros pecados, el que nos ha constituido como un pueblo sacerdotal (cf Ap 1,5-6).

La palabra testigo en griego es “mártir” (martyria). El mártir es el que da testimonio público, dando su vida si es necesario. Jesús es el mártir fiel y verdadero (Ap 3,14). En una Iglesia perseguida, excluida y llena de mártires, que a Jesús se le llame el testigo fiel era todo un signo de esperanza y ejemplo para las primeras comunidades. Jesús es mártir por ser fiel hasta las últimas consecuencias al proyecto del Reino de Dios, su Padre.

En este mismo sentido, Juan desde su experiencia profunda de Dios, transmite fielmente a las iglesias todo aquello que recibió de Jesús.

La comunidad se siente amada y liberada por Jesús, por lo mismo no debe tener miedo (Ap 1,17); al contrario está llamada también al martirio, a dar testimonio de lo que ha visto, oído y experimentado en Jesús.

2.1.      ¿Quién es Jesús?

Jesús recibe muchos nombres; cada nombre revela un aspecto de su persona:

2.1.1.   El testigo fiel

Jesús dio la prueba de que Dios es fiel en el cumplimiento de sus promesas, precisamente cuando las iglesias nacientes experimentaban la opresión, en el año 95, con el emperador Domiciano. Juan al ver a Jesús, cae como muerto a sus pies (Ap 1,17); este gesto refleja la situación de las comunidades que tenían miedo a la persecución y a la muerte. Juan consciente y seguro de la fidelidad de Jesús, comparte el sufrimiento de las iglesias, por eso se encuentra exiliado en Patmos. Está convencido que el proyecto alternativo e histórico del reino de Dios tiene que concretizarse a pesar de la persecución del Imperio.

 

2.1.2.   Cristo Jesús, primogénito de entre los muertos

Jesús nuestro hermano mayor, venció a la muerte y está vivo (Ap 1,18). En Él está ya realizada la promesa que el Padre hizo para todos: vida en abundancia (cf. Jn 10,10).
 
La fe en la resurrección de Jesús anuncia, ante todo, que Jesús vive. La muerte no fue la última palabra que Dios dirigió a Jesús en respuesta a su fidelidad y testimonio. El crucificado ha pasado por la muerte pero no ha perecido en ella, está vivo tras su muerte.

Que Jesús esté vivo quiere decir que la resurrección es una reivindicación que Dios hace a la persona y al mensaje de Jesús. Esto significa que Jesús tenía razón y no las autoridades que le condenaron.

Que Jesús esté vivo no solamente es un acontecimiento reivindicativo sino también revelatorio. Jesús había dado a entender a lo largo de su vida, que una especial relación le unía con Dios; así lo habían percibido los discípulos. Con la resurrección se hace patente que Dios Padre estaba en Jesús: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9). En Jesús se revela el verdadero rostro de Dios.

En Jesús no solo se nos revela el verdadero rostro de Dios sino que, por ello mismo, se nos revela también el verdadero rostro del ser humano. Ser humano consiste en ser como Jesús, precisamente porque Jesús es la imagen de Dios y el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27).

2.1.3.   Príncipe de los reyes de la tierra

Jesús tiene el poder de realizar la promesa del Padre. Los reyes de la tierra; el emperador romano, no conseguirán impedirlo; Jesús es más fuerte, está por encima de ellos y los domina.

Jesús fiel, fuerte y hermano, nos ama (Ap 1,5) llegó a derramar su sangre para liberarnos y hacer de nosotros un “reino de sacerdotes” (Ap 1,6). Él tiene “el dominio por los siglos de los siglos” (Ap 1,6); al final de los tiempos, él volverá sobre las nubes. Todos lo verán y se golpearán el pecho, incluso aquellos que lo clavaron en la cruz (Ap 1,7).

Todo esto es lo que Juan piensa y espera del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y lo transmite a las comunidades: “escribe en un libro lo que veas y manda ese libro a las siete iglesias” (Ap 1,11; 1,19). Las siete iglesias simbolizan a la humanidad entera.

La certeza fundamental que Juan busca transmitir a las comunidades, es que Jesús resucitado esta vivo corporalmente en medio de las iglesias: su vestido es una túnica sacerdotal; los cabellos son blancos; los ojos como fuego; los pies sólidos como el metal; en su mano tiene siete estrellas que representan a los responsables de cada comunidad; de su boca sale una espada penetrante; su rostro brilla como el sol.

Juan tiene una experiencia profunda del poder, del amor y de la santidad de Jesús. Por medio de imágenes trata de comunicar a las iglesias aquello que él mismo experimenta: “no temas nada, soy Yo, el Primero y el Último, Yo soy el que vive, estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo en mis manos las llaves de la muerte y del infierno” (Ap 1,17-18).

Muchas de estas imágenes a pesar de ser conocidas, tal vez no eran entendidas en detalle por el pueblo, pero seguramente se entendía el sentido del conjunto, pues las comunidades tenían la misma fe en Cristo Jesús.
           
Por último, aunque Cristo está presente en las iglesias, porque tiene vestido, cabeza, cabellos, pies, voz, manos, boca y rostro (Ap 1,1-20), ellas experimentan una realidad profunda y transcendente de la historia que es importante para la vida de las iglesias; el cielo nos hace vivir de una manera diferente, transcendente y espiritual. Las 7 iglesias tienen ya una existencia diferente, porque Cristo ha resucitado y sus seguidores también resucitarán.

2.2.      Estudio bíblico: Apocalipsis 1,9-19

 

2.2.1.   La vida de las comunidades

Las comunidades cristianas en el año 95 se encuentran perseguidas por el régimen de Domiciano. Este emperador, siguiendo a Calígula, quería que la unidad del Imperio fuese establecida en torno al culto imperial. El emperador era considerado dios o señor, la tierra entera lo adoraba y apoyaba su régimen (Ap 13,4.12-14), pero para las comunidades cristianas el único Señor (Kyrios) era el “Viviente”. El Emperador debía recibir culto en todas las ciudades del Imperio. Muchos afirmaban que el Emperador era un resucitado. Todas las religiones que se oponían a esa política imperial fueron perseguidas, consideradas como religiones ilícitas; entre ellas estaban las primeras comunidades cristianas. Ellas viven una opresión permanente y una exclusión total: económica-política-cultural-religiosa y familiar. La “tribulación” que aparece en (Ap 1,9) además de ser por la persecución, es también por la permanente opresión y exclusión.

El pueblo de las comunidades tenía además otras dificultades. Había un cansancio natural después de tantos años de caminar en la fe (Ap 2,2). Unas se estaban muriendo, otras se acomodaban, engañadas por la riqueza (Ap 3,16-17) o eran “tibias” (Ap 3,15); pero muchas continuaban firmes en la fe (Ap 3,8). Surgieron falsos líderes que se presentaban como apóstoles y que no lo eran (Ap 2,2). Nacieron doctrinas equivocadas que traían confusiones (Ap 2,6.15); las persecuciones por parte de los mismos judíos (Ap 2,9; 3,9); el problema de otras religiones que se mezclaban con la fe en Jesús (Ap 2,14-20). Es para estas comunidades pequeñas que Juan escribe su libro, animándolas e invitándolas a permanecer firmes en la fe a pesar de las adversidades.

2.2.2.   Tres llaves de lectura

El Apocalipsis nació de una experiencia profunda que tuvo Juan sobre la persona de Jesús. Juan entrando en detalles, hasta recuerda el día y el lugar: fue un domingo, es el “día del Señor” (Ap 1,10) ya asumido como el día de los cristianos. Juan tiene la visión durante una liturgia y posiblemente durante la eucaristía (especialmente 12,17 tiene elementos eucarísticos).

La primera clave de lectura es que se trata de una visión que tiene Juan. Una visión es como un sueño; no puede ser tomada al pie de la letra, palabra por palabra. La visión es fruto de una experiencia; a través de imágenes trata de expresar o de compartir esta experiencia. La visión en el Apocalipsis busca siempre comunicar una certeza fundamental: Jesús ha resucitado y acompaña la lucha de las comunidades.
 
La segunda clave es la menra como se presenta Juan: “yo Juan, hermano y compañero en las dificultades”. Al presentarse como hermano y compañero, Juan excluye toda jerarquización de poder. Juan es un profeta (1,1-3; 10,1-11), posiblemente responsable de muchas comunidades del Asia Menor, compañero en la tribulación (thlipsis), en los anhelos del Reino (basileia) y en la resistencia (hypomoné).

La tercera clave es Jesús resucitado que vive en medio de las comunidades. Está presente en la historia y además tiene poder para destruir la muerte. Jesús es contrario a las bestias que representan al Imperio.

2.2.3.   Los detalles de la visión

La visión inaugural, con ecos del Éxodo 19,16, describe la grandeza y la sublimidad de Cristo con características del “Anciano de los días” de Dn 7,13-14; es una figura humano-divina: era como un Hijo de Hombre, vestido con una túnica talar (era sacerdote); ceñido al talle con un ceñidor de oro (como los reyes); sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve (señal de eternidad y sabiduría).
           
Sus ojos eran como llamas de fuego (penetrantes, que lo ven y lo saben todo); sus pies parecían metal precioso acrisolado (firmeza, estabilidad y seguridad); su voz era como el ruido de grandes aguas (que todo el mundo puede oír y que causan espanto por su potencia).

En su mano derecha tenía siete estrellas (en su mano están el destino de las siete comunidades y los poderes del universo; es el señor de la gloria y de la historia); de su boca salía una espada de dos filos (es la palabra tajante del juez que dicta la sentencia de vida o muerte); y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza (como el de Jesús en la transfiguración), siendo símbolo de algo glorioso e irresistible.

Cristo aparece en medio de siete candeleros. Este candelero es el símbolo del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Cristo está en medio de la Iglesia y de las siete iglesias. Los cristianos pueden poner toda su confianza en Jesús porque desde el principio se revela como el que tiene todo poder en el cielo y en la tierra.

En cada una de las cartas a las siete iglesias, Juan va poniendo los títulos que ha dado a Cristo en esta visión inaugural y los adapta a las condiciones de cada iglesia.

El hermano y compañero Juan experimenta y comparte con las comunidades la situación de opresión-exclusión y el proyecto esperanzador del Reino de Dios. Las comunidades deben vivir con intensidad el tiempo de gracia que llega pronto. Ellas, llenas de un optimismo indomable, sabían que el misterio del mal no iba a durar para siempre. El triunfo de Cristo y de los que permanecen fieles a su proyecto se hará pronto una realidad. Eso les animaba a perseverar y a resistir. Juan pretende alimentar la fe, la esperanza y el entusiasmo para que los primeros cristianos aclamen llenos de júbilo: ¡Marana Tha! “¡Ven, Señor Jesús!”

2.3.      Aplicación pastoral

“No temas, yo soy el que vive...”
La convicción de las primeras comunidades que Jesús les acompañaba, les llevó a un compromiso concreto y martirial. En los actuales momentos, manda la ley del “mercado”, todo se vende y se compra. Esta ley martiriza y mata, porque lo que importa es producir. Es la ley del miedo. Pero, ¿cómo ser auténticos testigos fieles de Jesucristo en un mundo así?

“Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre...”
Sin embargo, a pesar de que parece reinar la muerte en América Latina, hay signos de vida y esperanza, porque los pobres han abrazado terca y férreamente al Dios de la vida. Ellos son conscientes que al llamarse discípulos y seguidores de Jesús, el testigo fiel, deben comprometerse en serio, precisamente donde sean más difíciles la paz, la fraternidad, la entrega confiada al Padre. En este sentido, comprenden que si quieren ser fieles a este empeño, no pueden evitar la denuncia, el rechazo a toda idolatría y opresión y asumir la marginación y las nuevas formas de martirio que tiene el sistema.

Pero no se trata de abrazar la cruz por la cruz; sino de hacerlo por amor y solidaridad con las víctimas de este mundo. Hay una solidaridad que conduce a la cruz y que nos capacita para no rehuirla, para abrazarla en esperanza de la vida, superando el miedo a morir. “Si el grano de trigo no muere, no puede dar frutos” (Jn 12, 24).

Esta solidaridad lleva a la persecución y exclusión por parte de este mundo insolidario e idólatra, que quiere mantener sus intereses e ideologías que excluye a una gran parte de la humanidad de toda posibilidad de vida digna.

Como consecuencia de la solidaridad, surge en América Latina una Iglesia martirial, que no es otra cosa que el amor fiel de la misma Iglesia al mundo de los excluidos. No se busca el martirio por el martirio, sino la vida y liberación de los pobres, que es presencia del Reino de Dios. El martirio en América Latina, como semilla que genera vida, es un servicio al Reino de Dios que viven muchos laicos comprometidos, catequistas, animadores de la Palabra, sacerdotes, religiosas, religiosos y obispos.

Escuchemos y meditemos las palabras, selladas con su propia sangre, de un testigo fiel de Centroamérica, Mons. Romero:
“Cristo nos invita a no tenerle miedo a la persecución porque, créanlo hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres… Solo me consuela que Cristo, que quiso ser fiel a su Dios Padre, también fue incomprendido y le llamaron revoltoso y lo sentenciaron a muerte, como me han amenazado a mí en estos días… Debo decirles que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño… El martirio es una gracia que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad…”

“Escribe pues lo que has visto tanto lo presente, como lo que debe suceder después...”
Aparentemente el mal impera por encima del bien, pero la esperanza del Reino debe seguir siendo nuestra fuerza. ¡Sabemos que Dios tiene la última palabra! Seamos creativos y fieles en el anuncio del Reino, en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. No tengamos miedo, porque Dios nos acompaña y nos anima. Este anuncio, en un mundo de antitestimonio e infidelidad, tiene que partir de una experiencia profunda de Jesús Resucitado y de su proyecto.

Lauren Fernández
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Jaime Castillo
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