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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

La relectura de la Torá en Jesús

Jacir de Freitas Faria

Resumen

La reflexión que sigue tiene como objetivo releer a Jesús a la luz de la Torá. Los evangelios con sus elementos simbólicos serán considerados como indicadores de la relectura que las primeras comunidades cristianas hicieron de Jesús. La Torá pasa a ser Torá-Jesús. El judaísmo continúa judaísmo. Y el cristianismo continúa su camino, sin olvidar sus orígenes judíos. Un camino no invalida al otro, por el contrario, se complementan. Las comunidades de los evangelios, siguiendo la tradición judeo-farisea, nos dejaron, en imágenes y símbolos judíos, el rostro de Jesús judío, fiel seguidor de la Tora, siempre actual y provocador de nuevas relecturas.

Abstract

The reflection which follows has the objective of re-reading Jesus in the light of the Torah.  The gospels with their symbolic elements will be considered as indicators of the re-reading which the first Christian communities did of Jesus.  The Torah becomes Torah-Jesus.  Judaism continues as Judaism.  And Christianity continues on its own way but not forgetting its Jewish origins.  One way does not invalidate the other; on the contrary, they complement each other.  The gospel communities, following the Judeo-Pharisaic tradition, have left us with the face of the Jewish Jesus in Jewish images and symbols, as a faithful follower of the Torah, always anchored in reality and stimulating new readings.

 

Introducción

La lectura bíblica hecha en forma ecuménica no puede dejar de considerar el Segundo Testamento (ST) como relectura del Primer Testamento (PT). En muchos de nosotros cristianos esa idea causa espanto. ¡Y no puede ser para menos! Durante siglos, hemos oído la afirmación: Somos la comunidad del “Nuevo” Testamento que rompió con el “Viejo” Testamento/Judaísmo, pues él no fue capaz de aceptar a Jesús como Mesías. En el diálogo inter-religioso, debemos mantener las diferencias. Lo importante es preguntar por lo que nos une y no por lo que nos desune. Por eso, nos urge redescubrir a Jesús judío, nacido en el seno de una comunidad judía, hijo de madre judía. Las comunidades del ST entendieron a Jesús como judío. Ellas nos dejaron por escrito en los evangelios el esfuerzo comunitario de releer a Jesús a luz de la Torá. Así, los primeros cristianos testimoniaron la experiencia de fe que ellos tuvieron de Jesús-Mesías, aquel que vivió y asumió plenamente la Torá. Y, al mismo tiempo, ellos nos enseñaron una vieja lección: judaísmo y cristianismo son dos culturas distintas, pero con dos caminos afines. El objetivo de cada una es llegar a Dios, sea a través del seguimiento de la Torá, sea a través de la Torá-Jesús. ¡Y viva la diferencia, querida y manifestada a nosotros por nuestro Dios, el Eterno!

El judaísmo con su proyecto de santificación y el cristianismo con su proyecto de salvación serán siempre caminos que nos llevan a Dios. En eso está la maravilla de la manifestación de Dios entre nosotros.

Al hacer uso del sustantivo Torá, tenemos la libertad de seguir el pensamiento judío, el cual entiende Torá como segundo Pentateuco, así como los Escritos y los Profetas. La Torá puede, ser el Pentateuco o toda la Biblia hebrea. Además, la Torá es también la tradición oral del pueblo de la Biblia. Tenemos, pues la Torá Oral y la Escrita. El sustantivo hebreo Torá es, en la mayoría de las veces, traducido por Ley. Preferimos considerarlo en su significado profundo de Camino, Conducta, Modo de ser. La Torá es un proyecto de vida, conservado para nosotros en las Diez Máximas del Sinaí o Los Diez Mandamientos. Siguiendo el principio de Diez, nuestra reflexión presentará 10 modos encontrados en los evangelios de leer a Jesús como Torá. Otras tantas relecturas en esa línea usted, querido lector también podrá encontrar. Basta comprender la clave de lectura y varias ventanas se abrirán en este fascinante camino de descubrir los secretos guardados en el misterio profundo de la revelación de Dios en la Torá, en el judío Jesús de Nazaret.

1.         La Torá en la circuncisión de Jesús

Una lectura atenta de los evangelios a la luz de la Torá nos llevará inevitablemente a percibir a Jesús como judío, seguidor fiel de la Torá oral y escrita . Jesús durante su vida terrestre se colocó en el camino de la Torá. Seguir la Torá es también pasar por los ritos litúrgicos, los cuales hacen que un hombre del pueblo elegido sea plenamente judío. Así fue con Jesús. A los ocho días de su nacimiento, su madre, la judía María de Nazaret, lo llevó al templo para ser circuncidado (Lc 2,22-28) según las prescripciones de la Torá. En esa celebración, él recibió el nombre hebreo Yeshua (Jesús) y la señal en su cuerpo en la pertenencia al pueblo de Israel, la circuncisión. El sustantivo hebreo milah se refiere a la Circuncisión y Palabra. El niño judío nace sabiendo que su vida siempre deberá ser de palabra, dialogando con el Eterno y sus revelaciones. Jesús fue ese diálogo, la Torá-Palabra. El rey Abimelec, según la Torá oral había pronunciado delante de Abraham: “No soy digno que entres en mi morada, pero di solamente una palabra y mi casa será salvada” (ExR 20,10-12). Su reacción se debió al hecho de haber entendido que su vida había quedado estéril con la presencia de Sara, presentada por Abraham como hermana. Hecho notorio de relectura de esa frase en la boca del oficial romano a Jesús (Mt 8,5-8), cuando pide a Jesús que cure a su criado. Jesús-Torá-Palabra cura. Así, Jesús se hace el nuevo Abraham que también se encuentra con un extranjero y es para él señal de salvación para toda su casa. Los cristianos unirán posteriormente las palabras de Abimelec y del oficial romano a la Eucaristía. Y lo hicieron muy bien, pues la Eucaristía es el lugar de la celebración de la memoria. La Eucaristía es circuncisión que cura, que da la salvación, dejando en todo aquel/a que cree la marca de la alianza eterna hecha con Abraham, realizada plenamente en Jesús. Y eso también es relectura.

2.         La Torá en la celebración de la vida adulta de Jesús

A los doce años, Jesús celebró con los suyos el Bar Mitswah (sujeto al mandamiento). Así, él se convirtió en un adulto y, por eso, apto para seguir la Torá. En una solemne celebración, Jesús leyó la Torá. Los evangelios conservan la memoria de Jesús todavía niño y ya considerado hijo (sujeto al) del mandamiento, discutiendo con los doctores de la ley en el Templo de Jerusalén. La comunidad de Lucas (Lc 4,16-22) retoma este hecho cuando él, se dispuso a iniciar su vida de evangelizador, leyó en la sinagoga de Nazaret y se aplicó a sí miso el texto de Is 61,1-2: “El Espíritu del Señor está sobre mí para evangelizar a los pobres”. El narrador de estos hechos quería mostrar como la Biblia hebrea, llamada de TaNaK, es decir, su triple división en Ley-Camino-Instrucción (Torá), Profetas (Nebiîm) y Escritos (Ketubîm) se realizó plenamente en la vida de Jesús . Con su presentación en el Templo, sus padres cumplieron por él la Torá. A los 12 años, cuando ya era hijo del mandamiento, Jesús discutía la Torá con los doctores de Jerusalén. En Nazaret, como evangelizador, leyó al Profeta Isaías (Nebiîm). En la cruz se recordó de los Escritos (Ketubim) al citar el Sal 31,6: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Y también, el viejo Simeón profetizó, en el día de la circuncisión de Jesús, que él sería una señal de contradicción para muchos y que una espada traspasaría su alma (Lc 2,33-35).

3.         Y Jesús-Torá vino de Nazaret, la ciudad que vigila…

Según los evangelios, Jesús nació en la ciudad de Belén de Judá y fue criado en Nazaret de Galilea. Belén está situada al sur de Nazaret Israel/Palestina. La distancia entre ellas no es tan grande. Belén está al sur de Jerusalén. Los palestinos tienen hoy el control político de Belén. A pesar de que Jesús nació en Belén, solamente el 10% de su población es cristiana. Y esa es una cifra alta. En Jerusalén los cristianos no llegan al 2%. Belén, ciudad natal del rey David (1 Sam 16), se eternizó en la memoria de los judíos cristianos/as por ser el lugar del nacimiento de aquel que la Torá preveía como salvador del pueblo de la promesa, todavía muchos comentaristas judíos creen que en Belén no debe nacer el Mesías. Belén, en hebreo Beit Lechem, significa “Casa del pan”, o “de hacer pan”. ¿Sería para nosotros una panadería hoy? Jesús nació en un pesebre en Belén. Sus padres habrían ido ahí para cumplir la orden del censo decretada por el Emperador romano César Augusto. Pesebre es una palabra bonita, pero, en verdad, Jesús nació en una gruta escavada en la roca (Kefas, en arameo). El pueblo tenía la costumbre de excavar la rocas para sacar de ellas piedras para las construcciones de las casas. A los pobres les quedaba la desgracia de habitar esas cavernas, excavadas por ellos mismos. Mas tarde, en su plegaria misionera, Jesús se va a recordar del lugar donde nació al decir a Pedro. “Tú eres cueva excavada en la roca, y bajo esa caverna, donde viven los pobres, ahí edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Ese sentido semántico del sustantivo arameo Kefas cambia completamente la interpretación tradicional de “Tú eres Pedro, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia”. ¿O no cambia?

Jesús nació en Belén, pero fue en Nazaret que él se hace Torá ambulante, iniciando su proclamación del Reino. Los semitas llamaban a Jesús y sus seguidores Nazarenos o Nazareos, porque el movimiento de Jesús tuvo su origen en la ciudad de Nazaret. En el mundo greco-romano prevaleció el apelativo de Cristianos. Nazaret era la ciudad predilecta de los primeros cristianos. En hebreo, el sustantivo femenino Nazaret se pronuncia: Notseret. Su significado es: Aquella que protege. Protege en hebreo se dice Notser. La historia de Israel siempre estuvo marcada por la presencia de Dios, aquel que protege (Notser) por mil generaciones según su Bondad y, por tres mil generaciones, según su amor. Los judíos rezan en las liturgias del día del perdón (Iom kippur), al inicio de un nuevo año, ese modo de proteger de Dios según su amor y bondad para todos nosotros.

Para los cristianos “en los primeros tiempos” decir y saber que Jesús venía de Nazaret tenía un significado muy especial. Jesús fue protegido por Dios y dado a su pueblo escogido. Nazaret protege y protegerá eternamente a Jesús de Nazaret. Saber esto es comprender lo que dijo el Salmista: “El señor nos protege como a la pupila de sus ojos”. Al decir la letra nun (ene) de Notseret (Nazaret) nos recuerda a Dios, aquel que protege.

Cierto día, un discípulo de Jesús, llamado Felipe se encontró con Natanael y le dice: “Hemos encontrado aquel de quien escribieron Moisés, en la Ley, y los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Le preguntó Natanael: ‘¿De Nazaret, puede salir algo bueno?’ Felipe le dice: ‘Ven y ve’. Jesús vio a Natanael viniendo hacia él y le dijo: ‘He aquí un verdadero hombre israelita, en quien no hay falsedad’. Natanael le dice: ‘¿De dónde me conoces?’ Le respondió Jesús: ‘Antes que Felipe te llamase, yo te vi debajo de la higuera’ (Jn 1,45-48)”. Normalmente no comprendemos el misterio profundo de ese diálogo, el simbolismo que él carga. Simplemente desaprobamos la actitud de Natanael y reforzamos la idea de Jesús como conocedor de los misterios, pues él sabe quién es Natanael sin haber convivido antes con él. En verdad, estamos frente a una relectura de la Torá. Como ya hemos visto, Nazaret significa aquella que protege. Jesús-Torá es el don precioso protegido por Nazaret. Natanael significa Dios dio la Torá. La Torá  oral identifica el nombre Ben Natanael como uno de los nombres de Moisés. Natanael fue visto debajo de la Torá-Higuera. Natanael es un verdadero israelita porque sabe proteger la Torá. Y Natanael, como sabio que era, quería saber de Felipe, si, de hecho, en la ciudad protectora había un protector venido de Dios, un Protector por excelencia de bondad y de amor. En Nazaret estaba lo que Dios había hecho de bueno. Natananel sabía eso. Felipe se lo había afirmado: “Encontré al prometido, él se llama Jesús, el hijo de José, de Nazaret”. Encontré a Jesús de Nazaret.

El Primer Testamento al mencionar a Josué, aquel que recibió el encargo de conducir, después de la muerte de Moisés, al pueblo hasta la conquista de la Tierra prometida, lo llama Josué (Yhoshua), hijo (Ben) de Nun. Josué protegió la Torá. Con ella al frente, conquistará la tierra de promisión. Josué es hijo de Nun, Jesús, también Yehoshua, hijo de Yossef (José) y de Nazaret, aquella que Protege. Jesús y Josué son igualmente hijos de la que Protege. Ellos tienen la misión de proteger y revelar los misterios de Dios. Esa misma misión reciben los discípulos de Jesús, los Nazarenos.

4.         La Torá– Paloma en el bautismo de Jesús

Jesús, nacido de una mujer y llegando de Nazaret, sabe como buen judío, que él pasa por el tiempo cronológico (días, meses, años), pero su objetivo es el de regresar al tiempo cósmico (eterno e infinito), al tiempo de Dios. La comunidad joánica, pensando en eso comenzó su escrito afirmando: “En el principio era la Palabra y la Palabra estaba con Dios” (Jn 1,1). “Y la Palabra se hizo ser humano y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Es como si la comunidad de Juan quisiera decir: ella (Palabra-Dios) se hizo humana para sacarnos de la situación de la humanidad y devolvernos al estado de gracia, al tiempo divino y eterno. Así, lo Eterno se hizo tierna Torá para devolvernos al Eterno. Durante la vida terrena, cada uno está llamado a cumplir las obligaciones de la Torá. Solamente estamos libres de ella con la muerte. El tiempo de cada uno está marcado por el nacimiento y por la muerte. Y la encarnación está entre esos dos puntos. Y Jesús se encarnó en medio de nosotros para evangelizarnos. Él predicó la Buena Nueva del Reino de Dios. Evangelización y encarnación caminan juntas. Por eso, no era suficiente que las comunidades de los evangelios demostraran que Jesús fuera plenamente judío. Era necesario demostrar que la Torá caminaba con Él, que Él era la Torá. En este sentido, podemos entender la memoria, que los evangelios canónicos conservan del bautismo de Jesús. En todos los textos encontramos: “El Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma” (Mc 1,9-11; Mt 3,13-17; Lc 3,22 y Jn 1,32-34). ¿Qué quiere decir eso? La paloma, en hebreo Yoná es un ave frágil, de mucho candor y fiel a su compañero. Por eso, los judíos hicieron de ella el símbolo de la paz y del pueblo de Israel. Israel quiere la paz, pero vive siempre, por causa de su fragilidad, perseguido por las naciones del mundo. Hoy, no sé si podríamos decir lo mismo de Israel. Basta ver su actitud en relación a los Palestinos. La paloma solo se puede defender con sus dos alas. Así también, Israel solo se puede defender con la Torá, dada al pueblo en dos tablas. La paloma pasó también a ser imagen de la Presencia divina. En el bautismo de Jesús, la Torá-Paloma desciende sobre Jesús y le confiere la dignidad de Torá-Personificada. Torá confirma a la Torá. Los cristianos comprendieron en el bautismo de Jesús que Dios mismo se les ofrecía en Jesús, en forma de Torá. La presencia simbólica de una paloma en el bautismo de Jesús quiere ser su confirmación como israelita, judío y miembro del pueblo de Dios, que se hace presente como señal de esperanza y fuerza en la fragilidad y en el candor de una Yoná.

5.         En una fiesta de bodas, el encuentra de la Torá-Vino con Jesús-Torá

El vino y el viñedo siempre estuvieron unidos a la historia de Israel. La Biblia conservó la memoria de Israel como viñedo trasplantado por Dios de Egipto a Canaán, donde se extendió para todos los lados (Sal 80,9-12). En las celebraciones litúrgicas de Israel, el vino tiene su lugar privilegiado. En la fiesta de la Pascua se beben cinco tazas de vino. Así, hablar de vino es hablar de Israel seguidor de la Torá. Vino y Torá pasan a ser sinónimos. El vino recuerda al pueblo y a su compromiso, a su alianza con Dios que los liberó de la esclavitud de Egipto. La falta de vino es señal de que la Torá no ha sido cumplida. Tal vez sea por eso que la comunidad joanina registró en su evangelio que el inicio de las señales realizadas por Jesús se dio en una fiesta de boda, en la cual el vino se había terminado (Jn 2,1-11). La fiesta de bodas duraba siete días. Solo estaban en el tercer día, y no tenían ya vino. El vino representaba para los judíos lo que la cerveza o el refresco para nosotros hoy en una fiesta. Así como para nosotros, la cerveza y el refresco no pueden faltar en una fiesta, una boda sin vino en aquel tiempo no se entendía. El vino era la bebida por excelencia en una fiesta. No podía faltar en aquella fiesta de bodas, en Caná de Galilea. Y el vino falto. ¡Qué tristeza! Y fue entonces que María, la madre de Jesús y también la nueva Eva en el Segundo Testamento, esto es, la madre de los vivientes, intercede ante su Hijo-Torá para que devuelva a los novios y a sus invitados la alegría, esto es, la Torá-Vino. Jesús responde a su madre de un modo poco amable: “¿Qué tengo que ver yo contigo, mujer? Mi hora todavía no ha llegado (v.4). Esa actitud de Jesús es comprensible en la medida en que consideremos a María-Eva y no a María-Madre de Jesús. Así, la respuesta deja de ser “una mala crianza”. Y Jesús-Torá transforma el agua en vino. Y la fiesta de la vida, de la boda, puede continuar. La Torá estaba presente y necesitaba ser vivida en clima de fiesta. La fiesta de la Torá nunca acaba. En el encuentro de una misma Torá, la vida permanece en clima de fiesta, preludio de un matrimonio, de una alianza eterna. En esto está el milagro: Jesús, según la comunidad joanina, se manifiesta como la Torá en esa primera señal de presencia en medio de los suyos. ¿Se puede tener una mayor relectura y simbolismos en este episodio? Esto no nos debe llevar a creer que el matrimonio no fuera real. Aquí también vale el simbolismo, la relectura. Para el que pueda, que comprenda.

6.         La Torá-Higuera-Palmera en la entrada de Jesús en Jerusalén

Así como la paloma, el olivo y el vino, la higuera y palmera representan metafóricamente a la Torá. La palmera simbolizaba lo justo (Sal 92,13). Ella también era señal de victoria y de imbatibilidad. La palmera es símbolo del justo que venció, pues siguió los preceptos de la Torá. La palmera recuerda a la Torá. La higuera, planta que crece y da frutos aún en un terreno nada fértil, simboliza la paz y la fertilidad que vienen del cumplimiento de la Torá. Una higuera no podía ser estéril jamás. En el pasaje de Mc 11,12-26 Jesús maldice a una higuera que no tiene frutos. Más tarde, los discípulos comprenderán que la higuera sin frutos simbolizaba a aquellos que no practicaban las buenas obras requeridas por la Torá, aquellos que no tenían suficiente fe. Cuando el texto dice que la higuera no tiene frutos porque no era tiempo de frutos, podría haber sido un añadido de alguien que no comprendió la lógica de la ironía del pensamiento semita de Jesús. La higuera brota desde muy temprano. La lectura judaica dice: “¿En qué aspecto las palabras de la Torá son comparables a los higos? Cuando un hombre va a recoger higos, siempre encuentra frutos. Los mismo sucede con las palabras de la Torá. Independientemente del número de veces que un hombre solicita significados y sabores, siempre los ha de encontrar” (Tratado Eruvin 54b). Ese testimonio nos confirma que la comunidad de marcos estaba queriendo decir que Jesús es la
Torá-Higuera que siempre da frutos. El que no produce frutos, es como una higuera seca, estéril, una Torá sin fruto. Y esa fue la denuncia que hizo Jesús. Toda la vida es un llamado de Dios para dar frutos. Jesús convoca a los suyos a alimentarse de la Torá y a dar buenos frutos, asumiendo la vida con responsabilidad delante de Dios y de los otros. Aquel que se rehúsa a dar frutos hace una opción libre por la maldición, esterilidad y muerte. No fue responsable frente a la tarea que Dios le confío. Y él se vuelve una higuera estéril y seca. Quien asume la Torá siempre será una higuera cargada de higos nuevos. Jesús-Higuera de buenos frutos puede, entonces, entrar como Mesías en Jerusalén. Los evangelios conservan la memoria de esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Mc 11,1-11; Mt 21,1-11; Lc 19,28-38; Jn 12,12-16). Es significativo que Jesús parte de Betfagé para entrar en Jerusalén. En Jerusalén es recibido con ramos de palmera (Jn 12,13). Betfagé significa “Casa de la higuera” (Mc 11,1-2). Bet  significa casa y Fag, significa higo. ¿Dónde está la relectura en este caso? Es fácil percibirla. Jesús-Torá es también Torá-higuera, que siempre dio frutos, entra en Jerusalén y es recibido con ramos de Torá-Palmera. En otras palabras: la Torá es recibida como la Torá. La higuera es el fruto de la acción misionera de Jesús y la palmera, el premio de la victoria del judío llamado Jesús, que en todo vivió la Torá.

7.         La Torá-Camino en el camino de Jesús, el Bien-aventurado

Seguir la Torá es convertirse en un Bien-aventurado. Jesús era un bien-aventurado, una persona digna del Reino, que estaba siempre en camino, enseñando y viviendo modos de ser que confiere dignidad a los hijos/as de Dios. Recitar las bien-aventuranzas significa asumir cada día la responsabilidad de no oprimir a nadie y crear relaciones de fraternidad. El bien-aventurado está siempre en camino. Nunca se para. Siempre está en marcha. No es por nada que el evangelista dice que Jesús no tenía donde reclinar la cabeza. Al decir  bien-aventurado, Jesús proclamaba a todos para que permanezcamos en camino. La expresión “bien-aventurado” en hebreo ’asherê, significa no solamente ser feliz, sino estar en camino, marchar. En este sentido, sería mejor traducir las bien-aventuranzas de Mt 5,1-11 de la manera siguiente: “En marcha los que son perseguidos por causa de la justicia, porque alcanzaran el Reino de los Cielos. En marcha los que promueven la paz, porque serán llamados hijos de Dios…” Y podríamos continuar traduciendo las bien-aventuranzas según esa lógica del pensamiento semita. Y ellas adquirirán un sentido nuevo para nosotros. Bien-aventurado es el que siempre está en marcha.

Las bien-aventuranzas son proclamadas en la montaña, lugar de la presencia y del deseo de renacer en Dios, de generar lo nuevo. Eso se nos dice a través del sustantivo hebreo har, lo cual significa al mismo tiempo montaña y gravidez. Concebir, dar a luz, estar grávida en hebreo se dice con el sustantivo harah. La marcha en la vida exige que descendamos siempre de la montaña para oír al hermano, anunciar con la boca la palabra, y colocar los pies en el camino. Y eso es la exigencia básica de la Torá escrita en el corazón y en la oralidad de la vida que siempre está en camino. Y la montaña permanecerá siempre como símbolo de la gestación de sueños y de esperanzas que cargamos en el vientre de cada uno/a de nosotros. Y los nueve meses serán un camino largo, dinámico y fructífero, que dura toda una vida.

 

8.         Jesús-Torá: el admirador de los fariseos

Todavía hoy, algunos insisten en afirmar que Jesús estaba en contra de los fariseos. No parece ser ese un camino saludable para el diálogo Inter-religioso. El famoso texto de Mt 23, en el cual se trata a los fariseos de hipócritas es, en verdad, posterior a Jesús. En realidad refleja problemas internos de la comunidad de Mateo con la sinagoga. Se colocaron esas palabras en la boca de Jesús para justificar la acción de los primeros judíos cristianos con la sinagoga. Jesús, al contrario, tuvo amigos fariseos. Y su práctica era muy parecida a la de los fariseos. Al igual que ellos, Jesús aceptaba la Torá oral o escrita, le gustaba contar parábolas, interpretaba de modo progresista y popular la Torá, era creativo, tenía enemigos, seguía los preceptos de la Torá, vivía de modo sencillo, era un misionero de la Torá y creía en la resurrección de los muertos.

Los rabinos llegan a identificar siete tipos de fariseos conservadores. Tenían, por ejemplo, el fariseo “que sangra”: aquel que para despreciar a una mujer anda siempre con la cabeza hacia abajo y, por eso, se golpea contra los muros. En verdad, esos fariseos tradicionales podían, por amor a la Torá, hasta practicar los hechos señalados en Mateo 23, lo cual no puede llevarnos a decir que a Jesús no le gustaban los fariseos, como tampoco afirmar que Fariseo es simplemente sinónimo de hipócrita. Es urgente reparar la injusticia cometida con los fariseos .

Ser fariseo es ser sabio, un fiel seguidor de la Torá, así como lo fue Jesús de Nazaret. Y por ser fariseo, el cristianismo se afirmó en medio del pueblo de la Torá. Y por causa de los fariseos, como Rabi Akiba y sus seguidores, el judaísmo se mantuvo en pie, después de la guerra del 70 E.C., hasta nuestros días.

9.         Ni una i, ni una yod, será quitada de la Torá

La Torá es fundamentalmente el camino de la esperanza. Y es eso lo que Jesús quería decir cuando afirmó: “Ni una sola i será quitada de la Torá” (Mt 5,18). La i mencionada corresponde a la letra hebrea llamada yod (y), la más pequeña entre las consonantes del alfabeto hebreo. La yod es el símbolo de la esperanza. Varios son los motivos que llevan a darle a la yod ese significado tan especial, a saber:

    1. Ella hace parte del nombre de Dios (Iahweh).
    2. Ella condicionó el orden del alfabeto hebreo en la parte superior.
    3. En la conjugación de los verbos hebreos, ella es imprescindible en el futuro (rmaiy) y mediante la letra wav (w), el futuro se transforma en pasado (rmayw), que significa un pasado con gérmenes de esperanza y un futuro siempre promisorio. Además, el futuro, en hebreo llamado imperfecto (rmaiy) se puede traducir como presente, pasado y futuro. Para nosotros, que no tenemos el hebreo como lengua madre, nos resulta difícil comprender esa lógica de razonamiento. Los compatriotas de Jesús comprendieron muy bien lo que él les quería decir.

El número cuatro en hebreo está simbolizado por la cuarta letra del alfabeto hebreo dálet, la cual se escribe con dos líneas sobrepuestas, una vertical y otra horizontal (d). El número cuatro representa el universo con sus puntos cardenales. El número cinco en hebreo está simbolizado por la letra he, la cual está formada por la dálet(d) y una yod (y), lo que resulta h. La presencia de la yod en el cinco nos muestra que el tiempo cronológico espera siempre regresar al tiempo cósmico. La yod será siempre esa esperanza de volver al tiempo de Dios. Él es Dios mismo en el tiempo cronológico de cada uno de nosotros, que con nuestras manos podemos abarcar.

    1. Con la yod se escribe el sustantivo mano (yad), la cual, con el pulgar en riste, apunta siempre para el más allá, la esperanza.

-        La yod en el sustantivo Ierushalaim simboliza Dios, esperanza de un pueblo que sueña con la paz. No obstante la guerra interminable entre Israel y Palestina, Jerusalén será siempre la ciudad (Ieru) de la paz (Shalom), de la esperanza.

No quitar la yod es no abolir de la Torá la esperanza de un pueblo que camina. La Torá es eterna. Y eternos son los que siguen sin abolir ni siquiera una i, una yod, la esperanza de, después de su cumplimiento, volver al tiempo cósmico, tiempo de Dios y, por eso, eterno, infinito e ilimitado.

10. Jesús-Torá sudó/lloró lágrimas de sangre

La comunidad lucana (Lc 22,44) nos conservó la memoria del hecho de que Jesús, angustiado en el monte de los olivos, rezaba, y su sudor se convirtió semejante a espesas gotas de sangre que caían por tierra. ¿Qué tiene que ver eso con la relectura de la Torá en Jesús? No es difícil comprenderlo. Basta que recordemos algunos hechos relacionados con ese tema en el Primer Testamento y en la Torá oral. Adán, el ser humano, al perder su situación paradisíaca recibe de Dios la tarea de “sacar con el sudor de su rostro el pan de la tierra”. La Torá oral dice que Moisés escribió con lágrimas el último capítulo de la Torá escrita. Pero, ¿cuál es el significado de “lágrimas de sangre”? Lágrima en hebreo se escribe demah. Sangre es dam. Ojo es hayin. Lágrima es también sangre de ojo. No por nada decimos: encontré un “ojo de agua”. Por eso, se puede decir que la lágrima, esto es, la sangre de ojo, es señal de vida. ¿Quién de nosotros no lloró por una vida perdida? Después de las lágrimas, la vida continúa en otras vidas. Pero fue necesario llorar para entender el misterio de la muerte-vida. “Las lágrimas derramadas por alguien que murió se cristalizan en las flores de la tumba” . Flores que no se marchitan. Lágrimas que no se agotan. Ellas quedan en lo más profundo de quien las ofrece. El que se fue permanece en mí eternamente, en forma de vida que no muere, pero que renace en un eterno va y viene de la vida-muerte-vida. En eso, está el simbolismo del sudor de Jesús, de sus lágrimas de sangre derramadas en el Monte de los Olivos, Jesús, como el nuevo Adán, y nuevo Moisés legislador, derramó lágrimas de sangre sobre la tierra. Tierra que fue maldecida por Dios por causa de la transgresión de Adán (ser humano). Y el Segundo Testamento quiere releer ese hecho, mostrando que la tierra del monte de la Torá-Olivera recibe el sudor de Jesús-Torá, lo cual genera la vida a la vida y reconduce a todos, judíos y cristianos, al paraíso perdido por Adán (ser humano). Las lágrimas de Jesús producen vida en plenitud. Así también sucedió, algún tiempo más tarde, con María Magdalena, aquella que tanto lloró por Jesús, por su amado que partió. Las lágrimas en ella solo se agotan cuando ella comprendió que Jesús habitaba dentro de ella eternamente. No importa que el sepulcro esté vacío. Los discípulos/as de Emaús, al partir el pan, sienten que Jesús habita dentro de ellos. Tomás verá al Señor. El Espíritu Santo de Pentecostés da a todos/as una misma lengua que evangeliza y genera, con el sudor del duro trabajo apostólico, lágrimas de vida eterna.

Conclusión: Jesús no vino para abolir la Torá

Jesús no vino para abolir la Torá (Mt 5,17). Él vino para cumplirla en plenitud. La famosa frase de los evangelios: “los antiguos dijeron…, yo, sin embargo, les digo…” (Mt 5,33-34), sería mejor traducirlo según el pensamiento dialéctico judío: “los antiguos interpretaron así y lo hicieron correctamente, yo sin embargo, interpreto así, y también lo hago correctamente”. Ambos pueden y deben interpretar. Uno no invalida al otro. La Torá revelada, oída de generación en generación, transmitida e interpretada será siempre eterna y actualizada. El texto siempre está muerto, pero gana vida en la boca y en la pluma de un intérprete. Ese modo de pensar judío fue el de Jesús. Infelizmente, muchas de nuestras iglesias y sinagogas perdieron el respeto sagrado por las diferentes interpretaciones de un mismo texto. Felizmente, muchas de nuestras escuelas populares de lectura bíblica y círculos bíblicos resucitan ese modo de interpretar la Palabra de Dios. Y toda la interpretación tiene su valor, sea la del estudioso de la Biblia, o sea la de Doña María de la escuela bíblica.

La Torá escrita solamente tendrá sentido si está iluminada constantemente por la Torá oral. Comprender eso es comprender el misterio profundo de la encarnación de Jesús que nació judío, continúa judío y se hizo cristiano para continuar judío. El judaísmo ha de continuar su camino de santificación. El cristianismo ha de continuar su camino de salvación. Esos dos caminos serán siempre diferentes. Y esas diferencias deben ser mantenidas, Dios es el mismo que se reveló a todos nosotros/as en el Primero y en el Segundo Testamento. Basta comprender la relectura. El resto vendrá por añadidura. ¿Qué sucederá con todo esto? Dejémoslo en manos del Santo, el Eterno, el Dios de Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel, Jesús y María Magdalena…

 

Jacir de Freitas Faria
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Brasil

Debemos mucho a Marie Vidal el estudio cuidadoso hecho por ella sobre esta temática, recogiendo en su libro Um judeu chamado Jesmado, uma leitura do evangelho à luz da Torá, Vozes, 2000. Muchas de las instituciones que siguen son de la autora. Al final de este número de RIBLA publicamos una reseña de este libro.

Considerando la tradición judía que permitía la lectura de la Torá solamente para hombres casados, algunos ven en este episodio la hipótesis de que Jesús era casado.

El sustantivo Torá también puede significar no solamente El Pentateuco, sino los Escritos y los Profetas.

Cf. Evaristo E. De Miranda, José M. Schorr Malca, Sabios Judeus. Reparar uma injustiça, São Paulo: Loyola, 2001.

Cf. Jacir de Freitas Faria, “Maria Madalena, a Mulher que Jesus tanto amou!”, Convergencia, n.346, p.515, out. 2001.

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.