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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

De la autoridad en dirección a la jerarquía

Sandro Gallazzi

Resumen

Uno de los factores que influenciaron sobre la lista final de los libros sagrados fue el poder jerárquico, que se fue estableciendo en las iglesias al final del siglo I e inicios del II. En este trabajo trataré de acompañar este lento, gradual pero irresistible proceso que culminó en la concentración del poder en las manos de unos pocos hombres, considerados sagrados, con la exclusión de la mayoría laica y de todas las mujeres.

Abstract

One of the factors which influenced the final list of sacred ooks was the hierarchical power which was being established in the churches at the end of the first century and the beginning of the second. In this work I shall try to follow this slow, gradual but irresistible process which culminated in the concentration of power in the hands of a few men, considered holy, excluding the lay majority and all the women.

 

La cuestión del canon de las Escrituras sagradas, que estamos estudiando en este número de RIBLA, es sin duda compleja, y puede ser analizada desde muchos ángulos. El canon de las Escrituras es fruto de la convergencia y divergencia de muchos factores, el resultado de conflictos innumerables y también de importantes consensos. No caben dudas, sin embargo, sobre el hecho de que uno de los factores que influenciaron sobre la lista final de los libros sagrados, fue el poder jerárquico que se fue estableciendo en las iglesias, al final del primer siglo e inicios del II.
La propuesta paulina de una iglesia igualitaria, ministerial y laica, señal viva de agápê/caridady expresión máxima de nuestra fe en Cristo Señor, fue sustituida al poco tiempo por una iglesia jerárquica, autoritaria y sacerdotal. En este trabajo trataré de acompañar este proceso lento, gradual pero irrefrenable, que culminó en la concentración del poder en las manos de unos pocos hombres, considerados sagrados, excluyendo al mismo tiempo a la mayoría laica y a todas las mujeres.

Las cartas paulinas
Las cartas paulinas atestiguan la presencia de liderazgos dentro de la comunidad. Clásico es el texto de 1Cor 12,28 que confirma la importancia de los apóstoles, profetas y maestros como personas “establecidas por Dios en la iglesia”, junto con los poseedores de carismas diversos:
“Aquellos que Dios estableció en la Iglesia son: primero, apóstoles; segundo, profetas; tercero, maestros. Después los poderes, luego los carismas de sanación, de asistencia, de gobierno, géneros de lenguas”.

El contexto nos hace entender que esta lista, no debe ser tomada como una legitimación de una jerarquía de poder, en el ejercicio de los diversos servicios. El ejemplo que precede, sobre el cuerpo y los miembros, y el himno a la agápê/caridad que sigue, nos dan la clave de lectura: se trata de funciones complementarias, diversas pero parejas, dones del Espíritu Santo para el mejor funcionamiento del cuerpo. Esta propuesta está magistralmente sintetizada en Rm 12, 4-10:
“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así también nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo y miembros unos de otros, pero tenemos dones diferentes según la gracia que nos fue dada: sea profecía en proporción con la fe; sea ministerio en el ministerio, sea el que enseña en la enseñanza; el que exhorta con la exhortación; el que contribuye, con simplicidad; el que preside, con diligencia; el que ejerce misericordia, con alegría. Que el amor sea sin hipocresía. Detestad el mal, adhiriéndoos al bien. Amaos cordialmente unos a otros con amor fraternal, superándoos unos a otros en la estima”.

1Ts 5,12-13 es el único texto paulino que habla de la función de la presidencia en la comunidad:
“Os rogamos, hermanos, que respetéis a quienes trabajan entre vosotros, y que son los que os presiden en el Señor y os amonestan, y que los tengáis en máxima consideración por su trabajo”.

Los términos “obispo” y “diácono” sólo aparecen en Fl 1,1. Y a pesar del testimonio de Hechos 14,23 y 20,17, Pablo nunca habla de los presbíteros . En el libro de los Hechos de los Apóstoles el término “presbíteros” suele estar unido al de “apóstolos” e indica, casi siempre, la organización propia de la comunidad de Jerusalén (Hechos 11,30; 15,2.4.6.22.23; 16,4; 21,18).

La Didajé
La Didajé es uno de los primeros textos postpaulinos, surgido probablemente en torno del año 70 en la comunidad de Antioquía, a partir de un escrito judío preexistente. Es un simple vademecum que atestigua sobre las instrucciones teológicas, éticas y litúrgicas, heredadas de los apóstoles, para una comunidad de creyentes.
Los capítulos 11 a 15 son los que más interesan para el objetivo de nuestro estudio. Son la memoria de un momento inicial en el cual la presencia de los apóstoles, profetas y maestros itinerantes era muy importante (se trata de la misma lista que vimos en 1 Cor 12,28).
La señal de autenticidad de este ministerio es la pobreza, el desprendimiento, la simplicidad. Ninguno de ellos es portador de un poder constituido. Su autoridad les viene del ejercicio fiel de su ministerio:
“Por su manera de vivir se puede distinguir al verdadero profeta del falso (...) Todo profeta que enseña la verdad, pero no practica lo que enseña, es un falso profeta” (XI).
  
Ellos deben quedarse sólo un día o dos en la comunidad, no tomar sino lo necesario para el viaje. Pedir dinero, exigir comida, buscar privilegios, son señales de falsedad:
“El profeta que, por inspiración, ordena preparar una mesa, que no coma de ella, si no, es un falso profeta (...). Si alguien, por inspiración, dijese “dame dinero” o alguna otra cosa, no lo escuchen” (XI).

Tienen que vivir de la solidaridad de la comunidad, la que es invitada a ofrecer a ellos y a los demás pobres las primicias de todo, pan, ropa y dinero.
Superintendentes/obispos y siervos/diáconos son escogidos por la comunidad en función de la liturgia eucarística: partir el pan y hacer la acción de gracias (XIV e XV):
“No los desprecien porque, junto con los maestros y los profetas, son las personas mas dignas de aprecio entre vosotros” (XV).

Como en 1Ts 5,12, comienza a aparecer una primera señal de concentración de poder. Hablando de obispos y diáconos, y describiendo cuales deben ser sus cualidades, la Didajé añade:
“Ellos cumplen en medio de vosotros el servicio de los profetas y de los maestros” (XV).
Al asumir, también, la función de profetas y maestros, obispos y diáconos no se limitarán más al servicio litúrgico de la eucaristía, sino que pasarán a ejercer el gobierno dentro de la ekklêsía. Profetas y predicadores itinerantes y carismáticos están destinados a desaparecer.

Las cartas post-paulinas

Las cartas pastorales —Timoteo y Tito—, casi con certeza post-paulinas, de fines del siglo I, nos muestran un proyecto de iglesia completamente diferente.
La organización administrativa es claramente jerárquica y ya no mas igualitaria: obispos, diáconos y presbíteros son funciones constituidas dentro de la comunidad y su tarea principal es la de “gobierno”(1Tm 3,5. 12), aunque no resulta clara la forma de su ejercicio ni las relaciones entre las diversas funciones.
Las señales de un poder constituido son claras: el “episcopado” es un servicio al cual se puede aspirar, y eso es una cosa buena (1Tm 3,1); el “diaconado”, bien ejercido, garantiza un “puesto de honra” (1Tm 3,12); los presbíteros que ejercen bien la presidencia son dignos de doble remuneración (1Tm 5,17). Tito, por su parte, fue dejado en Creta para “poner en orden las cosas restantes” y para “constituir presbíteros en cada ciudad” (Ti 1,5).
Su primera preocupación debe ser la “defensa de la sana doctrina” contra los abusos y eventuales herejías que podían estar surgiendo. Timoteo debe dedicarse “a la lectura, a la exhortación y a la instrucción” (1Tm 4,13); debe proclamar la palabra, insistir en el tiempo oportuno e inoportuno, refutar, amenazar, exhortar con toda paciencia y doctrina (2Tm 4,2). Esta es su diaconía que debe ser realizada plenamente (2Tm 4, 5).
Enseñanza, instrucción, doctrina, exhortación: son palabras cada vez más comunes en estas epístolas. Se habla del “depósito” (1Tm 6,20; 2Tm 1,12.14) que debe ser guardado y conservado con fidelidad y transmitido intacto.
“Guarda el mandamiento inmaculado, irreprensible, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1Tm 6,14)
El obispo, sobretodo, “ecónomo de las cosas de Dios” (Ti 1,7), tendrá esta responsabilidad y debe tener una conducta irreprensible para poder combatir los falsos maestros que se insinúan en la comunidad detrás de una falsa ciencia (1Tm 6,20), de doctrinas demoníacas (1Tm 4,1), de fábulas impías, cosas de personas caducas (1Tm 4,7). Éstas progresan en la impiedad, su palabra es una gangrena que corroe (2Tm 2,16-17); son insumisos, habladores, engañadores... con el objetivo ilícito del lucro, enseñan lo que no tienen derecho de enseñar (Ti 1,10-11).
Pienso que en este proceso de defensa de la verdadera doctrina, el canon se fue constituyendo, por un lado, como una parcela importante de este depositum fidei y, del otro, como medida excluyente de textos heréticos y peligrosos.
En este modelo de iglesia, el espacio de las mujeres está cerrado .
“Durante la instrucción, la mujer aprenda en silencio con toda subordinación. No permito que la mujer enseñe o domine sobre el hombre. Que conserve por tanto el silencio” (1Tm 2,11-12).

Ya no se trata del caso polémico de hablar en lenguas, como en Corinto. Aquí el silencio se da durante la instrucción, una actividad normal de la comunidad, antes siempre abierta a las mujeres. Más aun, el silencio está inmediatamente asociado a la subordinación. En la comunidad, la mujer debe estar subordinada. Vale la pena destacar el binomio enseñar = dominar, que será típico de una cierta comprensión del magisterio. Este servicio será exclusivo de los hombres.
Además, no se trata de una norma de decoro o de orden. Se da una razón aparentemente teológica, la más vieja, la que siempre fue usada:
“Porque primero fue formado Adán, después Eva. Y no fue Adán quien fue seducido, sino la mujer la que, seducida, cayó en transgresión. Pero será salva por la maternidad, en la medida en que con modestia permanezca en la fe, en el amor y en la santidad” (1Tm 2,13-15).
La dignidad de la mujer, de esta manera, queda reducida a la función biológica de la maternidad. Por lo demás, no vale nada. No para la comunidad.
La modestia es su primera virtud, que viene antes de la fe misma. “Ropas decentes, con pudor y modestia, sin trenzas, ni joyas” (1Tm 2,9). Esta es la primera instrucción para las mujeres de estas comunidades.

Estas cartas siempre muestran desconfianza hacia cualquier tipo de mujer. Cuidado con las viudas, que pueden ser viudas alegres..., cuidado con aquellas que tienen padres que sostener..., cuidado con aquellas que buscan el placer... Sólo se registra en el papel de las viudas las que tienen mas de 60 años... y que “hayan lavado los pies a los santos” (1Tm 5,3-10).
El texto no logra esconder el desprecio hacia “estas gunaikaria / mujerzuelas cargadas de pecado, poseídas de toda clase de deseos, siempre aprendiendo, pero sin poder jamás alcanzar el conocimiento de la verdad” (2Tm 3,6).
Mujer burra, que quiere aprender pero no va a llegar al conocer. Y no se trata de otro asunto que no sea el de la doctrina. ¿Cómo podrá enseñar si no consigue conocer?
“Que las mujeres ancianas no sean calumniadoras, ni beban demás. Sean capaces de dar buenos consejos a las recién casadas para que éstas aprendan a amar a sus maridos e hijos, a ser juiciosas, fieles y sumisas a sus esposos, buenas dueñas de casa, amables, a fin de que la palabra de Dios no sea difamada” (Ti 2,3-5).
Ningún recado para los varones, ninguno para los señores; sólo para los esclavos, que son exhortados a obedecer “para que el nombre de Dios y la doctrina no sean blasfemados” (1Tm 6, 1-2).
¡Interesante es esta preocupación, para que la doctrina y la palabra de Dios no sean difamas o blasfemadas!
Las comunidades deben conformarse con lo “normal” de la vida del momento. Ser diferentes significa persecución, difamación, incomprensión. Entonces, para ser aceptados y respetados sólo nos resta una alternativa: no ser alternativa. Ser iguales a los otros. Mujeres y esclavos tienen que someterse para que la comunidad no sea mal vista o incluso perseguida.
El “Señor” ya no es más central. Ocupa un lugar secundario en las cartas a Timoteo y, ni siquiera es nombrado en la carta a Tito.
¡Nuevos señores van a ocupar este lugar como sus representantes: autoridades civiles y religiosas, patronos y maridos!
El evangelio de Juan, en fuerte polémica con este modelo de iglesia, volverá a hablar de la centralidad del Señor; hablará de servicio y de lavar los pies, y no de poder y de gobierno; hablará del pastor que precede y da la vida, y no de quien gobierna y manda y, sobretodo, hablará de mujeres.
Siete veces una mujer será colocada al frente de la comunidad como ejemplo de profecía, de discipulado, de apostolado.
Su madre Maria hará que acontezca la “hora” en el inicio y al fin de su caminata, en las bodas de Caná y a los pies de la cruz. La samaritana profetiza y anuncia al mesías por primera vez. La adúltera nos enseña que la casa de Dios es para los pecadores y no para los justos. Marta –y no Pedro- proclama la fe en el Cristo, hijo de Dios vivo. María de Betania salió con su cabeza ungida y Magdalena recibe la misión de anunciar el centro de la fe evangélica: “el Dios de Jesús es nuestro Dios, el Padre de Jesús es nuestro Padre”.

La carta de Clemente a los Corintios

Clemente, obispo de Roma y Juan, de Éfeso, son contemporáneos, ¡pero cuán diferentes!
La pavorosa persecución del dragón y de la bestia-fiera imperial del Apocalipsis que quiere exterminar a los cristianos, se transforma en Clemente en simples “adversidades y tribulaciones imprevistas y continuas que nos afectaron” (1).

El imperio que, en el Apocalipsis va a ser destruido en el lago de fuego y azufre, en Clemente llega a ser objeto de aprecio y oración:
Conduce nuestros pasos en la santidad de corazón para que podamos hacer el bien delante de ti y delante de nuestros jefes (...) Concédenos sujetarnos a tu nombre omnipotente y a quienes en la tierra nos guían y nos gobiernan (60)
Y no se trata de autoridades eclesiales:
“Tú, Señor, les diste el poder real para que nos sujetemos a ellos (...) Dales salud, paz, concordia, perseverancia, para que puedan ejercer, sin escollos, el poder soberano que tú les confiaste” (61)
Esta divergencia en el análisis político basta para hacernos sentir el sabor de polémica, de conflicto entre dos modelos de iglesia.
No olvidemos que la razón principal, que motivó la carta de Clemente a los Corintios, fue la exoneración de algunos presbíteros por parte de la comunidad. Esta exoneración, que Clemente considera “vergonzosa, por demás vergonzosa” (47), no respeta el orden de las cosas que Cristo quiso para su iglesia y debe ser reconsiderada.
Esta polémica permite a Clemente expresar su concepto de iglesia. Es verdad que todavía conserva la imagen del cuerpo y de sus miembros pero, como ejemplo de organización interna, toma “nuestro” ejército con sus relaciones de orden y dependencia: procónsules, tribunos, centuriones, jefes de cincuenta; todos ellos obedeciendo al emperador y a los oficiales superiores. Grandes y pequeños en relaciones recíprocas que los hacen útiles los unos a los otros (37).
Otro modelo que Clemente va a tomar es el del sacerdocio sadoquita: Sumo sacerdote, sacerdotes, levitas y laicos (40). Y el del primado aaronita que lo consagró por encima de todas las tribus (43).
No nos es dado saber por qué los presbíteros de Corinto fueron apartados del cargo, pero Clemente nos confirma que este cargo viene de Dios por transmisión directa y que, por eso, no puede ser cuestionado. Imitando el antiguo ejemplo de Moisés, Cristo, enviado de Dios para los nuevos tiempos, envió a los Apóstoles:
“El (Cristo) viene de Dios y los Apóstoles de Cristo, por eso proceden ordenadamente de la voluntad de Dios (...) Éstos examinaban a los mejores fieles y los constituían como obispos y diáconos” (42).
Estas personas fueron llamadas “ministros sagrados” (43) y ordenaron que
“Después de su muerte les sucedieran en el ministerio otros hombres seguros (...); no es justo, por eso, apartar de su ministerio a estos hombres escogidos por los Apóstoles o, más tarde, por personas eximias y aprobadas por toda la iglesia” (44).
La comunidad tendría, en este caso, sólo el papel de refrendar la elección hecha por los apóstoles y/o sus sucesores.
Está establecido el esquema jerárquico del poder que viene de Dios, pasa por Cristo y después por los Apóstoles y sus sucesores por ellos mismos constituidos.
¿Por qué los apóstoles tomaron esta decisión? Porque Cristo los tenía advertidos de que surgirían contiendas, celos y envidias en busca de la dignidad de ser obispos. Para evitar todo eso –que podía ser causa de división dentro de la iglesia– los apóstoles designaron directamente a sus sucesores y as en adelante. La sucesión apostólica no era, así, ocasión de disputa, convirtiéndose en garantía de paz y de unidad.
Clemente todavía no habla explícitamente del primado de la iglesia de Roma que, sin embargo, queda sobreentendido. Llama mucho la atención, el hecho de que la consulta de los presbíteros de Corinto haya sido dirigida a Roma y no, por ejemplo, a Éfeso, donde todavía vivía el apóstol Juan, nunca mencionado en esta carta, a pesar de ser contemporáneo.
Clemente no pide disculpas por entrometerse en un asunto interno de la comunidad; por el contrario, casi se disculpa por haberse atrasado en intervenir (1). Tiene la certeza de su posición. De ahí la conclusión:
“Si alguien desobedece a la palabra que Dios os habla por nuestra boca, sepa que está en culpa y en grande peligro” (59).
 “Será nuestra alegría saber que seréis obedientes a lo que os escribimos movidos por el Espíritu Santo, cortando resentimientos y celos, y poniendo en práctica nuestra exhortación a la paz y a la concordia” (63).
La comunidad acogió esta carta y todo indica que obedeció.
En esta larga carta, Clemente cita innumerables textos bíblicos, mostrando, por un lado, su profundo conocimiento de la Septuaginta y, por el otro, la importancia para la comunidad de las cartas de Pablo, nombrado directamente (47) y citado más de 20 veces, de los Hechos (una vez), de los sinópticos (una vez) y de la 1.ª carta de Pedro (cuatro veces).
El canon está en formación. La autoridad de Clemente, con certeza, contribuyó a su consolidación.

La cartas de Ignacio de Antioquía
Las cartas de Ignacio de Antioquía fueron escritas cerca de diez años después, a comienzos del siglo II. Se trata del testimonio del obispo de Antioquía cuando era conducido como prisionero a Roma, donde sería condenado al martirio.
Las cartas fueron dirigidas a las mismas comunidades de Asia Menor, antes acompañadas por el apóstol Juan. Tres de ellas –Éfeso, Filadelfia y Esmirna– ya habían sido destinatarias de las cartas contenidas en el libro del Apocalipsis.
A través de estas cartas, podemos aproximarnos a la espiritualidad y a la mística de Ignacio que, con coraje, se prepara para enfrentar su probación, pero podemos también conocer su eclesiología, porque se trata precisamente de eclesiología.
La fuerte insistencia, presente en casi todas las cartas, respecto de la centralidad del obispo, muestra cuan grande debía ser la polémica y el conflicto interno justamente en esas comunidades que, bajo la influencia precedente de Juan y de Magdalena, debían estar resistiendo el modelo “romano” que les estaba siendo impuesto.
He ahí por qué Ignacio busca poner una base teológica al modelo jerárquico. Ya no se trata solamente de una opción adecuada para combatir las herejías o evitar celos y envidias. Hay mucho más: ésta y solamente ésta, es la iglesia.
Es una propuesta totalitaria, universalizante y excluyente. La iglesia sólo puede ser así; si no fuese así, no sería iglesia.
Los grados están establecidos: obispo, presbíteros y diáconos. Vamos a registrar algunos de estos textos, que fueron determinantes para la eclesiología de la iglesia romana.
La jerarquía es la reproducción permanente de relaciones de sumisión, donde el obispo representa a Dios y los presbíteros a los apóstoles:
“Esforzáos en hacer todo en aquella concordia que Dios quiere, bajo la presidencia del obispo que ocupa el lugar de Dios, y de los presbíteros que ocupan el lugar del colegio apostólico y de los diáconos, mis queridos, a los cuales fue confiado el servicio de Jesucristo (...) Permaneced unidos al obispo y a vuestros jefes y seréis una demostración viva de la incorruptilidad eterna” (Magnesios 6)
“Debéis respetar a los diáconos como al mismo Jesucristo, y a los obispos como la imagen del Padre y a los presbíteros como al senado de Dios y como el colegio apostólico: sin ellos no hay iglesia” (Trallanos 3)
La conclusión es la unión sumisa a la jerarquía:
“Estad unidos a vuestro dignísimo obispo y a la corona espiritual de vuestro colegio presbiterial y a vuestros santos diáconos. Someteos a vuestro obispo (...) como Jesucristo se sometió al Padre en su humanidad y como los Apóstoles a Jesucristo y al Padre y al Espíritu Santo” (Magnesios 13, Filadelfios 7)
“Debéis permanecer unánimes con el obispo (...) El colegio presbiteral, digno de este nombre y digno de Dios, debe estar unido al obispo como las cuerdas de una cítara” (Efesios 4)
“No podemos oponernos al obispo, cuidado, para que Dios no se oponga a nosotros” (Efesios 5)
“Nada debéis hacer sin el obispo y sin los presbíteros” (Magnesios 7)
“Con vuestra sumisión al obispo, como a Jesucristo, me demostráis que no vivís según el mundo sino según Jesucristo (...) Es necesario no actuar nunca sin el obispo y además es preciso someterse al colegio de los presbíteros como a los apóstoles de Jesucristo” (Trallanos 2)
Quien está cerca del altar es puro y quien se queda lejos no es puro; quien hace algo sin el obispo o los presbíteros o los diáconos, no es puro en su conciencia (Trallanos 7)
Procurad participar en una única eucaristía (...) como único es el o bispo con sus presbíteros y diáconos, siervos como yo. Sólo obrando así estaréis obrando según Dios (Filadelfios 4)
Es bueno fijar los ojos no solamente en Dios sino también en el obispo: quien honra al obispo es honrado por Dios; quien actúa a escondidas del obispo sirve al demonio (Esmirnenses 9)
Escuchad al obispo si queréis que Dios os escuche. Yo me ofrezco en sacrificio en pro de quien se somete al obispo, a los presbíteros y a los diáconos (A Policarpo 6)
No es necesario hacer comentarios. El cambio se vino operando de manera firme e irresistible, hasta llegar a la síntesis expresada en la carta a los esmirnenses:
“Como Jesucristo siguió al Padre, así vosotros todos seguid al obispo y al colegio de los presbíteros, como los apóstoles. Venerad a los diáconos como la misma ley de Dios. Ninguno haga algo respecto de la iglesia sin el obispo. Considerad válida sólo la eucaristía que es celebrada por el obispo o autorizada por él. Donde está el obispo, ahí debe estar toda la comunidad, así como donde Jesucristo está, ahí está la iglesia católica . Sin el obispo no está permitido bautizar ni celebrar el ágape: sólo lo que él aprueba es agradable a Dios. Sólo así vuestras acciones serán seguras y válidas” (Esmirnenses 8)
Para completar esta eclesiología, es importante recordar que la carta de Ignacio a los Romanos presenta, también, su visión de la centralidad de la iglesia de Roma. Ignacio, obispo de Antioquía, segundo sucesor de Pedro, se dirige a la iglesia de Roma cuyo obispo también es sucesor de Pedro. Es la iglesia que “preside” en la capital de las tierras romanas y que
“Preside en la unión de la caridad” (Romanos int)
El texto no define a qué tipo de presidencia se refiere, pero es importante recordar que en otros pasajes el verbo “presidir”, sobre todo, cuando está relacionado con el obispo, indica una presidencia de autoridad. Podemos, sin mayores dudas, conservar la analogía.
En contraposición con esta propuesta eclesiológica, está la herejía, la falsa doctrina que debe ser combatida con vehemencia y radicalmente. Pocas son las referencias que nos explicitan cuáles sean estas herejías. En muchos textos queda claro que pensar de una manera diferente de ser iglesia, puede llegar a ser la mayor herejía.

Llegamos al fin de este excursus. Es difícil afirmar de qué forma este pasaje de la autoridad en dirección a la jerarquía, haya podido influenciar la composición final del canon del Segundo Testamento. Con certeza tuvo su peso, sobretodo al incluir, como paulinas, cartas que sin duda poco tenían que ver con Pablo y, más todavía, al excluir textos de opositores a este proyecto eclesiástico; o, quien sabe, al modificar o agregar textos ya en uso en las varias iglesias.
Ésta pudo haber sido la historia del capítulo 21 de Juan, añadido posteriormente para armonizar –con el pastoreo universal de Pedro sobre todas las ovejas y los cabritos– su oposición inicial a la eclesiología jerárquica que, a fines del siglo I, estaba naciendo en medio de las comunidades, sobretodo a partir de Roma.
Es una sospecha. Dejémosla como tal.

Sandro Gallazzi
Cx.P. 12
68906-970 Macapá (AP) – Brasil

 

Traducción: José Severino Croatto.

Aceptamos la opinión de muchos estudiosos que consideran que la redacción final de las llamadas cartas pastorales no fue hecha por Pablo y que éstas son posteriores al año 80. Puede ser que un texto paulino pequeño y original haya sido, posteriormente, utilizado como base de estas cartas.

Si bien el término epíscopoi de Fl 1,1 puede tener el mismo significado.

“Apóstol”, en la Didajé, no es todavía sinónimo de uno de los Doce, sino que identifica al proclamador itinerante del Evangelio.

Epifanía: palabra propia de estas cartas para indicar la segunda venida del Señor.

Por más que alguno encuentre en 1Tm 3,11 una referencia a las diaconisas.

Parece, sin embargo, que no tiene fundamento la afirmación de que Clemente sea el Cónsul Flavio Clemente, primo del propio emperador Domiciano.

Se trata del ejército romano.

Clemente fue el primero en usar la palabra “laico” para indicar a los que no pertenecen a la jerarquía.

Es Ignacio el que da más importancia a los presbíteros que a los diáconos, los que quedan, de esta manera, en un tercer grado.

Es la primera vez que esta expresión es usada.

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.