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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

Entrevistas en Jerusalén

Relatos en torno del relato lucano de la Pasión

Néstor O. Míguez

Resumen
Nos proponemos recuperar el relato lucano de la Pasión desde los lugares propios de la participación de quienes podían mostrar las reacciones de los más desprotegidos: las viudas y los huérfanos, los pobres y postergados y excluidos (desplazados) del tiempo de Jesús. Al hacerlo hemos optado por privilegiar una aproximación narrativa, reinventando personajes que puedan reunir las características sociales y culturales, los “mundos vitales” de los actores posibles de los sectores populares del Israel de la época.

Abstract
In this article we undertake the task of recovering the Passion narrative in Luke from the place of those participants who could express the though and attitudes of the dispossessed: widows and orphans, the poor and despised, the excluded and displaced in Jesus’ time. We have done so using a narrative approach, not only in the analysis but also in the exposition, re-creating those characters that could give life to the worlds of the actors from the popular sections of the Israelite society of that period.

En cuanto al método

En este artículo de RIBLA nos proponemos una variante metodológica que hace tanto a la forma de la investigación como al modo de exposición. Consiste en asumir la mirada de los distintos personajes que intervienen en los textos, y reconstruir sus relatos por detrás del relato final que los incorpora al texto bíblico, y especialmente por detrás de los siglos de interpretación doctrinal que los mismos han recibido. Quienes practican la Lectura Popular de la Biblia estarán acostumbrados a la incorporación de estas perspectivas. Tampoco es totalmente nueva en la esfera académica. La idea es mantener el tono narrativo de los relatos, es decir, en lugar de analizarlos mediante una exposición conceptual, hacerlo recuperando el discurso narrativo que está a la base de los textos evangélicos.

Ello no significa disminuir el sentido exigente de la investigación. El texto debe ser cuidadosamente leído, los resultados de la investigación histórico-crítica deben evaluarse con exactitud, los componentes textuales y su estructura nos orientarán en el modo de exposición y los énfasis del autor bíblico. Los contextos de las perícopas en sus textos más amplios y la intertextualidad intra y extrabíblica también hacen a esta reconstrucción de sentido.

También deben incorporarse, y con mayor razón aún, los contextos históricos en los cuales ocurrieron los hechos narrados tanto como la redacción de la versión que hoy tenemos en el texto de las Escrituras. En el caso particular de Lucas, que ahora nos proponemos estudiar, han mediado seguramente un poco más de 50 años entre la crucifixión de Jesús y la versión escrita que hoy tenemos como canónica. Por lo tanto la lectura y evaluación de estos hechos, y sus consecuencias, se miden de otra manera. La búsqueda de reconstruir las miradas de los actores hace que esos contextos históricos deban considerarse bajo otro enfoque. La distancia entre el relato del testigo y la construcción literaria es de tiempo, estilo, enfoque y lugar del sujeto, y ninguno de estos elementos puede dejarse de lado.

En un tiempo la búsqueda del “Jesús histórico” apuntaba a recuperar los hechos de Jesús antes de su mitificación religiosa y las palabras de Jesús por detrás del texto eclesiástico. En ese intento se buscó poder acceder a la “teología de Jesús” como predicador apocalíptico, o a la dimensión profética de Jesús en tanto iniciador de una secta judía disidente. En tiempos más recientes esa reconstrucción histórica de la biografía de Jesús buscó destacar sus aristas políticas, su opción o no por el movimiento celote o su funcionalidad al tiempo social en el que vivió. Este debate, que aún no se ha extinguido, está presidido por las opciones ideológicas desde las cuales se ubican los estudiosos. En el presente trabajo no escapamos a ese condicionamiento, sino que asumimos conscientemente las limitaciones de estas recuperaciones del Jesús histórico.

Pero más que una “biografía” o “ideología” del Jesús de la historia, nos vamos a centrar en la reconstrucción de la dinámica social de la época, que nos permitirá acceder a su significación para los diferentes grupos sociales con los cuales interactuó el nazareno. No buscamos ni la bruta facta ni la ipsisima verba, sino mas bien la dynamis (movimiento, fuerza, acción) que se da en la sociedad judía de la primera mitad del siglo 1 (en la cuenta cristiana), y lo que genera en ello la presencia de este taumaturgo y predicador errante y su muerte. Por ello el esfuerzo debe centrarse en la posibilidad de acceder a los “mundos vitales”, a las cosmovisiones sectoriales que podían dar significación y sentido diverso a sus actos.

Esto implica una visión distinta de la historia. Nos ponemos a un costado del debate (p. ej., entre R. Brown y J. D. Crossan, ver bibliografía al final) acerca de la facticidad de los acontecimientos relatados, cuánto verdaderamente ocurrió y cuánto fue una reconstrucción “profética” de hechos que no ocurrieron. La historia es relato de hechos interpretados. Los hechos son registrados como tales por la memoria, y al registrarlos y transmitirlos, los interpretamos. A su vez, no hay interpretación sin un “núcleo duro” fáctico que la genere. Pero tanto uno como otro, relato como hecho, son significados, cobran sentido, desde lugares sociales distintos. Y esto genera las distintas visiones, registros, memorias sobre los mismos acontecimientos. De manera que antes de llegar al “hecho”, o siquiera identificar la interpretación, es necesario tratar de abordar las ópticas y condicionamientos socio-culturales en los cuales los hechos son vividos y se genera la memoria interpretativa.

Ciertamente que contamos con escasos elementos para ello, especialmente en lo que hace a los sectores populares, que no suelen dejar relatos escritos o documentos perdurables para la investigación histórica. Pero, a partir de esos pocos datos, las reconstrucciones arqueológicas y ciertas tendencias que pueden intuirse a través de la comparación con situaciones antropológicas similares, intentaremos dar vida a las narrativas que muestren las percepciones populares que subyacen al discurso lucano de la crucifixión.

Como señalara, hay ciertamente otros intentos al respecto. Quizás el más conocido es el de G. Theissen, La sombra del Galileo. Allí Theissen intenta hacer una versión narrativa de la vida de Jesús sobre la base de sus investigaciones del “movimientos de Jesús”. Aparte de lo discutibles y discutidas que han sido sus herramientas tomadas de la sociología funcionalista, es interesante ver la estructura de su libro. Su personaje “narrador” se ubica como un comerciante judío acomodado al servicio (involuntario) del Imperio. Toda una definición de la perspectiva desde la cual escribe. Y sus notas aclaratorias están dirigidas a una autoridad académico-eclesial ante la cual quiere dar cuenta de sus opciones exegéticas. También lo ubica. Mi intento, mucho más modesto en su producción y alcance, hace otras opciones. Trata de recuperar a los personajes del pueblo más llano y las notas están dirigidas a aclarar ciertos puntos para las comunidades que quieran profundizar esta línea de trabajo.

Los personajes serán ficticios, si bien incorporamos en ellos características detectables en la redacción evangélica. Pero nada asegura que muchas de las investigaciones expuestas en lenguaje “académico” no sean igualmente o más ficticias aún. Sepan los lectores disculpar si mi escasa habilidad literaria hace que los discursos de los distintos personajes se parezcan demasiado entre sí o usen un lenguaje poco coloquial (he evitado los modismos pues, teniendo en cuenta la amplia llegada de RIBLA, entiendo que ciertos modismos normales en una región pueden ser incomprensibles o incluso insultantes en otra).

Por otro lado mi experiencia en el trabajo directo con las comunidades y grupos, y aún en celebraciones regulares, me ha mostrado la productividad de esta aproximación. Esta “lectura del Evangelio”, a veces presentada efectivamente como entrevista, o leída como testimonio, o en algún caso dramatizada, ha provocado una “hermenéutica” muy rica por parte de los participantes, que han podido “cruzar” sus propias historias vitales con las de estos “testigos de la Cruz”. Por eso he limitado las interpretaciones actualizadoras en este trabajo. Entiendo que esto puede surgir con mucho mayor riqueza como resultado de la búsqueda colectiva en contextos concretos a partir de las puertas y ventanas que abren estos testimonios. De manera que si bien las notas preliminares recurren a un lenguaje más “técnico”, más adecuado a agentes pastorales y estudiantes, para que puedan ayudar a profundizar estos estudios, mi propósito es que el texto de las “entrevistas” puede ser usado directamente con las comunidades, quizás con las variantes de léxico que permitan darle un sabor más local.

En cuanto a Lucas

Como ya señalamos, hay unos 50 años entre la muerte de Jesús y el relato lucano. En esos cincuenta años han cambiado circunstancias históricas (ha ocurrido la primera parte de “las Guerras Judías”, han sido destruidos el Templo y la ciudad de Jerusalén, el cristianismo se ha dispersado y “gentilizado”) que hacen que el relato de los hechos sufra diferentes mediaciones. El autor del evangelio probablemente proviene de la gentilidad, mientras que la mayor parte de los actores del drama evangélico son israelitas y se mueven dentro del mundo israelita, sin desconocer el espacio decisivo “gentil” que significa la presencia de Pilato y el trasfondo imperial romano. Ello también influye en el relato. Las expresiones orales de los testigos directos serán también distintas del ordenamiento selectivo que nos propone el tercer evangelio. Por ello, sin pretender aquí una introducción a los textos lucanos, señalo algunas características que puedan ayudarnos a ubicar el relato y diferenciar el relato canónico de los posibles relatos precanónicos que lo originaron.

El relato lucano es fruto de una “investigación histórica” al modo de la época. Por lo tanto reconoce la secundariedad de sus fuentes y explícitamente señala su deseo de “ordenarlas” (Lc 1,1-4). Este ordenamiento será siempre un ordenamiento según una determinada concepción, a un fin establecido por el redactor final . Ciertamente los relatos de los testigos de los cuales se vale el evangelista también tendrían un cierto orden, el orden dado por sus propios actores en sus propios mundos vitales. Al ser incluidos en este otro orden, con otra intención teológica, son modificados por el contexto en el cual son incluidos, y seguramente recortados para encajar en esa ficción creada como “orden” por Lucas. Ese orden lucano es un orden que responde a una concepción teológica elaborada ya en la tercera generación cristiana, por una iglesia que se diferencia, hasta polémicamente, de su origen judaico, y que necesita elaborar puntos de contacto con el entorno del mundo político en el que vive. Cuánto de ello marca el relato de la crucifixión de Jesús en Lucas y hasta qué punto es posible separar ese marco referencial para recuperar los testimonios anteriores son asuntos en debate.

La ciudad de Jerusalén, el templo, y la clase sacerdotal a los que se refieren los relatos ya no existen al tiempo de la redacción final. Sin embargo Lucas muestra cierto interés por precisar las prácticas y actitudes de la clase sacerdotal en la ejecución de Jesús (y más allá de ella también). Pero también se empeña en señalar que esta clase sacerdotal no actúa sola, sino en connivencia con otros sectores gobernantes (arjontes) que indica a los detentores del poder económico y político tanto judío como gentil. En ello muestra que está relativamente bien documentado. Algunos interpretan que destacar el papel activo de la clase sacerdotal es una manera de cargar con el peso de la responsabilidad por la muerte de Jesús a un sector que ya no puede defenderse, o sobre el cual ya no es posible poner demandas, y así exculpar, al menos parcialmente, al gobierno romano. Esta lectura “apologética”, como ha sido llamada, no puede ocultar, sin embargo, que la dimensión política de la muerte de Jesús aparece en un primer plano. El relato lucano permite apreciar así, a veces indirectamente, los juegos de poder que se daban entre la casta sacerdotal y el Imperio. Si un gobernador romano no puede impedir la muerte a manos de la elite política local de un hombre que considera inocente, y termina poniendo a sus soldados al servicio de esa ejecución, ello ya está definiendo cómo son las políticas romanas, con quienes pactan y con quienes no, y a qué precio.

El uso de las palabras pueblo y multitud (laos y ojlos, respectivamente) es ambiguo en el texto lucano. Si bien es el evangelio que más recurre a la palabra “pueblo”, laos, (31 veces contra 2 veces en Mc y 11 en Mt), su uso no siempre es consistente. A veces aparece simplemente como sinónimo de ojlos (usa en 9,11 ojlos para el mismo grupo que llama laos en 9,13). Otras veces la utiliza con la carga propia de la idea de pueblo como el conjunto los habitantes más humildes de un lugar (así ocurre principalmente en los primeros 13 capítulos), muchas veces por oposición a los gobernantes (p. ej. 20,21; 22,2); pero también los asocia en la expresión “gobernantes del pueblo” (p. ej., 19,47); o como “el pueblo de Dios” en contraste con los gentiles en 1,17; 2,32; 7,16. Esto es importante para el enfoque que hemos de dar a nuestro estudio. No podemos suponer que siempre que habla de “pueblo” o multitud habla de los mismos actores. Así, por ejemplo, el uso de ojlos en 22,47, cuando el arresto de Jesús, no puede leerse “multitud”, como en los pasajes en los que se habla de Jesús predicando ante mucha gente (5,15 et passim). El grupo que sale a restar a Jesús, con Judas y el Sumo Sacerdote y su gente, se lo puede llamar “turba” por su carácter tumultuoso, como hace adecuadamente Reina-Valera, pero no multitud por su número. Así que debe distinguirse entre los usos de la misma palabra. Algo similar ocurre con “pueblo”, pues en 23,13 esa palabra se refiere a los habitantes de intramuros de Jerusalén, que conformaban parte de la élite urbana, mientras que es evidente que la misma expresión unos versículos más tarde, en 23,27 debe referirse a los peregrinos venidos de Galilea, dada la diferencia fundamental de actitud y conducta entre ambos grupos.

“Lucas” tiene referencias de segunda mano de las tensiones entre Judea y Galilea, que en cambio se perciben en forma más directa en Mateo. Ello oscurece en parte el relato al no diferenciar entre el “pueblo” (laos) del cual habla en Galilea, de cuando lo hace en Jerusalén, como ya hemos notado. Aunque sí parece tener fuentes fieles en cuanto a diferenciar actitudes del pueblo de las de sus dirigentes en los relatos de crucifixión. En eso es más cuidadoso que los otros sinópticos. A su vez deben reconocerse tensiones internas dentro del pueblo en Galilea que no se deben sólo a la disposición “religiosa” a seguir a Jesús o a atenerse al mandato fariseo. Las opciones eran mucho más variadas. No olvidemos que el movimiento de sublevación que culmina con la toma y posterior caída de Jerusalén se inicia en Galilea contra Jerusalén, y contra el Imperio Romano en tanto sustentador del pacto con la casta sacerdotal gobernante, a la cual la mayoría de los israelitas consideraba impostora e ilegitima. Que los sucesores de los fariseos hayan quedado como la facción que luego toma el control intelectual del judaísmo no debe oscurecer la posibilidad de notar un panorama mucho más variado en el tiempo de la pre-guerra. En ese sentido, Mateo aparece más condicionado por esta confrontación directa con el judaísmo formativo de origen fariseo, mientras que la limitación de ese conflicto en Lucas es a la vez su virtud: permite reconocer una mayor variedad de actores en este drama.

En este trabajo nos resultará difícil aislar el relato lucano de sus coincidencias con Mc y Mt. Sin embargo, como varios autores han notado (p. ej., R. Brown), por momentos se acerca más al relato joanino que a los otros sinópticos. En las reconstrucciones que siguen hemos procurado, sin embargo, destacar aquellos elementos propios de Lucas, si bien integrados en los relatos comunes con los otros evangelios. Hemos agregado elementos que el relato lucano da por supuesto (que también resultan redundantes para los personajes narradores) pero que son necesarios para el intérprete contemporáneo: los horarios en que se abren las puertas, ciertas prácticas rituales, las características de la población residente en los intramuros de la ciudad, entre otros. Estos resultan necesarios para dar una imagen socialmente situada de los hechos.

Tres entrevistas en Jerusalén

Trataré de reflejar esta pluralidad de miradas mediante tres relatos ficticios. No se trata solamente de hacer más amena la exposición, si lo consigo, sino de mostrar la posibilidad de mundos vitales distintos aún en el seno del mundo de los pobres del tiempo de Jesús. Las reconstrucciones, como dijimos, son necesariamente precarias, dado que la empresa de incluirnos en las variantes culturales de aquél tiempo se sostienen con hipótesis bastante frágiles. Pero intentar estos relatos es también una forma de ponerlas a prueba en su verosimilitud, de ver su capacidad de proveer elementos que ayuden a confirmarlas o corregirlas.

Ana, 45 años, viuda, de Jerusalén, un año después de la Crucifixión.

 

Reconstrucción del personaje.

En el personaje de Ana he intentado componer la visión de los habitantes más humildes de la ciudad de Jerusalén. Ella no es “pobre” por su origen familiar, pero si lo es en su condición de viuda y despojada. Esto nos permite ubicarla en la ciudad de Jerusalén aunque no sea un miembro de la elite urbana. Ciertamente el personaje es ficticio, tomado de la viuda que deposita sus últimas monedas en el arcón del Templo. La relación con José de Arimatea es un recurso a los efectos de introducir secundariamente también este actor de la crucifixión. A través de esta “historia de vida” pueden verificarse algunas de las denuncias evangélicas de las actitudes de los gobernantes de Israel, así como las aristas hegemónicas de su ideología y práctica. Para esta reconstrucción hemos usado básicamente herramientas tomadas del análisis cultural que establece las distinciones campo-ciudad y los códigos de honra/vergüenza impuestos para el mundo femenino de su época.

La ubicación de esta “testigo” dentro de las murallas es indispensable para el conocimiento de los sucesos que llevan a la crucifixión. Desde una localización imaginaria que le dé relativo acceso a los movimientos nocturnos de la ciudad se puede configurar los pasos que narra Lucas, lo que sería imposible para alguien que no habitara cerca del espacio del Templo en Jerusalén. Este dato es decisivo para la interpretación de los eventos ocurridos y diferenciar los actores jerosolimitanos de los peregrinos galileos. En su discurso he procurado ofrecer una lectura más apegada a la tradición judaica de algunos de los eventos que protagoniza Jesús, así como una interpretación alternativa a algunos episodios (p. ej., la misma significación de la ofrenda de la viuda). A través de sus palabras se insinúa la oposición Judea-Jerusalén frente a Galilea en la visión desde el ambiente del Templo. La posibilidad de que algunos habitantes de Jerusalén, incluso escribas y fariseos, se integren a la comunidad primitiva es también un aporte lucano en Hechos.

La entrevista. Habla Ana:

 

En realidad, si bien casi toda mi vida ha transcurrido en Jerusalén, mi familia vivía de una propiedad que teníamos en Betania. Mi padre cultivaba olivos y vendía su producción de aceite al Templo. A los 14 años me casaron con Samuel, hijo de un vecino nuestro. Una parte de nuestro olivar fue mi dote; el resto quedó para mi hermano mayor. Samuel hizo una casa para nosotros en la ciudad. Continuó con el negocio del aceite. No era mucho, pero podíamos vivir bien, ya que heredó una parte del olivar de su propia familia, contiguo a la parcela que recibió conmigo. Eso era parte del acuerdo matrimonial que hicieron nuestros padres.

Él murió hace ya unos 15 años. Yo no le pude dar hijos. Eso hizo que algunos pensaron que era maldita delante de Dios. Yo me sentí sin valor, sin honra ante los demás y ante mí misma. Esto me hizo desde entonces avergonzada y vulnerable. Una viuda estéril está en el más bajo escalón de la sociedad. Toda mi vida ha quedado marcada por esa situación.

Cuando enviudé, todo lo que estaba preparado para mí se desvaneció. Como mujer, yo no podía comerciar, y menos aún con el Templo. Los sacerdotes me propusieron que diera el olivar como ofrenda permanente (Corbán), y ellos me darían el valor de mi dote (que al fallecer mi marido debía volver a mi familia) y mantendrían mi casa en Jerusalén. Me convencieron, pues yo no veía otra salida. Cuántas oraciones y sacrificios hicieron para celebrar mi “donativo” (Lc 20,47). Pero luego vinieron pidiendo diezmos, y otras ofrendas, y poco a poco se quedaron con mi dote y con la casa de Jerusalén también. El esposo de una prima mía, un escriba de Arimatea, se compadeció de mi situación y se ofreció como mi protector (go’el) y me albergó en su casa. Tenían una casa en Jerusalén para cuando tienen que venir por las reuniones del Concilio (Sanedrín). Queda cerca del Templo, a unos pocos pasos de la muralla de la ciudad, por el lado de la torre Antonia, donde están los soldados romanos. Me dijo que me quedara para cuidar la casa cuando ellos estaban en Arimatea. Ellos venían para las fiestas, reuniones del Concilio, o cuando tenían que hacer algún trabajo, registro, no sé, esas tareas que tienen los escribas.

Los doctores de la ley decían que si yo seguía dando mis ofrendas el Señor iba a tener piedad de mí. Me envolvían con sus palabras, sus citas y explicaciones de la Ley, y además tenían el poder de su parte. Ese día previo a la Pascua me acerqué para dar mi ofrenda, según la costumbre. En realidad, era lo último que me quedaba. Había mucha gente en el Templo y muchos traían sus ofrendas. Había peregrinos de todas partes, pero la mayoría eran de Galilea.

Allí lo conocí a Jesús. Él estaba con un grupo de sus seguidores a la entrada del Templo, enseñando. Yo no sabía quién era. Noté que se interrumpió para mirarme (Lc 21,1-4). Me observó con cuidado. Miró como yo daba esas últimas monedas. Miraba serio, noté como una expresión de disgusto en su rostro. Y luego hizo un comentario a sus amigos, diciendo que yo había puesto más que todos los ricos, porque había puesto mi propio sustento. Sentí como una especie de orgullo, pero pronto se me pasó. Sus palabras eran más bien duras, no de elogio. Me acerqué curiosa. Siguió hablando: “No va a quedar piedra sobre piedra de este edificio construido con ofrendas como estas” (Lc 21,5-6).

No me gustó nada: era como decir que mi ofrenda había sido inútil. Era una falta de respeto al Templo. Y si bien yo de alguna manera me sentía despojada, no lo quería reconocer. Toda mi vida, antes y después de enviudar, había girado en torno del Templo. Estaba acostumbrada a sus ceremonias y presencia. Era el centro de toda la ciudad, su fuente de sostén. Si uno no ofrendaba para mantener el Templo, todo Israel caería. No se puede pensar Jerusalén sin Templo, ni un Israel sin Jerusalén. Sostener el Templo era afirmar la voluntad eterna de Dios. Lo que decía Jesús era terrible. Sé que hay algunos que dicen que los sacerdotes se han corrompido, o que no son legítimos porque no pertenecen a la familia de Sadoq. Pero una cosa es decir que hay que cambiar los sacerdotes, y otra que el Templo todo será destruido. Alguien tiene que hacer algo para que no siga hablando así, pensaba yo en aquél momento. Se ve que no era la única.

Siguió con un discurso muy duro. Anunciaba conflictos que sobrevendrían, se enfrentaba con los maestros de la ley en la misma puerta del Templo. En ese momento me pareció muy atrevido, irrespetuoso. Ponía en duda no solo el valor del Templo, sino también de muchas de nuestras tradiciones, parecía no confiar en la santidad de Jerusalén, alentaba divisiones, predecía persecuciones. Para mí, formada en familias que servían al Templo, esto me pareció escandaloso. Sin embargo, para mucha gente, especialmente los peregrinos venidos de Galilea, sus palabras eran una verdadera revelación, expresaban sus propias expectativas. Yo debo reconocer que no entendía mucho de lo que pasaba en ese momento. Después, cuando me acerqué más a los discípulos fui entendiendo y valorando mejor esas enseñanzas.

En fin, la cuestión es que la gente de Jerusalén no le gustaba lo que escuchaba, pero no se atrevían a hacerle nada pues siempre estaba rodeado de mucho pueblo, especialmente los campesinos de Galilea que lo tenían por profeta (Lc 19,48). Y a la noche se iba a algún lugar de las afueras donde no podían encontrarlo.

Esa noche yo no podía dormir. Por un lado pensaba que había entregado mi última ofrenda, que ya no sabía de qué iba a vivir. Por otro me preguntaba qué querían decir esas palabras de Jesús… El esposo de mi prima, José, iba y venía, platicaba en secreto con algunos de sus amigos, era todo muy oculto. Me parecía que algo raro estaba pasando. De repente, mientras yo miraba todo ese movimiento desde la puerta de la casa, escucho un gran revuelo de voces. Alcancé a ver como se abría una de las puertas laterales de la ciudad y entraba un grupo armado con palos, espadas y lanzas. Lo encabezaba el Sumo Sacerdote en persona, aunque también había otros funcionarios y gente de la guardia del Templo. En el medio venía Jesús. Dos guardias lo tenían tomado de los brazos. Le venían empujando con los palos y alguno le tiraba algún golpe. “Lo van a castigar y expulsar de Jerusalén para que no siga hablando así, pensé. Él se la buscó”. Cuando entraron todos volvieron a cerrar la puerta, aunque me pareció ver que uno de los seguidores de Jesús había logrado meterse en la ciudad.

José salió de nuevo de la casa. Dijo que tenían una reunión del Sanedrín. Me pareció extraño pues el Concilio no debe sesionar de noche y todavía no había amanecido. Ya que estaba desvelada y la casa agitada, aproveché para acercarme a ver qué pasaba. Entonces vi a ese hombre que se había infiltrado en la ciudad. Aunque después, cuando le preguntaron si era uno de los seguidores de Jesús lo negó varias veces. Mucho después supe que era Pedro.

Yo volví a la casa pero no pude acostarme, estaba desvelada. Cuando comenzaba a clarear, en cuanto comenzaron a moverse las tropas de la torre Antonia, vi que salían de la casa del Sumo Sacerdote él y muchos de los principales del pueblo y que iban al lugar donde se aloja el Procurador Pilato. Lo llevaban a Jesús. Tenía marcas de algunos golpes y estaba atado. Le habían vendado los ojos. José iba con ellos, se notaba preocupado. Me hizo señas que me metiera adentro y cerrara la puerta. Pero yo, curiosa, seguí espiando. Otros de los miembros del Concilio, por el contrario, le decían a sus amigos y familia que los siguieran, que salieran de las casas y se unieran a ellos. Llegaron a juntarse unos 300. Eran todos vecinos importantes de Jerusalén, con sus familias y allegados, con sus dependientes, los servidores del Templo, las familias de los escribas y sacerdotes. Estaban los comerciantes que Jesús había pretendido echar del Templo. Los soldados romanos los miraban con desconfianza, pero como venían con el Sumo Sacerdote los dejaron entrar. Ocuparon todo el patio al frente de la Torre. La gente que había venido para la Pascua, especialmente los de Galilea, que son los más pobres y eran los que seguían a Jesús o lo escuchaban en el Templo, todavía no habían entrado a la ciudad. Las puertas de los muros estaban cerradas.

Hubo mucho movimiento. En un momento vi salir a un grupo de soldados llevando a Jesús hasta el Palacio de Herodes, y volver al poco tiempo con él, más golpeado aún, aunque le habían puesto un fino manto bordado para cubrirlo. Era una burla. Era la forma de decirle que era un hombre sin honra. Entonces Pilato se apareció en el patio, y dijo que lo iba a soltar, pues le parecía un tipo sin importancia. Pero la gente del Sanedrín comenzó a gritar. Pasaron la consigna que pidieran a Barrabás. Comenzaron a pedir a gritos que crucificaran a Jesús. Pilato se sintió molesto. Hizo un gesto de desprecio y mandó a sus soldados a que lo crucificaran como ellos querían. Sacaron también a otros dos presos, dos muchachos del campo que habían traído hacía unos días para que Pilato los juzgara. Recuerdo la cara de triunfo que tenía el Sumo Sacerdote. Entonces, como ya el sol había salido y había luz se abrieron las puertas de la ciudad.

Uno de los primeros en entrar fue un muchacho negro, de Cirene. Los soldados lo tomaron y le hicieron llevar la cruz, porque a Jesús lo tenían atado. Después supe que se llamaba Simón. Poco a poco fueron entrando el resto de los peregrinos. Cuando vieron lo que pasaba comenzaron a gritar y clamar, pero ya era tarde. Jesús estaba rodeado de soldados romanos, nadie podía hacer nada. Al verlo así, sentí como una gran congoja. Ya dije que mi primera impresión había sido de rechazo, porque lo veía como irrespetuoso. Pero ahora, al ver esa multitud entristecida que lo seguía, y al verlo tan golpeado, aceptando el camino de muerte con una digna humildad, me conmoví. Me brotaban las lágrimas.

De nuevo me miró, notó mi presencia, como me había visto en el Templo cuando puse la ofrenda. Pero ahora su mirada era distinta, de compasión. Él, camino a la cruz, sentía compasión por mí, una estéril viuda de Jerusalén. Y dijo: “No lloren por mí, lloren por si mismas y por sus hijos”. Y luego, mirándome y como conociendo lo que me pasaba agregó “Llegarán días en que dirán bienaventuradas las estériles, los vientres que no criaron y los pechos que no amamantaron. Si esto hacen con el árbol verde, ¿qué no harán con el seco?”. Esas palabras me llegaron muy hondo. Vi mi propia vida pasar delante de mis ojos en ese momento dramático. ¡Yo era una de esas estériles! No solo porque no había tenido hijos. Estéril era todo lo que envolvía mi vida, lo que había hecho; había perdido mi olivar, mi casa, mis ofrendas. Toda mi fuerza y mis cosas habían ido a parar a manos del Templo. De una situación de vida tranquila había quedado a merced de la caridad de mi familia y las limosnas de los amigos. Lo vi a Jesús… Vi como lo estaban golpeando, llevando a la cruz… “si esto hacen con el árbol verde, qué no harán con el seco”, me repetía a mi misma.

Sentí que me tomaban del hombro. Era el hijo de mi prima. “Vamos, Ana, me dijo, no es bueno que nos vean aquí. Dice mi padre que vuelvas a casa”. Me llevó casi a la fuerza. Vi que José estaba a lo lejos, junto con otros miembros del Concilio, observando lo que pasaba, controlando que no se alterara demasiado el orden. José se veía algo angustiado, pero algunos miembros del grupo fariseo y los sacerdotes parecían estar disfrutando el momento. Cuando salieron de la ciudad hacia el Gólgota no los seguí. Había visto otras crucifixiones, pero había algo en Jesús que me había impresionado de una forma distinta. Yo había pensado que no podía hablar así cuando lo escuché en el Templo, pero al ver ahora que iba a la muerte, sus palabras me parecieron verdaderas. Nos volvimos a la casa.

Desde entonces muchas cosas han cambiado. José se reveló como un seguidor de Jesús. Incluso fue él quien pidió el cuerpo para darle sepultura. Ya no lo admiten en el Sanedrín. Aunque hay otros escribas que también están acercándose a nosotros. El Pedro miedoso que vi esa noche dramática ahora se ha vuelto un poderoso predicador, incluso ha realizado algunas curaciones que han molestado al Concilio. Ya lo han encarcelado más de una vez. Y a un joven griego que nos ayudaba, Esteban, lo apedrearon hasta matarlo. Pero nosotras tenemos confianza, sabemos que Jesús resucitó y nos acompaña.

A mí me recibieron muy bien. Estoy junto con otras viudas, colaborando con los apóstoles en la tarea de hacer y repartir comida. Aquí no nos piden ofrendas a los más pobres, aunque todo el que tiene algo, voluntariamente lo trae y comparte. Viviendo en esta comunidad entendí de otra manera las palabras de Jesús cuando me vio depositar la ofrenda en el Templo. Una vez, conversando con uno de los discípulos de Jesús le conté que yo era esa viuda que había puesto las últimas monedas en la caja de las ofrendas del Templo. Me explicó que Jesús, como algunos profetas antiguos, decía que había que tener misericordia, y no pedir sacrificios. Que no es que se hubiera enojado conmigo, sino que había visto en mí una víctima de la arrogancia y avaricia de los que manejaban el Templo. De cómo habían jugado con la Ley de Dios para ponerla al servicio de su propia conveniencia. Que las viudas de Israel debían recibir su sustento de las ofrendas y diezmos, y no ponerlas para mantener un culto que ya no agradaba a Dios.

Poco a poco voy entendiendo. Claro, tengo que cambiar, ahora de vieja, una manera de pensar en la que fui formada desde chica, y que tanto mal me hizo… El Templo con sus diferencias, con sus patios excluyentes… me había acostumbrado a ello, a que eso era lo correcto. A ver cómo el dinero era arrancado a los pobres para adornar las casas donde viven unos pocos ricos. “Vendan lo que tienen y denlo a los pobres”, había dicho Jesús más de una vez… (Lc 12,33; 18,22). Aquí estamos tratando de que esto se pueda hacer realidad. Poco a poco me voy poniendo del otro lado, del lado que los mismos agentes del Templo me pusieron, entre los pobres. Aquí se ve la ofrenda como lo que se comparte para dar vida, y no como que uno tiene que poner lo que lo sustenta para “pagarle” la vida a Dios. Una y otra vez los que estuvieron con Jesús señalan que él hablaba de compasión y no de sacrificios. Voy entendiendo que lo que pasó en la cruz ese día que acabo de contarles no fue un sacrificio, fue la consecuencia de una vida vivida en amor, el resultado de una gran misericordia.

Menahem, 17 años, campesino de Corazín. A los pocos días de la Crucifixión.

Reconstrucción del personaje.

En ese caso ponemos en boca de un inexistente (o quizás sí) Menahem la visión que podría tener un joven campesino de Galilea. El nombre de Dimas ha sido provisto por la tradición sobre “el buen ladrón” crucificado con Jesús. Mi paráfrasis de esos diálogos, así como de la intervención de los soldados romanos, muestran una interpretación diferente de esa tradición. Procuramos reflejar en estos personajes las tensiones que se vivían en el área rural del Norte, bajo la administración de Herodes y el dominio romano. La confiscación de campos y su transformación en latifundios al modo romano, con explotación esclavista, se realizaba a través de mecanismos “legales”, por lo cual muchos campesinos pobres perdieron sus pequeñas parcelas familiares, y otros las mantenían precariamente frente a la triple exacción impositiva (los impuestos romanos, los tributos exigidos por Herodes y las ofrendas y diezmos del Templo). Siguiendo estudios recientes no apelamos a la denominación de celotes para los bandidos rurales, porque entendemos que en época de Jesús no se había conformado aún un partido de tales características, como se dará posteriormente en el 66. Se trataba mas bien de grupos inarticulados, constituidos por aquellos campesinos expulsados en los medios rurales, que se dedicaban al pillaje, como lo refleja en el texto lucano la parábola llamada “del Buen Samaritano”. Eran los emergentes de los conflictos sociales, que tenían un grado de violencia inorgánica pero definida y creciente.

Ubicar este personaje en Corazín ha sido inspirado por el lamento sobre Corazín en Lc 10,23. Ello refleja una situación que se dio unos años después, donde aldeas que en algún momento recibieron la visita de Jesús y aún su impacto, luego rechazaron al naciente movimiento cristiano. Si bien cierta interpretación posterior tiende a pensar que ese rechazo a los seguidores de Jesús se debe al apego a las normas fariseas (o su continuidad en el judaísmo formativo), mi lectura de lo mismo es que estas aldeas se plegaron al movimiento de los celotes. Luego, en la guerra, fueron destruidas, como ocurrió con muchas aldeas del norte de Galilea. El discurso apocalíptico de Jesús, que Menahem y Dimas no escuchan –ver después el testimonio de Barsabás– señalaría que los cristianos no deben asumir esa guerra. He intentado reflejar esa discusión en las dudas de Menahem y de Dimas. También se muestran las referencias de Jesús al quiebre de la unidad familiar por su causa (Lc 12,53).

Es imposible conocer, menos aún reproducir en castellano, el modo de hablar de lo que podía ser un joven campesino de Galilea. Ocasionalmente he incluido algunas expresiones que pretenden marcar el tono posible de este discurso, y de paso señalar algunas de las costumbres y sentimientos pensables dentro de ese mundo vital. El testimonio abierto quiere mostrar que no todos los sectores admitían el discurso de Jesús, como lo deja entrever el propio testimonio lucano (p. ej. en la llamada “parábola del sembrador”, 8,1-15, esp. vv. 12-14). Sus enseñanzas provocaban conflicto con los fariseos (minoritarios en el Norte de Galilea), pero también separaciones en el seno de los mismos sectores campesinos pobres (Lc 12,49-53).

La entrevista. Habla Menahem:

 

Yo estuve cuando crucificaron a Jesús. En realidad, no estuve por Jesús. Es que junto a él crucificaron a mi amigo Dimas. El padre de Dimas tenía un pequeño campo al lado del nuestro, allá en Corazín, en Galilea. Por eso crecimos juntos, en la misma aldea. Él es dos años mayor que yo. Cuando el padre se enfermó, unos tres años atrás, comenzaron a endeudarse. Finalmente murió en el invierno, hace poco más de un año. El jefe de publicanos de la zona se quedó con su campo por la deuda. Los hermanos de Dimas habían muerto siendo niños, y la madre también había muerto en el último parto. Eso pasa mucho en el campo. El cerdo traidor que se quedó con su campo se llevó a la única hermana que había sobrevivido, como sirvienta para su casa. Dimas se quedó solo.

Solo, sin su tierra, ¿qué iba a hacer? Se fue a las grutas para juntarse con otros que también habían perdido sus campos. Había familias enteras allí. Yo casi me voy con ellos, pero mi madre lloraba que no fuera, que no dejara a la familia, que tenía que seguir ayudando en casa. Nosotros, por suerte, pudimos mantener nuestro terreno, y por ahora lo que sacamos nos alcanza para sobrevivir. Apenas, uno siempre se acuesta con hambre. Entre los impuestos de esos perros romanos y los tributos de Herodes, mas los diezmos que los sacerdotes se llevan para el Templo, mas lo que hay que guardar como semilla, es poco lo que queda para comer o para el trueque y conseguir algo en el mercado. Pero al menos todavía tenemos la casa y el campo.

Nosotros sabíamos quién era Jesús. Él había pasado por nuestra aldea poco antes que Dimas se fuera. Por desgracia su padre ya había muerto, porque en esos días que él estuvo fueron curados muchos enfermos (Lc 10,13). Incluso estuvo en la reunión del sábado y enseñaba con las palabras de los profetas. En realidad Jesús tenía muchos seguidores en Galilea. La gente de las aldeas lo quería mucho, las multitudes lo seguían de una aldea a otra, le traían los enfermos para que los sanara, lo escuchaban cuando decía sus parábolas. Se decía que hacía muchos milagros, se hacían toda clase de comentarios. Cuentan, yo no lo vi, que varias veces les dio de comer a sus seguidores. En algunas aldeas lo tenían por un santo de Dios. Muchos pensaban que era Elías que había vuelto. Al principio, en nuestra aldea hubo varios que se entusiasmaron con sus enseñanzas.

Pero no todos pensaban igual. Algunos preferían una persona más severa, como Juan. Decían que Jesús se mezclaba mucho con cualquiera. Hoy estaba en la aldea con los más pobres, y mañana comía en casa de un escriba. Juan nunca hubiera hecho eso, los condenaba con palabras fuertes. Se quedaba en el desierto y les llamaba víboras. Juan se mostraba como uno de los justos, no toleraba ninguna falta. Por eso lo metieron preso y lo mataron. Otros decían que por el camino que había elegido Jesús no se llega lejos, que él esperaba demasiado en que Dios actuara. Nos decían que había que prepararse para una guerra, que había que conseguirse espadas, que pronto vendrá un Mesías que nos llevará a la victoria. Bueno, Ud. sabe, estamos hartos de esos sacerdotes corruptos, esos impostores, y más hartos todavía de los perros invasores. Algunos pensaban que Jesús haría eso, se levantaría como un Mesías para devolver el Reino a Israel. Pero a mí no me parecía estar pensando en armar ningún ejército. Si no, Dimas lo hubiera seguido, de seguro. Y yo probablemente también, aunque mi madre no quisiera.

Había otros que lo criticaban porque no guardaba las normas de pureza. Eso especialmente los que quieren quedar bien con los escribas de la ciudad. Pero esos tampoco sirven. Son unos falsos, no saben lo que es la vida de los pobres. Hablan de leyes que nadie puede cumplir. En eso Jesús era diferente, el conocía las cosas desde abajo, se había criado como nosotros.

En Corazín tuvo pocos seguidores. Mi madre fue una de ellas. Pero Dimas no, tenía el corazón ya muy duro, estaba muy golpeado. Él ya había elegido su camino. No voy a decir que no escuchábamos a Jesús. Lo veíamos sincero, tenía autoridad. Pero no podíamos aceptar eso de “a cualquiera que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva” (Lc 6,39). Era demasiado para Dimas, que acababan de robarle su campo, su herencia, su única hermana. “Mi ley va a ser la venganza –me había dicho. Si tengo que robar para recuperar mi campo, robaré como ellos me robaron, y si tengo que matar, los mataré. Y si muero, en mi ley moriré”. Que triste profecía sobre sí mismo, la de mi amigo Dimas. Dimas y sus compañeros pronto se unieron con otros desalojados como ellos y formaron una banda. Se fueron al sur, a Judea, cerca de Jericó. Yo ya no lo vi más hasta ahora.

Yo vine a Jerusalén poco antes de la Pascua. Vine con otra gente del pueblo, para traer mi ofrenda, pues dentro de poco me caso y tuve que pagar los ritos de purificación. Siempre trato de venir para la Pascua, es una gran fiesta. Antes venía toda la familia, pero ahora ya no podemos. Mi padre está viejo y no puede hacer el esfuerzo y mis hermanos se quedaron trabajando, es tiempo de sembrar. Cuando llegué al Templo vi que estaba Jesús, enseñando. Noté que sus palabras habían cambiado de cuando estaba allá en Galilea. Ahora su discurso era más severo. Acá los bandos estaban más definidos. La gente del pueblo, la multitud de los peregrinos lo escuchaban. Pero los de Jerusalén, especialmente los fariseos, desconfiaban y trataban de confundirlo con preguntas para poder desprestigiarlo, ponerlo en ridículo. No hay peor cosa para un profeta que quedarse sin respuesta. Pero una y otra vez él les daba vuelta las preguntas y los que quedaban sin responder eran ellos. El pueblo disfrutaba de esto, y las autoridades se sentían cada más enojadas. Pero no le podían hacer nada por temor a que la multitud se les rebelara.

Un día lo vi a Dimas. Lo tenían preso y todos los mediodías lo sacaban a él y a otro que yo no conocía para darles con el látigo y que todos lo vean. Me enteré lo que pasó. Con su banda les caían a comerciantes solos, a algún funcionario que tuviera una escolta pequeña, a las caravanas que transportaban aceite, y cosas como esas. Un día una avanzada romana les tendió una trampa. Los sorprendieron cuando salían al descubierto y les cayeron encima. Mataron a casi todos, pero a Dimas y al otro los tomaron vivos y los trajeron a Jerusalén para matarlos acá. Y todos los días los azotaban, los muy perros. Como sabían que en esta fecha vienen muchos peregrinos de Galilea, querían ejecutarlos en público para que sirviera de escarmiento, para asustar a la gente. Allí fue que lo vi y lo reconocí. No me atreví a acercarme. Él se dio cuenta y miró para otro lado. Es un buen amigo, no quiso comprometerme. Pero yo me sentí mal. Uno de esos malditos usureros de Jerusalén me dijo que eso le pasaba porque se habían dedicado a robar en el camino. Me lo comentó mirándome mal, me lo dijo como una advertencia. Los tuvieron presos como 15 días, esperando que llegara Pilato. Malditos perros, ya no se soportan más.

Así que esta Pascua fue muy poco alegre para mí. Había llegado para festejar y contento porque me voy a casar y ahora veía a mi amigo de infancia preso y azotado. El día de Pascua, cuando entré a la ciudad para ir al Templo para las últimas ceremonias antes de volver a Corazín, mi tristeza se completó. Vi que lo llevaban a Dimas y a otros cargando cruces para matarlos. Y mi sorpresa fue más grande todavía cuando vi que uno de los otros era Jesús. Yo sabía que eso podía pasar con Dimas y con su compañero. Pero hasta ayer a la noche, poco antes de la puesta del sol, había visto a Jesús enseñando en el Templo. Lo había visto retirarse para celebrar la Pascua con su grupo de seguidores. Incluso a la noche, donde acampábamos cerca del Monte de los Olivos, me pareció ver a algunos de su grupo. No supe qué pasó. ¿Cómo era que ahora lo llevaban a crucificar? Había mucha gente de los peregrinos gritando, las mujeres lloraban. Toda la ciudad parecía al revés ¿Esto era la fiesta, para esto habíamos venido a la ciudad?

Muchos fuimos hasta el lugar de la crucifixión. Algunos por curiosos, otros porque les importaba más qué pasaba con Jesús que la fiesta del Templo. Yo, por estar con Dimas, aunque sea de lejos. ¡Qué dolor ver clavar a mi amigo sobre esos maderos! Mi pecho hervía de enojo, de impotencia. Me acerqué lo más que pude. Un soldado me frenó empujándome con el palo de la lanza. Me detuve. Escuché como los gobernantes insultaban a Jesús… “Ya que eres un salvador, sálvate a ti mismo”, le gritaban. “¿Dónde está ahora el Santo de Dios?, se burlaban. Las cosas que el pueblo le había dicho con admiración unos días atrás, ahora ellos se las repetían como burla. Era la venganza por haberlos expuesto y ridiculizado ante el pueblo. Eso no se lo iban a perdonar nunca. Los soldados romanos se reían: “Vamos, ahora, este es el Rey de los Judíos”… Esos perros se burlaban de todos nosotros. Mi odio crecía dentro de mí. En algún momento no voy a aguantar más, este pueblo no va a aguantar más y todos tomaremos el camino de Dimas… Dimas me vio nuevamente. Movió la cabeza, me hizo un gesto como diciéndome “Gracias por acompañarme”. Leí la última resignación en sus ojos.

El compañero de Dimas dijo algo, no alcancé a escuchar. Algo como que los salvara a ellos… parecía decirle a Jesús: “Mira para que te sirvió tu enseñanza del amor al enemigo, ahí los tienes, qué vas a hacer con ellos…”. De repente lo escuché a Dimas. En medio de los gritos lo escuché clarito, aunque su voz estaba debilitada. “Pero, ¿estás con ellos? …no te das cuenta que ese es el juego de los poderosos que nos esclavizan…”, le dijo a su compañero. Y continuó, como hablándose a sí mismo, o quizás a mí: “Ahhh, si yo le hubiera escuchado mejor un tiempo atrás… tendría que haberlo oído cuando hablaba de lo que es el verdadero temor de Dios. Ahora estamos muriendo en nuestra ley, como yo había dicho. Quisimos pelear, peleamos y perdimos. Ahora pagamos el precio. Pero él, ¿por qué?… si es verdaderamente un Justo. Esto muestra la verdadera injusticia que padecemos”. De repente un último destello de esperanza volvió a brillar en sus ojos, y le dijo a Jesús: “Ahora veo porque decías que el único Reino justo es el Reino de Dios. Jesús, recíbeme contigo cuando vengas en ese reino”.

Seguramente Dimas recordó esas historias que contaban los abuelos cuando se reunían en la plaza de la aldea, los sábados. Allí contaban de aquellos hermanos de la época de los macabeos que no habían negado a Dios ni bajo la peor tortura, cuando estábamos bajo los griegos. Se decía que iban a resucitar cuando Dios triunfara. Jesús seguramente también recordó esa historia, porque le contestó “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

A los pocos minutos el cielo pareció oscurecerse, aunque aún era temprano. Recordé el Salmo “aunque pase por oscuro valle de muerte. tú estarás conmigo”… Me quedé en silencio, con la cabeza baja. Dimas estaba muy débil, tantos días maltratado en la cárcel, azotado. Parecía haberse ya desmayado del dolor. Tenía la cabeza caída a un costado, la boca abierta, aunque se notaba todavía el movimiento de respiración entrecortada… estaba muriendo. Jesús también, aunque a él no lo habían maltratado durante tanto tiempo. Las voces de insulto se habían acallado un poco. Inesperadamente se oyó un grito tremendo, profundo, de los que llegan hasta el fondo de los huesos. Era Jesús… “Padre…” clamó. Levanté la vista. Pasaron unos segundos terribles… y luego agregó “…en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y murió.

El soldado que estaba al lado, el mismo que me había empujado con la lanza, miró. “Este era uno de los que ustedes llaman ‘un justo’”, me dijo, como si yo tuviera algo que ver. Como si él tuviera el derecho a repetir lo que había dicho Dimas. No los aguanto a esos perros. Debe haber visto mi cara de odio por que me hizo señas como para que retrocediera. La mayoría de la gente comenzó a irse, cabizbajos, entristecidos, abrumados. Algunos se golpeaban el pecho, como desesperados, decepcionados. ¡Vaya Pascua!, pensé. Vi que Dimas todavía se sacudía con temblores, pero ya estaba acabado, los ojos en blanco. “Quiera Dios que sea cierto, que hoy estará en el paraíso –me dije, solo así será posible la justicia de Dios”. “Adiós, amigo”, susurré entre dientes. Y yo también me fui. Ya no podía soportarlo más. Al irme me crucé con los amigos de Jesús, que miraban de lejos. Había varias mujeres de Galilea que le habían seguido hasta aquí. Pensé que si mi madre hubiera podido venir sería una de ellas. ¡Qué triste se va a poner cuando le cuente!

Eso es lo que yo vi. Más no sé. Quizás si se encuentra con alguno de sus seguidores le pueda agregar algo. Yo, como le dije, en realidad vine por Dimas… ¡Algún día voy a vengar su muerte! Esos malditos perros… esos cerdos traidores… esos sacerdotes usureros, todo la misma bosta… Aunque… qué le voy a decir… no sé que pensar, qué me quiso decir Dimas desde la cruz… Esas últimas palabras que tuvo con Jesús… me siguen sonando en la cabeza… no sé que pensar… por ahora me vuelvo a Corazín… veré si puedo cambiar de ánimo en el camino, me espera mi novia, hay que arreglar la boda… ya veremos…

Barsabás, 35 años, pescador de Magdala, varios años después.

Reconstrucción del personaje

 

Habiendo explorado el mundo de los habitantes de Jerusalén con Ana, y el de un joven campesino galileo con Menahem, me parece necesario ampliar estos testimonios con alguien del propio grupo de Jesús. El nombre nos lo provee el relato de Hechos, que nos da la flexibilidad de reconocer en este José a un seguidor de Jesús desde la primera hora, aunque no integre el grupo de los Doce. (Hch 1,23) Algunos exégetas sospechan que este sería el mismo José “Bernabé” (Hch 4,36), que Lucas, al trabajar con fuentes de segunda mano y poco conocedor de la primera comunidad, ha confundido. Pero lo que relata el mismo libro de Hechos sobre Bernabé no nos invita a creer que podría ser del grupo original de Jesús en Galilea.

El sobrenombre “Justo” daría a entender que se podría tratar de alguien que provenía de los grupos de la piedad profética a los que ya hemos hecho alusión en la “entrevista” anterior. El hecho de que haya participado del bautismo de Juan (Hch 1,22, el texto es confuso en cuanto a lo que esto pueda significar y cómo ha de traducirse) nos permitirá vincularlo con los antecedentes del bautizador. Por eso depositamos en este personaje una serie de características que lo ubican cercano a los grupos de la piedad popular del Israel del tiempo de Jesús, con contornos apocalípticos y resonancias mesiánicas. Cleofas hubiera sido otro buen candidato para esta entrevista.

Por estas características lo tomamos como un habitante de las orillas del lago de Galilea. En él depositaremos una visión más cercana a la dinámica interna del movimiento de Jesús, y los sucesos que relata Lucas con una mirada “desde adentro”. Para este personaje usamos también más abundantemente la segunda obra lucana, Hechos, pues nos permite ver como el autor explicaba los sucesos de la cruz desde la comunidad de Jerusalén. También nos puede servir de vehículo para señalar las propias incompresiones de la misión de Jesús en el grupo apostólico, según quedan reveladas en las intervenciones lucanas del Resucitado. Trataré de evitar, aunque no creo que lo consiga, de incurrir en demasiados “teologismos” en la exposición de este personaje.

La entrevista. Habla Barsabás:

 

En realidad mi nombre es José. Barsabás es por referencia a mi padre, Sabás, el árabe, y me llaman así para distinguirme de otros José del grupo, por ejemplo, de Bernabé. Mi hermano Judas también es de este camino; él es uno de los que llevó la carta a Antioquía cuando hubo que resolver las cosas relativas a los creyentes gentiles (Hch 15,22). Como he tratado de seguir en mi vida las enseñanzas de los profetas me llaman “Justo”, pero no soy el único que viene de ese grupo. En algún momento casi me incluyen entre el grupo de los doce, pero la suerte le tocó a Matías. No me ofendí. Con Jesús aprendí que el único honor que uno tiene es el de servir. Jesús nos trataba a todos por igual. Yo también soy apóstol, pues yo estuve entre aquellos que mandó de a dos a todas las ciudades y aldeas de los alrededores (Lc 10,1).

Yo vengo de una familia de pescadores también. Como Pedro o varios de los otros, aunque no de Capernaún sino de Magdala. Sí, de donde viene también María. Yo estoy con Jesús desde el comienzo, desde que se encontró con Juan. Nosotros siempre íbamos a escucharlo a Juan, le habíamos pedido que nos bautizara. En algún momento pensamos que Juan podía ser el Mesías esperado. Bueno, esa es una larga historia, y si se la cuento toda no alcanza el tiempo. Le diré lo que pasó cuando crucificaron a Jesús.

Habíamos llegado a Jerusalén unos días antes de la fiesta, junto con otros muchos peregrinos. Fue el final de una larga jornada cargada de distintos momentos, enseñanzas, entrevistas de Jesús, manifestaciones de su poder para sanar y expulsar demonios. Muchos de los peregrinos reconocieron a Jesús y comenzaron a aclamarlo (Lc 19.28-44). Él mismo no fue ajeno a esa expresión del pueblo, ya que había preparado todo para entrar de una forma especial, montado en un borrico. Estaba emocionado. Se conmovió hasta las lágrimas al ver la ciudad de Jerusalén, y al mismo tiempo predijo su ruina. Luego fue derecho al Templo para echar a los mercaderes. Allí se puso a enseñar, y así lo hizo todos los días siguientes.

Cuando los funcionarios del Templo quisieron cuestionarlo, les contestó justamente apelando a Juan (Lc 20,1-8). Ellos no lo querían a Juan tampoco, aunque el pueblo sí. Jesús usó la memoria de Juan para mostrar una vez más por donde corría la línea de separación, quién representaba al verdadero pueblo de Dios, si los que hoy nos gobiernan, o el pueblo sencillo que lo reconoce. Es que Juan ya había anunciado lo que podía ocurrir, y Jesús fue aún más lejos. Pero ellos son sordos, no escuchan al pueblo, solo tratan de mantener su poder negociando con los romanos. Por eso Jesús nunca pretendió el poder de ellos, sino otro poder, el que viene de Dios y el pueblo puede reconocer.

Eso lo aprendimos durante la última cena. Algunos piensan que solo estuvieron los doce, pero Jesús nos llamaba discípulos a muchos de sus seguidores. En un momento, después de esa expresión solemne y misteriosa que hizo, y que nosotros hoy repetimos, sobre su entrega, con su pan y copa, dijo que entre nosotros había un traidor. Se generó una discusión. Por un lado, quién sería el traidor, y por el otro, quién sería el más grande (Lc 22,24-27). Parecía que al saber que se acercaba el momento más difícil, comenzaran a disputar los lugares y jerarquías. No para acompañar a Jesús en la lucha, sino para figurar y adquirir prestigio. ¡Qué difícil nos resultaría entender lo que verdaderamente estaba pasando!

Allí aprovechó Jesús para enseñarnos sobre el sentido del poder: “Los reyes se hacen dueños de las cosas y los funcionarios que actúan con poder gustan que además los llamen benefactores. Pero entre Uds., el mayor que actúe como el más joven, y el que gobierna como el que sirve”. Con un solo dicho abolió las jerarquías de edad y las dignidades de poder. A la vez que mostró irónicamente las prácticas de poder de los gobernantes, nos dio un nuevo sentido sobre lo que significa poder como relación de amor, como anulación de las diferencias. No se trata de imponerse a otros sino disponerse en igualdad a servir a los demás. Qué difícil resulta esto. Entre nosotros mismos, unos pocos años después de estas cosas, ya van apareciendo nuevamente jerarquías y diferencias, buscadores de prestigio y títulos. La misma palabra de “servidor” (diakonos) se ha vuelto una expresión de diferencia. Es que el sentido de orgullo y la búsqueda de prestigio parece gobernar todas nuestras relaciones, mientras que Jesús decía que solo la igualdad y el amor establece esa otra relación que llamamos “Reino de Dios”.

Si nosotros no podíamos entenderlo, sí lo entendieron las autoridades del Templo y los fariseos. Porque a través de sus parábolas, las respuestas que les dio ante sus preguntas tramposas y con algunas frases directas, les mostró que él no aceptaba el poder de ellos y que Dios mismo los rechazaba. Dios esperaba que ellos compartieran el fruto de su viña, pero ellos quisieron guardarlo para sí (Lc 20,9-19). Y por eso Dios destruiría todo lo que ellos representaban. Esta parte de su mensaje atraía a mucha gente, pues son muchos los que están cansados de los abusos de los sacerdotes, especialmente nuestros vecinos de Galilea. Los fariseos y los sacerdotes le mandaban espías para poder acusarlo ante los romanos y condenarlo (20,20).

Muchos, incluso nosotros, pensamos que finalmente Jesús se pondría a la cabeza como ungido de Dios para recuperar el Reino de Israel (Lc 24,21; Hch 1,6). Ya lo había dicho Juan: “el hacha está puesta a la raíz de los árboles”. Todo debe ocurrir pronto. Los dirigentes y los sacerdotes quisieron evitar que ello ocurriera. Sería su principal motivo de burla cuando lo crucificaron. Pero Jesús, como les decía, tenía otra forma de ver las cosas, las miraba bajo otra luz. Por eso, cuando habló de la destrucción del Templo, que nosotros pensamos que sería su momento de triunfo, cuando Dios mismo se presentaría como lo hizo ante Moisés o Elías, en lugar de manifestaciones de poder nos previno de engaños y persecuciones. El testimonio de Jesús había que darlo en medio de persecución, en medio de traiciones, y aun a costa de la propia vida (Lc 21,7-19). Eso es lo que estamos viviendo ahora. Y cuando se unieran tropas para rodear a Jerusalén y destruirla, no serían las nuestras, porque nos advirtió que no nos acerquemos a ella, que vayamos a los montes (Lc 21,20-24). Por eso, ahora que va creciendo la violencia y que muchos hablan de rebelarse contra los sacerdotes o contra el romanos, nosotros no nos comprometemos con esas consignas. Recordamos que Jesús nos enseñó que el Reino es otra cosa, otra manera de entender nuestras relaciones con los demás, algo que ya vive entre nosotros, porque él vive entre nosotros, como acostumbra a decir Pablo. Dios traerá su gloria de una forma impensada, nos advirtieron los ángeles cuando Jesús ascendió.

Pero eso lo entendimos después. Jesús no explicaba estas cosas, decía que son cosas que se hacen, no que se explican. Cuando mucho, lo decía por sus parábolas. Por eso la gran enseñanza fue la misma cruz. Él podría haber dicho todas estas cosas y nadie las recordaría si no fuera porque las vivió él mismo hasta lo último, y porque Dios le levantó de los muertos. por eso ahora Reina en los cielos (Hch 2,32-36), y nosotros esperamos pronto la manifestación final de esa gloria. Así lo vio nuestro hermano Esteban antes de que lo mataran (Hch 7,55-56). No nos preparamos para una batalla porque sabemos que él ya la dio y venció. Ahora nos toca anunciar esta presencia y esperar que muestre toda su gloria. Pero también como él lo hizo, no solo con palabras sino con hechos, viviendo como él nos enseñó, siguiendo este camino, expresando en nuestros cuerpos su justicia y amor.

En fin, volviendo a las cosas como ocurrieron, debemos reconocer con vergüenza que saben más la gente de afuera que nosotros mismos. Porque ninguno de nosotros lo acompañó cuando lo arrestaron. Después de aquella cena, habíamos salido de Jerusalén a nuestro campamento a pasar la noche, como siempre. Jesús nos pidió que nos mantuviéramos en oración; él mismo se retiró un poco para orar. Pero yo me quedé dormido. Me despertó una turba que venía, con Judas a la cabeza. Quisimos defenderlo. Uno sacó una espada y logró herir a uno de los ayudantes del Sumo Sacerdote. Ya nos disponíamos a pelear, cuando Jesús mismo nos dijo que no, y curó al que había sido herido. Les recriminó su cobardía, que salían de noche y armados. pero no opuso resistencia. Se lo llevaron. Nosotros no supimos como reaccionar. El único que lo siguió a la distancia fue Pedro, pero después se acobardó también a la hora de defenderlo.

Cuando finalmente nos atrevimos a acercarnos nuevamente a Jerusalén, ya lo estaban crucificando. Nos quedamos mirando a lo lejos. Ahora lo recuerdo y me avergüenzo. Aquella gente del pueblo que lo había seguido fue más fiel que nosotros mismos. Muchos se acercaban y lloraban, se golpeaban el pecho, por lo menos estaban allí. Permanecían en silencio mientras los funcionarios lo insultaban o los soldados se burlaban y repartían sus ropas . Nosotros mirábamos de lejos (Lc 23,49). Algunos dicen que en la Cruz hizo una oración pidiendo al Padre que perdonara a los magistrados que lo crucificaban porque no sabían lo que hacían, pero no sé si es cierto . En todo caso, si Jesús hubiera querido perdonarlos, podría haberlo hecho, ya que perdonó los pecados de muchos. Pero, desde la cruz, no les pudo perdonar; en todo caso, será el Padre el que juzgará en el juicio final y podrá o no perdonar este pecado. Porque ellos no sabían lo que hacían, y tomar la vida de un justo, mandar a matar a Jesús por rencor y ambición sin saberlo, aumenta su pecado, no lo disminuye. Porque ellos se dicen que todo lo saben, que son los sabios en las Escrituras. Su orgullo aumenta su condena, no la achica.

Fue un escriba, mi tocayo José de Arimatea, el que mostró mayor coraje, porque fue el que pidió el cuerpo para sepultarlo. Nosotros no sabíamos que él ya seguía a Jesús desde antes. Él y su familia son ahora parte del camino. Un camino que estamos aprendiendo a caminar de a poco. Jesús nos enseñó a leer las Escrituras de otra manera. A descubrirnos a nosotros mismos en ellas, descubriéndolo a él.

Nuestra vecina María fue la primera en ver su sepulcro vacío. Después fuimos muchos en ver a Jesús resucitado. Tras su Resurrección nos quedamos en Jerusalén y él fue enseñándonos acerca del Reino de Dios, de una manera muy distinta de cómo pensábamos antes. El Reino es un camino a seguir, una forma de vivir. Jesús desapareció de nuestra vista una mañana, pero sabemos que aunque no lo vimos más, volveremos a verlo un día. Ahora tenemos la experiencia del Espíritu que nos anima a seguir dando testimonio.

Después de un tiempo nos volvimos a Magdala. Estamos recorriendo las aldeas, como él nos mandó, y nos encontramos con muchos que guardan la memoria de Jesús, recuerdan sus enseñanzas, nos cuentan de las curaciones y bienes que fue haciendo en cada lugar. Otros han ido a Samaria, y ya también hay muchos gentiles que han aceptado a Jesús, por causa de Pablo. Esto trajo ciertas tensiones, es cierto, pero parece que ya vamos a resolverlo. Como le dije, mi hermano Judas estuvo en la reunión donde trataron estas cosas. Las gentes humildes de todos lados van aceptando a Jesús, confían en él, quieren caminar el camino del Reino. Como aquellos peregrinos que siguieron a Jesús a la cruz mientras nosotros nos manteníamos a distancia, nuevamente los más sencillos son los que Dios eligió para avergonzar a los fuertes, como dice Pablo.

Por supuesto, tendría mucho más que contar. No me canso de hablar de Jesús. Espero que cuando escriba estas cosas haya muchos más que puedan seguir este camino.

Néstor O. Míguez
Buenos Aires
Pascua de 2002
ISEDET
Argentina

 

Bibliografía

Raymond E. Brown: The Death of the Messiah, 2 Vol., Doubleday, New York, 1994
Richard J. Cassidy y Philip J. Scharper (ed.) Polititcal Issues in Luke-Acts. Orbis Books, maryknoll, New York, 1983. Esp.:
Richard J. Cassidy: “Luke’s Audience, the Chief Priests and the motive for Jesus’ Death”, pp. 146-167.
E. Jane Via: “According to Luke, Who puts Jesus to Death?”, pp. 122-145.
John D. Crossan: Who Killed Jesus? Harper, San Francisco, 1995.
Robert C. Tannehill: The Narrative Unity of Luke-Actas. A literary interpretation. Volume 1: the Gospel according to Luke. Fortress Press, Philadelphia, 1986.
G. Theissen, La sombra del Galileo. Sígueme, Salamanca, 1997.
G. Theissen y Annette Merz: El Jesús Histórico. Manual. Sígueme, Salamanca, 1999.


No entramos aquí en el debate acerca de la influencia del relato marcano en la redacción de Lucas, la incidencia de la fuente de las logia (Q)o las fuentes independientes de Lucas. Se encontrará un detallado resumen de ello en la obra de R. Brown: The Death of the Messiah, Vol. 1, Doubleday, New York, 1994, pp. 64-75. Asumimos el hecho de que Lc usa Mc y Q, lo hace con cierta independencia de criterio, y que además cuenta con otros relatos y tradiciones (orales u escritos) que le ayudan a matizar sus fuentes.

Notar que en Lucas, a diferencia de los otros sinópticos, el pueblo no participa de los agravios al crucificado. En Juan el tema de los insultos al crucificado está totalmente ausente.

El sentido dudoso de esta frase proviene del hecho de que los mejores manuscritos no la incluyen. A pesar de la importancia teológica que tomó después en ciertas teologías, su ausencia en los textos más antiguos supone la existencia de tradiciones mayoritarias que no incluyen la primera parte de 23,34.

 

 

 
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