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Reseña

Jacir de Freitas Faria. O outro Pedro e a outra Madalena segundo os apócrifos. Uma leitura de gênero. Petrópolis, Vozes, 2004. 190 páginas.

Tenemos que agradecerle a Jacir de Freitas Faria su persistencia en presentar a sus colegas y sus lectores lo que él llama “las preciosidades” de la literatura apócrifa del Nuevo Testamento. En este pequeño libro el fraile franciscano Jacir hace una pesquisa bastante amplia de escritos casi desconocidos para ampliar nuestra visión de dos de los protagonistas entre l@s amig@s de Jesús, Pedro y María de Magdala.

El libro está dividido en dos partes, una más amplia sobre Pedro (págs 11-120) y una segunda consagrada a María Magdalena (págs. 121-153). Tiene además tres anexos valiosos con una traducción portuguesa del Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Pedro y el Apocalipsis de Pedro. Son obras poco conocidas, todas ellas de la zona donde se retiraban los primeros monjes ascetas en el alto Egipto. El Evangelio de María y el Apocalipsis de Pedro se toman de una traducción copta del original griego encontrados entre los manuscritos de Nag Hammadi escritos a mediados del siglo cuatro de la era común. Esta colección de textos en su mayoría gnósticos fue encontrada enterrada en una cueva en ese lugar en 1945 y se conserva en un museo de El Cairo. El Evangelio de Pedro se conoce desde mediados del siglo XIX cuando fue encontrado en Akhmim o Chenoboskion y se preserva en Berlín desde entonces. Se conoce en el original griego, aunque sólo fragmentariamente.

Casi todas las obras utilizadas por el autor están entre la colección de Nag Hammadi. Las excepciones son el mencionado Evangelio de Pedro, los Hechos de Pedro, y Evangelio de Bartolomé. La lectora se percatará de que los textos de Nag Hammadi documentos poco conocidos y estudiados hasta ahora, cuya publicación no cumple aún los treinta años y su asimilación por los estudiosos es incompleta. De modo que hay que agradecer a Jacir Faria comenzar entre nosotros su uso, diría más precisamente su uso pastoral.

Este libro tiene un perfil netamente pastoral. Pretende tomar de estos libros, que Jacir piensa preservar tradición popular cristiana, elementos para completar nuestra imagen de Pedro y de la María de Magdala. Sobre Pedro encontramos elementos de su personalidad, en particular distintas concepciones sobre su postura frente a las mujeres, e informes sobre su ministerio en Jerusalén y Roma, y muy especialmente sobre su muerte de mártir en la capital del imperio. Sobre María Jacir insiste que la tradición de que fue una ramera arrepentida no tiene base ni en los escritos canónicos ni en la tradición popular de “los apócrifos”. El Evangelio de María Magdalena nos presenta una mujer que recibe revelaciones porque Jesús la amó más que a los demás, y que insiste frente a Pedro en su autoridad para enseñar.

Este lector encontró especial valor en dos discusiones en este libro, el descenso a los infiernos de Nuestro Señor entre su muerte y su resurrección y la discusión del amor de Jesús por María Magdalena. El primero se vincula con Pedro por su presencia en la Epístola Primera canónica 3:18-22. Este texto se amplía muchísimo en el texto conocido como el Evangelio de Bartolomé que incluye un texto conocido justamente como el Descenso a los Infiernos. Este texto se preserva en una traducción latina del siglo IV y su contenido interesantísimo es discutido con gran sensibilidad pastoral por Fray Jacir. Pretende ampliar nuestra fe en torno a la confesión contenida en el Credo Apostólico respecto a un tema poco trabajado pero de mucho interés para los creyentes.

El autor se pregunta sobre la naturaleza del amor de Jesús por María, sin negar que pudo incluir un amor carnal. Es un tema importante poco abordado por pensarse escabroso. Propiamente, como bien lo dice Faria, no hay por qué el amor carnal deba considerarse sucio o pecaminoso e indigno de Nuestro Salvador, aunque tampoco podamos afirmar que su amor por la María de Magdala incluyera una intimidad carnal. Esto podría abrir toda una discusión sobre la sexualidad del grupo de jóvenes que anduvo con Jesús, tema que no tiene el autor por qué abrir. Los “apócrifos” discutidos, provienen de una comunidad monástica del desierto egipcio donde comenzó el movimiento monástico cristiano, al menos el masculino, con los guías Antonio y Pacomio en el siglo IV. Su disciplina incluía total abstinencia sexual y una severa limitación en la comida. Pero, ¿es esto una continuación de la práctica de los discípulos de Jesús? No lo sabemos. El silencio de los evangelios respecto a la sexualidad de los discípulos es muy llamativa, y habría que preguntarse seriamente cómo interpretarlo. ...Pero nos estamos desviando del libro que discutimos.

Este libro está dirigido a laicos y especialmente laicas que buscan fortalecer su fe con un conocimiento mayor de las figuras de Pedro y María Magdalena. Los estudiosos se sentirán frustrados por la escasa discusión de temas como el origen de los textos y cómo llegaron a Egipto y por qué se enterraron en el desierto. Las comunidades monásticas de la región parecen haber desaparecido a finales del siglo IV sin que hayan muestras de violencia humana o natural (ataques, incendios o terremotos). ¿Qué significa esto? Faria no lo discute. La tradición ascética cristiana, que no tiene paralelo en el judaísmo rabínico de la época ni posterior, alcanzó una enorme influencia en la Iglesia. ¿Dónde y cuándo se origina? Son preguntas urgentes que el autor no discute porque no entran en su concepto del valor pastoral de estas obras.

Uno se pregunta si apócrifo es un término útil para toda esta literatura. Ni el Evangelio de María ni el Evangelio de Bartolomé tienen aspecto de evangelio, si medimos este género por los evangelios canónicos. Ambos con sus revelaciones tienen aspectos fuertes de apocalipsis, pero tampoco corresponden a este género. Si no son propiamente “evangelios” rechazados en el proceso de canonización, ¿debíamos llamarlo apócrifos? Fue la carta pastoral del obispo Atanasio de Alejandría en Egipto en el año 367 e.c. la que definió para su región los escritos apostólicos aceptables justamente en últimos años de la comunidad monástica de Nag Hammadi. ¿Tienen algo que ver las dos cosas? Como Faria no siente la necesidad de definir su término “apócrifo” no tiene que hacerse esta pregunta que a este lector parece fundamental.

Todo esto indica que Fray Jacir con sus investigaciones pastorales está levantando preguntas que serán importantes para creyentes comunes y para estudiosos por muchos años. Por ello debemos agradecer este servicio.

Jorge Pixley

 

 
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