Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas
Y adoraban los baales y las astartes
Sandro Gallazzi
Resumen
Cuando, después de las luchas, después de las victorias, aparecen las incoherencis, las ambiguedades y hasta las tradiciones; cuando los movimientos, después de alcanzar algunos de sus objetivos, se adormecen, se callan y hasta desparecen; cuando compañeros y compañeras, después de llegar a tener y a ejercer un espacio de poder, se apartan, se corrompen, buscan salidas personalistas, es importante buscar en los textos bíblicos, la memoria de las incoherencias, de las traciones, de las decpeciones presentes en la historia del pueblo e intentar entender los motivos que las provocaron. Puede ser que, con ello, podamos contribuir a fortalecer nuestra espiritualidad, nuestra mística, ayudándonos, a individuar y a prevenir posibles desvíos.
Abstract
When after the struggles and victories appear incoherences, ambiguities and also betrayals; when the popular movements after reaching some objectives get sleep, keep silence or disappear; when companions, men and women, after getting and reaching an space of power, get away, corrupt or try to reach personal aims, it is also important to look for in the biblical texts memories of incoherences, betrayals and deceptions which are present in the history of the people, trying to understand the motivations that brought about them. Maybe, doing this, we can contribute to strength our spirituality, our mystic, in order to help us to identify and to prevent possible deviations.
Después del exilio de Babilonia, los sacerdotes del segundo templo, al coleccionar y reorganizar, una vez más, las memorias de la época pre-monárquica, aprovecharon para inculcar su monoteísmo yavista.
Usando como clave de lectura de esta época antigua su óptica retribucionista, incluirán a lo largo de la colección, su reflexión más importante:
“Los hijos de Israel ofendieron a Yavé y andaban con los baales. Dejaron a Iahweh, el Dios de sus padres, que los sacara de Egipto, y sirvieron a otros dioses, de entre los pueblos a su alrededor. Se postraron delante de ellos y provocaron la ira de Iahweh y dejaron a Iahweh para servir a Baal y Astarte” (Jc 2,11-13).
En represalia, Dios los entregaba en las manos de los enemigos:
“La cólera de Iahweh se inflamó contra Israel, y él los dejó caer en poder de los asaltantes; nos expoliaron y los vendieron a los enemigos de las cercanías, a los cuales ya no podían oponer resistencia” (Jz 2,14).
Cuando el pueblo se arrepentía, volvían a llamar a Iahweh, que suscitaba un “juez” para liberar al pueblo:
“Siempre que Iahweh les hacía surgir jueces, Iahweh estaba con el juez y los liberaba de las manos de los enemigos, mientras viviese el juez; Iahweh se compadecía de sus gemidos frente a la tiranía de los opresores” (Jc 2,18).
Cerca del siglo V a.C., estas narrativas adquirieron las características de un yavismo exclusivo y excluyente, que legitimó el proyecto sacerdotal sadoquita y condenó radicalmente toda forma de religiosidad más sincrética e inclusiva.
Esta hermenéutica de la historia se repite, también, en Jc 3,12-15; 4,1-3; 6,1-10; 10,6-16; 13,1. Los sacerdotes, a través de la redacción final de estas memorias, quisieron pasar la idea de que todos los males sucedían cuando Israel abandonaba el monoteísmo para servir a los ídolos, y que todo se resolvía en el momento en que, arrepentido, Israel dejaba a los ídolos y volvió hacia Iahweh.
Pero ahí, Iahweh ya había sido puesto al servicio del palacio del sumo sacerdote y del almacén del templo de Jerusalén.
Evidentemente, en este breve ensayo, no pretendemos discutir el surgimiento del monoteísmo yavista sino profundizar en cuales fueron las otras razones que –más allá de las relecturas teológicas posteriores– llevaron al surgimiento de la monarquía en Israel.
1. Nunca hubo un Israel completamente unido
A pesar del imaginario teológico que el libro de Josué quiso construir, es imposible afirmar históricamente que el Israel venido del desierto conquistó toda la tierra de Canaán. Muchas ciudades-estado continuaron existiendo en aquella región. Toda la planicie de Canaán y parte de la Sefelá continuaron controladas por las ciudades, por sus “reyes” y soldados. El libro de los Jueces repite, en forma de refrán: los cananeos habitaban en medio de ellos (Jc 1,20-35). Al contrario de lo que dice el libro de Josué, el libro de los Jueces nunca nos habla de un Israel unido y orgánico. Las narraciones son relativas a una o a otra tribu, sin conexión con las demás. La separación entre Judá, Efraim y Galilea era evidente: las tribus nunca se unieron entre sí a no ser ocasionalmente y, en este caso, nunca fueron todas. Débora, por ejemplo, alaba la participación de las tribus de Efraín, Benjamín, Maquir, Zabulón, Issacar e Neftalí y censura la ausencia de las tribus de Rubén, Galaad, Dan, Aser. No se dice nada de las tribus del sur (Jc 5,14-17).
Gedeón reunió las tribus de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí; solo más tarde se reunirá, también, la tribu de Efraín (Jc 6,35; 7,24).
Son interesantes los reclamos hechos por la tribu de Efraín, una vez con Gedeón y otra con Jefté, por no haber sido tenida en cuenta para la guerra (Jc 8,1-3; 12,1-6).
2. La concentración progresiva del poder
Las dificultades no solo vinieron por la falta de unidad entre las tribus y grupos. El libro de los Jueces nos habla de disputas internas, de conflictos entre grupos, de confrontación con otras poblaciones venidas de regiones próximas y, sobretodo, las memorias populares, guardadas en las narraciones del libro de los Jueces y de Samuel, nos hablan de las varias tentativas de concentración del poder. Podemos, entonces, entender como, al poco tiempo, el liderazgo carismático de los “jueces” será sustituido por el poder institucionalizado de los sacerdotes y de los reyes.
- Del ba‘al de Abiezer al ’efod de Gedeón
En la casa de Abiezer, padre de Gedeón, se da culto a su Ba’al y a su Asherá.
En verdad la experiencia de fe en Iahweh, el Dios guerrero del desierto, convivió, por lagos siglos con los cultos a los dioses y las diosas cananeos cuya fuerza de fertilidad de la tierra, de los animales y de la casa constituían parte esencial de la cultura campesina.
Iahweh entiende de lucha, de desierto, de guerras, de espadas y banderas; Ba’al y Asherá, por su parte, entienden de cosecha, de fecundidad, de fertilidad y de producción. Los que no tienen tierra, los hapiru, el pueblo del desierto necesita de Iahweh; pero cuando consigue su campo, su cosecha, su seguridad, él necesita, también, de Ba’al y de Asherá.
Iahweh vuelve a ser importante, cuando el pueblo siente la opresión, el peligro de perder su producción (Jc 6,3-6).
El Dios Iahweh, que recibe culto en Silo, es el “Iahweh de los Ejércitos” (1S 1,3.11; 4,4); este Iahweh, más tarde, será el Dios de Samuel, de David e de Elías (1S 15,2; 2S 5,10; 6,2.18; 1R 18,15, 19,10.14).
A la memoria de Yavé está unido el compromiso de lucha y la defensa de la tierra y los derechos de los y de las pobres. Para obtener la benevolencia de Ba’al y de Asherá necesitan ofrendas, lugares altos, piedras, altares, estelas, hierogamias…
Iahweh hace surgir “jueces” que lideran la lucha del pueblo. Para Ba’al y Asherá son sufrientes los sacerdotes y las sacerdotisas que dirigen los ritos de la fertilidad.
Ningún otro compromiso, por parte del pueblo, a no ser aquellos de repetir determinados e inmutables gestos rituales… y, como el rico puede ofrecer más, pedir rezar más, él es bendecido con más facilidad… El mito y el rito conviven con la historia y el compromiso. En la casa “rica” de Abiezer, en la “ciudad” de Ofrá (“hombres de la ciudad” 6,27.28.30) se encontraron el árbol de Iahweh (Jz 6,11.19), el altar de Ba’al y el poste sagrado de Asherá.
¿Hasta cuándo será posible esta “ambivalencia”, antes de que se haga una “ambigüedad”? La ambivalencia se manifiesta en el espacio de la casa campesina que busca su sobrevivencia y su bienestar. En este espacio, tal vez, no siempre hay ambigüedad, pues la vida de la casa, del hombre y de la mujer, dos padres y dos hijos, está siempre marcada por situaciones que nunca son lineales.
La fe y la religiosidad expresan la manera de enfrentar, vivenciar y celebrar las diversas situaciones que nos impone la vida cotidiana.
En este espacio, Iahweh, Ba’al y Asherá pueden ser diversas facetas de la misma divinidad que mantiene la vida del clan, de la misma manera que todos los ’Elohim de nuestros patriarcas.
El ’Elohim de los padres (singular y plural al mismo tiempo) sigue siendo en la memoria del pueblo, el Elohim de la bendición y de la promesa, el Elohim de la vida, de la abundancia, de la lluvia, de la oveja preñada, de la mujer fértil y, también, el Iahweh de la defensa del derecho y de la justicia (Ex 3,6; 6,3).
Es necesario entender esta ambivalencia permanente que acompañará al pueblo a lo largo de toda su historia, mezclando y, algunas veces, confundiendo las expresiones de su religiosidad. La ambigüedad surge cuando aumenta la producción que supera las necesidades de la casa, cuando se la lleva al almacén tribal y se cambia en mercadería que puede ser negociada para generar riqueza para unos pocos.
Cuando Dios se vuelve en el Dios del almacén, la abundancia y la fertilidad, la opulencia y la fecundidad de la tierra y de la casa terminan beneficiando siempre a la ciudad y a su almacén, pero a costillas de la producción campesina. En el momento en que aumenta el excedente y crecen las exigencias del mercado, las tribus necesitan ser igual que las “otras naciones”. Igual que otras naciones, las tribus necesitan tener el estado, su gobierno, su ejército, para controlar y defender la producción. Ba’al y Asherá, en este contexto, son mucho más útiles a los poderosos que la memoria de Iahweh, vivenciada en la lucha contra el estado opresor. Es en el conflicto con el estado opresor donde la religiosidad del clan aparece en toda su ambigüedad. Ella que fue expresión de la vida del clan, puede hasta alimentar resistencias, pero es frágil en la defensa de la vida del clan frente a la dominación del estado. Por el contrario, el almacén, o el palacio del rey, o el estado consiguen incorporarla y utilizarla al servicio de su proyecto de dominación.
Los Ba‘alim y las Asherás consiguen convivir, sin dificultad, con la acumulación, mucho mejor que con el Iahweh del proyecto comunitario del compartir. Los Ba‘alim y las Asherás conviven sin dificultad, con el bienestar de “mi” casa, de “mi” rozar, de “mi” cosecha, mucho mejor que con el Iahweh del proyecto popular solidario y comunitario. Al menos hasta cuando Iahweh, manipulado por el palacio y por el templo, será reducido al papel idolátrico, legitimador del poder real y sacerdotal. Hacía allí apuntan las memorias de Gedeón. Las hazañas de Gedeón le llevan a Israel a querer que él reine sobre el pueblo (Jc 8,22ss). Gedeón rechaza el cargo, pero pide donativos en oro, como parte del saqueo realizado después de la derrota de los enemigos. Con este oro él hace un efod usado para “consultar a Dios” , y pasar a ejercer, en la ciudad de Efra, un papel propio de los sacerdotes. Este efod fue causa de “prostitución” para Israel.
La denuncia implícita de Jc 8,27, nos indica que la administración de este servicio adivinatorio y del juzgamiento debe haber estado corrompido por presentes y subordinados (ver, También 1S 8,1-3). Gedeón no vuelve a su campo: él tiene una mansión en la ciudad, él tiene muchas mujeres, él tiene 70 hijos y en otra ciudad tiene una concubina. El hijo de esta concubina recibirá el nombre de Abimelec = mi padre es rey; este nombre carga en sí mismo la voluntad real de Gedeón (¿o será Jerobaal?) gobernar el pueblo (Jc 8,29-31).
El efod de Gedeón es “idolátrico” como el altar de Ba’al y el poste de Asherá que él, antes, abatió.
- Los hapiru de Abimelec
Será este mismo Abimelec el que intentará la primera experiencia monárquica en Israel. Contrató el servicio de unos “bandidos, aventureros” y mató a los hijos de Gedeón y fue proclamado rey de Siquém (Jc 9). La narración de este capítulo nos indica que en Israel ya existen personas desempleadas dispuestas a volverse mercenarios de uno u otro jefe local, exactamente como los hapiru.
El texto denuncia la intención de Abimelec de expandir su poder sobre otras ciudades y controlar el comercio local, provocando revueltas y envidias entre las diversas ciudades. Una mujer desconocida, tirando una piedra de molino en la cabeza de Abimelec, terminó con las pretensiones monárquicas del hijo de Gedeón (Jc 9,53).
- El voto de Jefté
La memoria de la historia de la tribu de Galaad (Manasés de la Transjordania), la narrativa de Jefté, señala otro error presente en medio del pueblo. Todos conocemos el voto de Jefté de inmolar a Iahweh la primera persona que saliese de su casa, en el caso que él ganase la guerra (Jc 11,30-31). Y Jefté –que a toda costa quería ser el jefe (Jc 11,9)– sacrificó a su propia hija. La religión de Jefté se expresa a través de gestos mágicos, propios de los cultos cananeos, negociando con Iahweh un favor a cambio de una oferta, de un sacrificio o de un gesto ritual. Jefté trata a Iahweh como a un Ba’al. La religión de Jefté no tiene nada que ver con el servicio a Iahweh, que exige, por encima de todo, la defensa de la vida.
El lloro de la hija de Jefté quedará para siempre como la denuncia contra este tipo de religiosidad que siempre favorece a la persona que pide a costa de otros.
- El individualismo de Sansón
Las memorias de Sansón (Jc 13-16) y de la tribu de Dan, apuntan hacia otra “termita” actuando en la casa de Israel. Son las memorias de un héroe que, confiando en su fuerza, lucha contra el que llegará a ser el mayor enemigo de Israel: los filisteos. Posee riquezas significativas (Jc 14,12). Tiene una gran fuerza, pero la usa solo por motivos personales y pasajeros. En ningún momento él lucha por la vida del pueblo, por el contrario, con sus actitudes, pone en riesgo la vida del pueblo que prefiere mantener la paz con los filisteos 9Jc 15,9-13). Su relación con las mujeres es machista y dominadora: toma a una mujer, y la considera como su propiedad y como si fuese una novilla, la entrega a otro, después de haber sido engañado; vuelve a querer quedarse con ella y provoca violencia frente al rechazo 9Jc 14,18-15,8). Va con las prostitutas (Jc 16,1). Al final se casa con Dalila (Jc 16,4). Al mismo tiempo, él es víctima fácil de la seducción femenina –sea de la primera mujer, como de Dalila– y eso será la causa de su derrota.
La concubina del levita
Las memorias de la tribu de Efraim nos recuerdan como, cuando todavía no había rey en Israel, el poder sagrado se concentró, progresiva y completamente, en las manos de los sacerdotes que administraban los santuarios populares.
Los santuarios sustituyeron a la “casa de Dios” que estaba en la casa del clan, donde la imagen de Iahweh convivía con los terafimy donde la madre administraba el espacio sagrado (Jc 17).
El control de la religiosidad popular por parte de los sacerdotes fue la causa de la violencia brutal contra el clan, y, sobretodo, contra la mujer.
3. Concluyendo
Estas narrativas antiguas, memorias de las tribus de Israel, son una autocrítica profunda que, proféticamente, pone el dedo en la llaga.
En la cabeza y en el corazón de todos y de todas, junto con Iahweh, están los Ba‘ales y las Asherás. Todavía nadie ha encontrado la vacuna capaz de vencer el virus de esta ambivalencia que puede, con toda facilidad volverse en ambigüedad.
No son raras las ocasiones en que en los encuentros bíblicos, en los cursos y hasta en los escritos, está presente una perspectiva optimista de lucha de los pobres, de los hapirus, de los hebreos contra el sistema dominador de Egipto, de los reyes de Canaán y de los diversos imperialismos.
Esta visión optimista se acostumbra acompañar esta visión optimista con la presentación del sistema tribal instaurado en Israel y que precedió a la monarquía. A esta época la llamamos “sociedad igualitaria”.
No hay duda de que esta manera de leer los acontecimientos ayudó a mucha gente a la hora de asumir la lucha por la justicia en nuestras comunidades, y alimentó la mística de compañeras y compañeros que buscaban y ensayaban la construcción de una sociedad más justa y sin opresión.
¿Cuántas veces, a pesar de todo, después de las luchas, después de las victoria, aparecieron las incoherencias, las ambigüedades y hasta las traiciones?
Todos y todas conocemos la decepción al ver a movimientos que, después de alcanzar algunos de sus objetivos, se adormecieron, se acallaron y hasta desaparecieron. El pueblo unido en los campamentos al lado de los caminos, debajo de lonas, luchando por la tierra, es el mismo pueblo que, a veces, cuando ya está asentado, se divide y abandona los ideales comunitarios y alternativos.
Todos y todas experimentamos la decepción al ver a los compañeros y compañeras que, en la lucha popular, llegan a tener y a ejercer un espacio de poder, y que, más tarde, se retiraron, se corrompieron, buscaron salidas personalistas. Directores de asociaciones y de sindicatos, concejales y diputados, prefectos y gobernadores, entraron en los juegos del poder, abandonaron sus ideales, se aliaron a sus antiguos enemigos y olvidaron sus compromisos con el pueblo que los condujo al poder.
Todos y todas experimentamos la incoherencia de nuestras propias organizaciones bíblicas, pastorales, congregacionales y eclesiales que, cuando se institucionalizan, acaban perdiendo el calor del “primer amor”, para dar lugar a luchas internas, anti-éticas, por el poder, por espacios, por garantías de empleo. Todo, siempre, con mucha facilidad, justificado en nombre del realismo histórico.
Es importante, que busquemos en los textos bíblicos, la memoria de las incoherencias, de las tradiciones, de las decepciones presentes en la historia del pueblo y que tratemos de entender los motivos que las provocaron. Así, es posible que podamos contribuir en el fortalecimiento de nuestra espiritualidad, nuestra mística, ayudándonos a individuar y a prevenir desvíos posibles.
Por eso, es necesario que retomemos con mayor atención las memorias del “desierto”:
“Recuérdate de todos los caminos que el Señor tu Dios te hizo andar en estos cuarenta años por el desierto, para humillarte y provocarte, para conocer tus intenciones, y saber si observarías o no los mandamientos (…) Reconoce, pues, en lo más íntimo de ti que, como un hombre corrige al hijo, así te corrige el Señor tu Dios” (Dt 8,2-5).
Es en el desierto donde aprendemos que no basta con derrumbar al Faraón: es necesario aprender a “servir a Iahweh”, luchando, durante todos los “40 años” de nuestra vida, contra el “faraoncillo” que cargamos dentro de nosotros, aún después de atravesar el Mar Rojo a pié enjuto.
“No nos dejes caer en tentación”.
Sandro Gallazzi
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Notar el cambio de la cananea Asherá con la pesar Astarte–Ishtar.
Esta es una palabra muy grande usada para identificar a los pequeños jefes locales. Este título no era reconocido por los egipcios que, en sus documentos los trataban de “hombres de…”.
La unión de todas las tribus contra Benjamín, narrada en Jc 20,1, pertenece a una narración simbólico-teológica, y a nuestro modo de ver, no corresponde a la realidad histórica.
Esta tribu ya no aparecerá más en las memorias posteriores. Se nos presentará a Maquir como al hijo primogénito de Manasés. Hay otra incongruencia: junto con la tribu de Manasés y de Efraín existe todavía la tribu de José que después desaparecerá.
Por ambivalencia, aquí, entiendo la coexistencia positiva de dos valores armónicos y complementarios entre sí. Por ambigüedad entiendo que esta coexistencia deja de ser armónica, conflictiva, fácilmente manipulable, privilegiando algunas veces un valor y otras otro, según los intereses de quien detenta el poder.
Es interesante ver como, en otros textos, Iahweh ejercerá papeles propios de Ba’al al mostrarse como controlador de la lluvia (Jc 6,36-40; 1R 17,1). En este sentido, es bueno leer, también, el texto de Oséas 14,6-9, donde la fertilidad se le atribuye a Iahweh y donde es evidente el juego con la palabra’asherah:
“Seré rocío para Israel, que florecerá como el lirio,
echará raíces como el cedro del Líbano;
sus ramas se expandirán, su esplendor será el del olivar
y su perfume, el del Líbano.
Retornarán los que habitaban a su sombra, harán revivir el trigo.
Florecerán como la vid, su fama será como el vino del Líbano.
¡Efraín! ¿Qué tengo todavía que ver con los ídolos?
Soy yo quien le responde y quien mira por él.
Yo soy como un ciprés siempre verde, es de mí de quién procede tu fruto”.
Solamente en textos posteriores, como en el libro de Josué, aparece la incompatibilidad entre Iahweh y elohim (Jc 24,15ss).
Entendemos que por riqueza y producción que excede las necesidades del clan y que está generada no por la producción, sino por la comercialización del producto.
El libro de Oséas profunfiza esta temática.
Este es un tema central del libro de Amós. Idolatría, más que referirse al culto a “otros” dioses es el culto que legitima la opresión y la dominación. En este sentido, el culto a Iahweh puede muy bien ser un culto idolátrico.
Efod es un instrumento sagrado para el juzgamiento, que podía ser una bolsa de paño o de cuero agarrada al manto sagrado usado por los sacerdotes cuando se los llamaba para “consultar a Dios” (1S 2,18.28). Contenía el urim y el tumim, dos piedras, una blanca y otra negra, que servían para descubrir la voluntad positiva o negativa de Dios. Gedeón, en lugar de la bolsa, mandó hacer un recipiente de oro. Las funciones son las mismas: Gedeón pasa a ser el portavoz sagrado de Dios, pasa a ejercer funciones sacerdotales.
Respecto de estas páginas y en las perspectivas en que estamos trabajando, ya hemos escrito dos artículos en Estudos Bíblicos vol.29 y RIBLA vol.41.
Que todavía no es Iahweh de los ejércitos, sino una divinidad doméstica.
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.