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Economía divina: tres modelos en el libro de Job

Leif E. Vaage

 

Resumen
El libro de Job presenta tres modelos de la economía divina los que son: 1) el modelo de la bendición, que se da en la fábula en prosa; 2) el modelo de la maldición, y cómo evitarla, que es el trasfondo de los lamentos y de la última demanda de Job junto con sus amigos; y 3) el modelo de la vida plena, que es la respuesta de Dios a Job desde la tormenta. Este artículo profundiza cada uno de los tres modelos. A modo de conclusión propone que el aporte principal del libro de Job sea el insistir en que estos modelos sigan en debate como el modelo de la economía divina que los lectores y las lectoras de este libro irán construyendo.

Abstract
The book of Job presents three different models of the divine economy. These are: 1) the model of a blessed life in the prose fable; 2) the model of a cursed life and how to avoid it in the laments and final summons of Job in conversation with his friends; 3) and the model of life in abundance, which is the answer of God to Job out of the whirlwind. This article explores each of these three models, and concludes by suggesting that the principal contribution of the book of Job is to insist that they keep talking to one another through the model of the divine economy that the readers of the book continue to construct.

1 – Introducción

Hace unos años que escribí un artículo sobre el libro de Job para un número de RIBLA dedicado al “gemido de la creación”. Este artículo me permitió entrar en la tradición de debate, jamás resuelto, que será el aporte principal del libro de Job a una reflexión sobre la precariedad humana en este mundo a pesar de todo lo hecho por evitar tal destino. El sistema económico actualmente dominante una vez más pretende ser el mecanismo por el cual debería ser posible superar la miseria y otras tantas desgracias que definen el diario vivir de muchas personas. Sabemos que este sistema no está funcionando de acuerdo con las promesas que se han hecho en su nombre. Sin embargo, resulta difícil todavía levantar otro discurso y hasta imaginarse otro modelo económico por el poder de imponerse su criterio que tiene este sistema. No obstante, el libro de Job me parece muy apto para esta tarea, pues en su globalidad representa un gran esfuerzo por poner en movimiento esquemas antiguos sapienciales del bienestar y de la contabilidad moral que siempre lo acompaña, los cuales tampoco funcionaban en aquel entonces para explicar todo lo que pasara en la vida pero que no se dejaban cuestionar, ni hablar de desmontarse. El libro de Job insiste en que por lo menos haya una discusión.

Comparto con Carol A. Newsom en su libro The Book of Job: A Contest of Moral Imaginations, su concepto del libro de Job como texto “polifónico”. Para Newsom, este concepto se refiere particularmente a los diferentes géneros literarios en base a los cuales el libro está construido como tal. A Newsom este enfoque le permite desarrollar una interpretación del libro de Job que sería una instancia de la “verdad dialogante” que el teórico literario ruso Mikhail Bakhtin había promovido. El mismo enfoque de género literario también concuerda con el interés de Newsom en trabajar el libro de Job como cuestión moral a nivel epistomológico. No hay por qué discrepar con su lectura. Es muy buena. No obstante, su enfoque literario-moral no me parece suficiente. No pone el dedo todavía sobre la llaga – aunque explique y profundice muy bien cómo se ha formado esta llaga – que es el libro de Job. De todas maneras, el enfoque económico, según creo, nos dejará apreciar mejor cuáles son las opciones de vida que están en juego en el libro de Job, pues se trata aquí no solamente de cómo entender y contar la vida sino también de cómo defenderla y gozarla en carne y hueso.

Por eso es importante tomar muy en serio el hecho de que a Job se lo describe como hombre rico. El caso Job tiene como punto de partida su éxito económico. Parecía que le iba muy bien. Es decir, hasta el momento en que empieza el libro de Job, le había ido muy bien. Este “muy bien” se refiere a todo aspecto de su vida: lo personal y lo espiritual tanto como lo social y lo material. En el libro de Job, lo económico siempre abarca todo lo que es la vida de una persona. Los bienes, los hijos, el respeto de los demás y el reconocimiento social, la tranquilidad y el gozo son todos aspectos de lo económico, incluso Dios.

En el libro de Job, lo económico siempre es una cuestión de Dios. Éste participa de una manera u otra en la creación de toda vida y en su pérdida o en los cambios que esta vida podría sufrir. Por eso, el éxito económico siempre es tema teológico. No hay cómo hablar de economía, pues, sin hablar también de Dios. Por eso, hablar de Dios de una forma y no de otra – es decir, de cómo relacionarse el ser humano con Dios – es necesariamente hablar de modelos económicos diferentes. Por eso, la crisis que pasa Job, por tener que ver con Dios, es una crisis de modelo económico. También la respuesta de Dios a Job presenta otro modelo económico. Y el debate jamás resuelto que sigue levantando el libro de Job – o sea, la verdad dialogante a la que nos llevaría esta discusión – será, por excelencia, el modelo de la economía divina que todavía se está construyendo, como la vida misma que va produciéndose y reproduciéndose, en la relectura bíblica.

2 - La fábula

En la fábula en prosa (1-2; 42,7-17) a Job le va bien, al final, porque, mientras tanto, no hace nada. Al contrario, tiene paciencia. Sabe sufrir, manteniéndose firme. Es decir, se pone decidamente pasivo. No importa lo que le pase, su forma de ser no cambia. Sigue el mismo camino que siempre a pesar de que ahora no le lleva sino hacia la muerte. No obstante, Job no cuestiona nada. No se queja. Acepta. Aguanta. Desatiende todo lo que podría llevarlo a no quedar en su papel de hombre tam veyashar (1,1.8; 2,3; cf. 9,20.21). Su papel de patriarca piadoso. Su papel de siervo fiel. Su papel de bienaventurado y aprobado. Se comporta conforme el modelo económico de la bendición y, al final, le sirve para ganar su premio.

Para este modelo económico, Dios es el que da premio. Puede que demore en hacerlo. Puede que lo haga en base a criterios ocultos, desde una perspectiva terrenal, o de acuerdo con un plan oscuro. Pero llegado el momento – y en la fábula tiene que llegar ese momento – de recompensa para quienes se han mantenido firmes, a los que han cumplido con su deber, que siguen aguantando todo lo que no deba ser, Dios le dará buen premio. Más de lo justo. Hasta doble lo gastado y lo perdido. No obstante, este Dios no se hace responsable, por lo menos no directamente, por todo lo que pueda pasar en el intervalo entre cumplir y premiar. Este espacio intermedio  – el de hassatan, el de la esposa de Job y de los hijos e hijas de Job, el de lo cotidiano  – no corresponde al Dios premiador. Lo que vale, referido a este Dios, es más bien lo que hará al final de la historia. Dará premio por todo lo correcto, hecho y sufrido, mientras tanto. Es la contraparte de la figura de Job confieso y convicto a pesar de todo.

Este modelo económico de la bendición – el recibir buen premio por saber sufrir bien – tiene aspectos buenos o, por lo menos, no es del todo malo. Por ejemplo, que Dios dará premio por haber sufrido injustamente obviamente no tiene nada de malo. Se espera que se hará justicia también por todo sufrimiento infligido. Por otro lado, el quejarse, como veremos enseguida, aunque sea con toda la razón, no siempre ayuda. También puede volverse un callejón sin salida, tipo ceguera, modo de amargarse la vida. Por lo menos, no siempre será la respuesta más adecuada al mal que ocurre. No obstante, el modelo económico de la bendición sólo funciona en la fábula para unos cuantos, es decir, para dos: Job y Dios. Al final, sirve para darles la razón a ellos. La confianza que ambos se guardaban el uno por el otro, sí, tenía razón. Ambos, por supuesto, tendrán que reconocer que este modelo económico no sirva para explicar todo lo demás que pueda pasar en la vida de una persona o darse en el corazón humano. Pero, de hecho, lo único que importa para este modelo económico es que, al final, queden bien los protagonistas principales. Que queden convalidados. Mejor que nunca.

Es como si Dios y Job fueran los únicos sujetos importantes que existieran para este modelo económico. Para hablar así sobre la vida, la fábula tiene que ignorar, de propósito, el destino de los demás que, de lo contrario, son absolutamente necesarios para que la fábula se cuente. Sin ellos, no sería posible que, al final,  Dios y Job andaran dichosos con toda la razón. Hassatan, por ejemplo, tiene que asumir en la fábula toda la responsabilidad por poner en prueba la confianza que Dios había guardado por Job, aunque hassatan todavía tenga que pedirle permiso a Dios para hacerlo. En la fábula hassatan no es el diablo del cristianismo posterior. No obstante, tampoco es una figura benevolente o neutral, como pretende serla Dios en este caso. Todo lo cuestionable de la historia o lo oscuro moralmente se lo pone por el lado de hassatan y así se pasa cualquier culpa a su cuenta, sin quitarle a Dios su clara autoridad.

Aun más impresionante es el caso de la esposa de Job, cuyo nombre no se da. Tampoco se dice si esta mujer era o no era la madre de (algunos de) los primeros hijos e hijas de Job. ¡Alguna mujer la tuvo que ser! Como hassatan con respecto a Dios, ella es la que tiene que asumir en la fábula toda la responsabilidad por cuestionar la confianza que Job había guardado por Dios. Todo lo resentido y lo desconfiado se lo pone en boca de ella y así se le echa a ella toda la culpa (¡una vez más!) por haber pecado tanto con los labios como en su corazón. Después de pronunciarse, ella también simplemente desaparece de la historia. En el último capítulo del libro, cuando Job recibe de nuevo a “catorce hijos y tres hijas” como renovada bendición, ni siquiera se menciona la mujer (o las mujeres) que se los da(n). De nuevo, su caso simplemente no cuenta para el modelo económico de la bendición. No obstante, lo que la esposa de Job le propone, supuestamente equivocada, no es sino una descripción de su propia experiencia y la de los primeros hijos e hijas de Job en la fábula. A Job le dice, literalmente, su esposa: “bendecir a Dios y morirte” (2,9). Para los que no se encuentran ya entre los estructuralmente favorecidos, ya sea a nivel de género literario o sea a nivel del diario-vivir, el modelo económico de la bendición sólo puede significar, para ellos, una muerte programada.

3 - Los lamentos y la última demanda de Job

En los varios lamentos y la última demanda que Job levanta antes de que Dios le responda desde la tormenta, no es el mismo Job que hablaba – cuando habla – en la fábula. Este otro Job ya se ha perdido la paciencia. No quiere seguir sufriendo. Se pone cada vez más agresivo, es decir, cada vez más decidido para reclamar lo completamente injusto que le parece su caso. En su primer lamento, se limita a no querer nunca haber existido por no valerse la pena. Así se queja: “¿por qué deja Dios ver la luz al que sufre? ¿Por qué le da vida al que está lleno de amargura, al que espera la muerte y no le llega, aunque la busque más que a un tesoro escondido?” (3,20-21). Pero los amigos de Job no están dispuestos para aceptarle esta renuncia cobarde a la vida (4,5). Según ellos, el problema, para Job tanto como para los demás, no es la vida sino el ser humano. En algo habrá fallado Job, aunque sea dificil y hasta imposible saber con certeza en qué fue. Según los amigos, a Job le va mal porque en algo, sea lo que fuera, había dejado de ser lo que debía ser. “Piensa”, dice Elifaz, “a ver si recuerdas un solo caso de un inocente que haya sido destruido” (4,7). Bildad hace recordar: “Dios, el Todopoderoso, nunca tuerce la justicia ni el derecho. Seguramente tus hijos pecaron contra Dios, y él les dio el castigo merecido ... Dios no abandona al hombre intachable, ni brinda su apoyo a los malvados” (8,3-4.20). Sofar se enfada: “Tú dices que tu doctrina es recta, y tú mismo te consideras puro. ¡Ojalá Dios hablara para responderte! Él te enseñaría los secretos de la sabiduría, que son muy difíciles de entender. Así verías que Dios no te ha castigado tanto como mereces” (11,4-6). Al contrario, Job insiste en no haber fallado en nada. Insiste en haber cumplido con todo. Insiste en haberse ganado otro destino que no sería esta desgracia. Se había llevado conforme todas las normas del modelo económico de la maldición, que debía haberle hecho evitar todos los castigos y todas las penas supuestamente guardados para los malvados, pero todo lo contrario le ha resultado.

Para este modelo económico, Dios es el que garantizará el valor del cumplimiento y del conocimiento que lo fundamenta. Que, sí, vale la pena cumplir con todas las normas tradicionales y las expectativas dominantes. Que, sí, es conocido y básicamente predecible el mundo en que nos movemos. Quien cumple con las normas y las expectativas de esta vida, tal como Dios las habría ordenado y que las habría dado a conocer a través de la sabiduría, o sea, la ciencia económica moderna, puede confiar en que Dios le responderá. Por eso se insiste tanto en la caída inevitable y el castigo asegurado de los malvados y, por eso, en el mal como siempre consecuencia de haber hecho algo que no debe hacerse. No cabe duda de que no siempre es facil saber con certeza todas las reglas de juego. Además no cabe duda de que Dios es exigente, riguroso, muy alto y soverano. No admite excepción. Dice Elifaz: “Si ni aun los ángeles merecen toda su confianza, si ni siquiera el cielo es puro a sus ojos, ¡mucho menos el hombre, corrompido y despreciable, que hace el mal como quien bebe agua!” (15,15-16). Insiste Bildad: “Dios es poderoso y temible; él establece la paz en el cielo. Sus ejércitos son incontables, su luz brilla sobre todos. ¿Podrá, pues, un simple hombre ser puro e inocente frente a Dios? A sus ojos, ni la luna tiene brillo ni son puras las estrellas, ¡mucho menos el hombre; este gusano miserable!” (25,1-6). Este Dios no es, pues, el de la fábula el que da premio, tipo abuelo benigno, sino otro que es, más bien, tipo árbitro o juez justo e implacable. Sin darle a este Dios, y sólo a este Dios, toda la razón, sin confiar en su manejo de los destinos, aun cuando no esté evidente o parezca falso, para el modelo económico de la maldición no habría forma de seguir viviendo en este mundo. Por eso, los amigos a Job le echan en cara, cada vez más virulentamente, su patente impudencia y negligencia. Desde su punto de vista – y no sin razón – Job pone en peligro, en su queja cada vez menos controlada, cada vez más desconfiada ante este Dios, la estabilidad del sistema social dominante.

Job sabe que los amigos no saben lo que pretenden saber referido a él. Sabe que, en su vida, viene pasando algo que no debe pasar. Si en el modelo económico de la maldición Dios no admite excepción, Job, sí, sabe que hay excepción, porque su cuerpo se la está manifestando indudablemente, aunque no esté de acuerdo con los esquemas legalizados y comprobados científicamente. La crítica de los amigos sólo sirve para hacerle sentar esta convicción a Job, a la que da expresión cada vez más en sus sucesivos lamentos. No obstante, lo que Job no sabe todavía es cuál sería la alternativa, pues en su última demanda Job se refugia en el mismo modelo de la maldición al que los amigos se habían acogido, por supuesto con otra intención. Sin embargo, por ambos lados el marco de referencia es igual. Este es el sistema social en que, teóricamente, los ricos serán los buenos y los buenos tendrán éxito en todo lo que hacen, mientras que los malvados serán los destinados a sufrir, tarde o temprano, todo lo que es la misera y la desgracia y, lógicamente, los miserables y los desgraciados serán los malvados o, por lo menos, equivocados y subdesarrollados.

El dilema que tiene Job es, por un lado, saber que no es así y, por otro lado, no poder imaginarse otro modo de ser. Por eso, desde su primer lamento hasta su última demanda, no encuentra otra opción que este tambaleo entre la negación absoluta de la vida con que había empezado y el reclamo incesante de su inocencia con que termina hablando. El modelo económico de la maldición que predomina en la ciencia contemporanea no le permite a Job explicar su destino “excepcional” pero, sí, le quita todavía la capacidad de proponerse otra realidad. Suena, ¿no?

4 - La respuesta de Dios a Job

La respuesta de Dios a Job desde la tormenta (38-41) habla de otra economía, que podría llamarse el modelo de la vida plena. A Job Dios le anima para “ponerse a la onda” de la creación. Tanto el modelo económico de la bendición como el de la maldición, desde la perspectiva de la respuesta de Dios, se fija demasiado en el éxito humano, es decir, en la seguridad social y la comodidad personal como única preocupación. Los dos modelos anteriores ponen en el seno de su inquietud sólo el caso  “humano” (de un hombre-padre de familia rico y poderoso). Por supuesto, la respuesta de Dios no niega el valor de la bendición: a todos Dios le da la vida, incluso la buena vida a las personas que la conocen. Tampoco se opone al valor del cumplimiento y el hacer el bien: no pone en duda sino que toma por dado el hecho de que Job realmente había hecho, y no hecho, todo lo que había dicho. En ningun momento Dios se pone al lado de los amigos de Job para cuestionarle su verdadera inocencia. De cierto modo, a este Dios no le importa tanto el repaso de esos detalles. A este Dios le preocupa más el marco de referencia, dentro del cual Job (junto con sus amigos) se ha ido proyectando la vida. Este marco, desde la perspectiva divina, le resulta demasiado achicado, encorvado en si mismo, ensimismado estúpidamente, pues no toma en cuenta lo que es la vida como tal o la vida en su plenitud.

Para este modelo económico, el marco de la vida es mucho más amplio que en los modelos anteriores. Incluye, por ejemplo, la cuestión de la tierra y de “¿Sobre qué descansan sus cimientos?” (38,6). Incluye la necesidad de ponerle “un límite al mar” (38,10) y de dar “órdenes de que salga la aurora y amanezca el día” (38,12) para que haya la vida. Incluye el cuidado de hacer las tinieblas “llegar hasta el último rincón y que luego regresen a su casa” (38,20) y de abrir “una salida al aguacero” y señalar “el camino a la tormenta, para que llueva en el desierto, en lugares donde nadie vive, para que riegue la tierra desolada y haga brotar la hieba” (38,25-27; también 38,34.37-38). Dentro de este modelo económico, se busca “presa para las leonas, para que coman sus cachorros hasta llenarse” (38,39) y se da “de comer a los cuervos, cuando sus crías andan buscando comida y con grandes chillidos me la piden” (38,41). Se interesa por cómo las cabras monteses y las hembras de venado dan a luz (39,1-4). Se le otorga “libertad al asno salvaje” y un lugar donde vivir que es “el desierto y las llanuras salitrosas” (39,5-8). Se fija en el toro salvaje, que no se dejará atar “al yugo y obligar a arar, o a ir detrás de ti rastrillando el campo... ¿Crees que te servirá para recoger tu cosecha y para juntar el grano en tu era?” (39,9-12). No se olvida del avestruz, que es “cruel con sus crías, como si no fueran suyas, y no le importa que resulte inútil su trabajo” (39,16). Se ordena “al águila que ponga su nido en las alturas ... Sus crías se alimentan de sangre, y donde hay cadáveres, allí se la encuentra” (39,27-30).

Puede parecer bárbara y bastante inhumana esta economía. Sin duda tiene un aspecto violento o descontrolado. Hasta los monstruos tienen derecho aquí de entrar en planilla, ¡y con buen ojo! (Behemot: 40,15-24; Leviatán: 41,1-34). La respuesta de Dios a Job insiste en que la vida, es decir, lo económico que funciona no se entienda meramente como algo referido al ser humano, menos aun cuando sea hombre-padre de familia rico y poderoso como fue el caso Job. Por eso, después de hablar Dios, Job reconoce que antes “estaba hablando de cosas que no entiendo, cosas tan maravillosas que no las puedo comprehender” (42,3). Reconoce el error o, mejor dicho, el límite de su anterior forma de pensar y afirma: “Por eso me retracto arrepentido, sentado en el polvo y la ceniza” (42,6).

5 - Conclusión no terminante

No creo que Dios tenga toda la razón en su respuesta a Job. Por lo menos, ella no da receta para solucionar todos los problemas económicos a los cuales tenemos que responder actualmente. Obviamente, el ser humano y particularmente los que todavía “andan buscando comida y con grandes chillidos me la piden” como las crías de los cuervos y que viven en tierras de nadie, en lugares de desolación, también tienen derecho de reclamar su “presa”, como los cachorros de las leonas, “hasta llenarse” y de gozar, como el asno salvaje y el toro salvaje, de una libertad no atada, como mano de obra, a las demandas de un mercado ajeno a su propio bienestar, como si estuvieran solamente por servirle al otro, o sea, “para recoger tu cosecha y para juntar el grano en tu era”. Pero, sí, la respuesta de Dios a Job tiene razón, según creo, como modo de cuestionar los modelos económicos que no ven más allá del éxito humano “desarrollado”, como la descripción de Job en su última demanda, o, peor aun, del éxito de unos cuantos bienaventurados, como el caso Job en la fábula. De hecho, creo que hay algo de verdad en los tres modelos económicos diferentes que presenta el libro de Job, y que la verdadera economía divina será el modelo que construyen los lectores y las lectoras de este libro entrando en el diálogo, abierto y desafiante, que el libro constituye como tal y al que contribuye insistiendo en que no se nos cierre la discusión.

Leif E. Vaage
75 Queen’s Park Cres. E.
Toronto, ON M5S 1K7
Canadá
leif.vaage@utoronto.ca

Véase Leif E. VAAGE, “Desde la tormenta: el gemido de la creación y la respuesta de Dios a Job (Job 38,1-42,6)”, RIBLA 21 (1996): 73-90.

Cf. Jonathan LAMB, The Rhetoric of Suffering: Reading the Book of Job in the Eighteenth Century (Oxford: Clarendon, 1995).

Véase Carol A. NEWSOM, The Book of Job: A Contest of Moral Imaginations (Oxford y Nueva York: Oxford University Press, 2003).

Es decir, casí todo depende de cómo el caso Job se presente.

Antes, sí, lo hacía todo, como parte de su vida de hombre tam veyashar. Pero desde que le empezó a salir mal la vida, no hace nada sino ponerse cada vez más humilde ante su destino cada vez más doloroso (1,20-21; 2,8).

Aunque no entienda ahora por qué no le va tan bien como antes. En la fábula Job no sabe nada de todo lo que había sido acordado entre Dios y hassatan (el acusador) en el cielo.

Hablo aquí del modelo económico de la bendición, en parte por la insistencia de la fábula en usar siempre el verbo “bendecir” (brk: 1,5.10.11; 2.5, 9) referido a Dios, aun cuando parezca más lógico traducirlo por “maldecir”.

También los primeros hijos e hijas de Job, cuya existencia antes formaba parte de la vida bienaventurada de Job y cuya muerte desafortunada marca el comienzo de su aparente desdicha, simplemente desaparecen de la historia. Al final, son reemplazados por otros catorce hijos y tres hijas, como parte de la renovada bendición de Job (42:12-13). Pero la cuestión de la vida de los primeros siete hijos y tres hijas de Job, aparte del estado de bendición del hombre tam veyashar, simplemente no cuenta para este modelo económico.

Cf. Ilana PARDES, Countertraditions in the Bible: A Feminist Approach (Cambridge, Massachusetts y London: Harvard University Press, 1992): 145-154.

Salvo que será como la voz de la discrepancia siempre desacretidada de antemano.

En la fábula Job casi no dice nada: habla únicamente en 1,21-22 y 2,10. Se mantiene su integridad de piadoso a costa de su voz particular. En contraste, en los lamentos y la última demanda de Job es su voz la que predomina.

Hablo aquí del modelo económico de la maldición por el contraste que se da entre el lenguaje de la execración muy presente en los lamentos y la última demanda de Job y el esfuerzo por evitarlo en la fábula, y también por el problema de los malvados y su condena inevitable o no al cual se hace reiterada referencia durante el debate de Job con sus amigos (y consigo mismo). También sería posible hablar del modelo económico del seguro, pues la queja de Job es que el sistema social promovido por la sapiencia tradicional no había funcionado como debería funcionar para asegurarle un destino distinto al de los “malditos”.

Actualmente este Dios se llama “el mercado”.

 

 
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