Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas
El diezmo y la falta de pan y de justicia (Amós 4,6 y Lucas 18,12)
Sandro Gallazzi
Resumen
Jesús, palabra hecha carne, abolió el diezmo, así como abolió el templo, el altar y los sacrificios. Celebrando de nuevo la cena comunitária, Jesús celebró la memoria de un Dios que nos amó hasta el extremo que dio su cuerpo a la muerte, que derramó su sangre por ser fiel al proyecto de la justicia, del compartir, de la casa, de las relaciones horizontales e igualitarias. Es una lástima que este proyecto no tenga sustento en nuestras iglesias. Al final, pagar el diezmo es mucho, pero mucho más fácil que dar la vida por la justicia del Reino de Dios. Y, sobre todo, es mucho más “seguro”. A fin de cuentas, ¡sí pago el diezmo, el que está en deuda conmigo es Dios!
Abstract
Jesus, the word made flesh, abolished tithing, as well as abolished the temple, the altar and sacrifices. Going back to celebrating the communitarian supper, Jesus went back to celebrating the memory of a God who loved us until the end, who gave his body to death, who shed his blood for being loyal to the project of justice, sharing, of the house, the horizontal and equalitarian relationships. It is a pity that this project has not stood in our churches. After all, to tithe is much, much easier than to give ones life in favor of the justice of God’s kingdom. And, over all, it is ‘safer’. After all, if I tithe God is in debt with me!
"En todas las ofrendas muestra felicidad en la cara
y consagra el diezmo con placer.
Da al Altísimo de acuerdo con lo que Él te dio,
con generosidad, según tus posibilidades.
Porque el Señor es alguien que retribuye,
y premiará siete veces más." (Eclo 35,9-10)
Este texto es deutero-canónico, de principios del siglo II a. C. Otros textos deutero-canónicos, todavía más recientes, mencionan esta práctica presente en tierras de Judá: 1Mac 3,49 recuerdan los diezmos llevados por el pueblo a la asamblea de Masfa, previo a la primera gran batalla contra los ejércitos griegos. Otros dos textos de este libro (1Mac 10,31 y 11,35) recuerdan la promesa de los reyes griegos para no cobrar ningún impuesto adicional a los diezmos que el templo recogía.
En el libro de Judit, la protagonista, queriendo engañar a Holofernes, afirma que Dios entregó el pueblo al castigo porque no respetó las leyes del diezmo:
"Hasta las primicias del trigo y los diezmos del vino y del aceite, consagrados por los sacerdotes que permanecen en Jerusalén, delante de nuestro Dios, decidieron comerse, aunque a ninguna persona del pueblo le estaba permitido tocar estas cosas con las manos." (Jud 11,13)
Éstos son los textos bíblicos más próximos al Segundo Testamento y que constatan la importancia y la sacralidad que el diezmo había adquirido en ese tiempo.
Por lo tanto, es interesante entender porque esta práctica no fue incorporada en las vivencias de las comunidades cristianas.
En los Evangelios canónicos, toda referencia al diezmo es para denunciar y condenar esta práctica legalista de los fariseos que ha perdido todo su significado simbólico y sacral (Mt 23,23; Lc 11,42; 18,12).
Los Hechos de los Apóstoles y las Cartas no mencionan esta costumbre.
El diezmo sólo aparece en capítulo 7 de la carta a los Hebreos. Sin embargo, la memoria del diezmo se usa sólo para justificar el fin del sacerdocio levítico al que el diezmo era debido. Abraham "ofreció el diezmo de todo" (Gn 14,20) a Melquisedec, cuyo sacerdocio era fundamento del sacerdocio de Cristo.
Podemos decir, con mucha tranquilidad y sin miedo de forzar la interpretación de los textos bíblicos, que el Segundo Testamento "abolió" el diezmo, así como abolió el templo, la circuncisión, el sábado y otras prácticas características de las comunidades de Judá.
Un poco de historia
También en el Primer Testamento, la práctica del diezmo no gozó de unanimidad.
La memoria redaccional más antigua, respecto al diezmo, se encuentra en el libro de Amós, donde es duramente cuestionado:
"Vayan a Betel y rebélense, a Gilgal y multipliquen las transgresiones. Traigan, cada mañanas, sus sacrificios y de tres en tres días, sus diezmos (...) y publíquenlos porque de eso gustan, hijos de Israel, dice el Señor Yavé.
Por eso, yo también les he dado (...) falta el pan en todos sus lugares y, sin embargo, no se convirtieron a mí, dice Yavé" (Am 4,4-6)
El diezmo, llevado a los templos de Betel y de Gilgal, es denunciado entre las transgresiones de las cuales los hijos de Israel deben convertirse. La práctica constante –de tres en tres días -y pública no tiene resultados. Contradiciendo toda la lógica del templo, Amós afirma que Dios, a cambio del diezmo, va a enviar hambre y desgracias para el pueblo.
Todo empezó con la práctica de ofrecer las "primicias". Un texto hermoso y muy antiguo, nos trae la memoria de este gesto de solidaridad.
"Y ahora yo trago las primicias de los frutos de la tierra que tu, Yavé, me diste. Entonces, las pondrás delante de Yavé, tu Dios, y te postrarás delante de Él. Te alegrarás por todo el bien que Yavé, tu Dios, te ha dado a ti y a tu casa, tú, y el levita, y el extranjero que está en medio tuyo" (Dt 26,10-11).
Las primicias de los frutos de la tierra eran puestas delante de Dios y consumidas (alegrarse), fraternalmente, junto con el levita y el extranjero que, por las leyes de ese tiempo, no podían poseer tierras en medio del pueblo y, por eso, necesitaban el apoyo solidario de la tribu.
Más tarde, cuando la monarquía ya había provocado situaciones de opresión y exclusión, no era suficiente compartir las primicias para atender las necesidades de los más pobres. Al levita y al extranjero, se le agregaron los huérfanos y las viudas. De ahí la orden: de tres en tres años, la décima parte de las cosechas debía ponerse a disposición de los necesitados.
"Cuando acabes de separar todos los diezmos de tu cosecha, en el año tercero, que es el de los diezmos, entonces, losdarás al levita, al extranjero, al huérfano y la viuda, para que coman dentro de tus puertas hasta saciarse. Dirás delante de Yavé, tu Dios: he retirado de mí casa lo que era sagrado y se lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, según todos los mandamientos que me has dado; nada transgredí de tus mandamientos, ni de ellos me olvidé" (Dt 26,12-13)
De este diezmo, el oferente no come nada: es algo separado, sagrado. Sólo los pobres podrán comer de él: es mandamiento de Dios.
En um compromiso dealianza, Dios es llamado a hacer que nunca falten sus bendiciones sobre el pueblo, sobre la tierra y sus productos (Dt 26,15).
En tiempos del rey Josías las cosas cambiarán. El culto a Yavé será exclusivamente concentrado en el templo de Jerusalén, único templo autorizado. Los demás santuarios y lugares santos de otros dioses y diosas serán destruidos sin piedad (2Re 23,4-20).
Los sacerdotes de estos otros santuarios serán llevados a Jerusalén (2Re 23,8-9), con la promesa que no les va a faltar comida ni sustento.
Era necesario abastecer al templo, el lugar santo escogido para Dios para hacer habitar en él su nombre. Todos los años, se recogía “el diezmo de cada producto que tienes sembrado y que ha crecido en tus campos" (Dt 14,22).
Este diezmo debe ser llevado al templo, junto con los primogénitos del ganado y de los rebaños y, allí, será comido por el oferente (Dt 14,23).
Si el oferente vive lejos del templo –y traer el diezmo en estado natural es demasiado incómodo-, entonces, venderá el diezmo y con el dinero conseguido, irá al templo de Jerusalén, comprará lo que él quisiere, para comerlo delante de Yavé, él y su casa (Dt 14,24-26).
Solamente unarecomendación:
"Sin embargo, no abandonarás al levita que está dentro de tu ciudad, pues no tiene parte ni herencia contigo" (Dt 14,27).
No había cómo abandonar: ¡nadie podia comer solo el diez por ciento de su tierra y de sus rebaños! ¡Muchas cosas o mucho dinero debían sobrar para el levita!
Los diezmos trienales para los pobres se quedaban en casa, no debían ser llevados al templo, quedarán en las puertas de las ciudades del campopara que sean comidos por las personas necesitadas (Dt 14,28-29).
El diezmo no es la única ofrenda que se llevaba al templo:
"A ese lugar llevarás tus holocaustos y tus sacrificios, y tus diezmos, y la ofrenda de tus manos, y las ofrendas votivas, y las ofrendas voluntarias, y el primogénito de tus vacas y de tus ovejas" (Dt 12,6.11)
"En tus ciudades, no podrás comer el diezmo de tu cereal, ni de tu vino, ni de tu aceite, ni el primogénito de tus vacas, ni de tus ovejas, ni ninguna de las ofrendas votivas que hubieras prometido, ni tus ofrendas voluntarias, ni las ofrendas de tus manos; sino que los comerás delante de Yavé, tu Dios, en el lugar que Yavé, tu Dios escoge, tú, y tu hijo, y tu hija, y tu sirviente, y tu sirvienta, y el levita que vive en tu ciudad; y delante de Yavé, tu Dios, te alegrarás en todo lo que hicieras. Guárdate de no abandonar al levita todos tus días en la tierra" (Dt 12,17-19).
¡Comer ante Yavé, sin abandonar el levita! Esto también significó la reforma de Josias. El único templo de Jerusalén, como su único Yavé, pasó a ser, también, el único almacén del reino.
La irrupción del vendaval babilónico
El destierro de la élite dominante, la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, y la redistribución de las tierras de Judá para los más pobres, rediseñó un escenario económico.
Los diezmos que habían sido recientemente impuestos por el palacio davídico, no fueron más recogidos. Para el culto eran llevados el incienso y las oblaciones; el resto del trigo, de la cebada, del aceite y de la miel quedaban en la casa del campesino (Jr 41,6.8) que, finalmente, podía comer de sus productos (Jr 40,12).
Cuando los sacerdotes y los "hijos del cautiverio" volvieron, quisieron, con el apoyo del rey, reconstruir el templo y tener de nuevamente sus antiguos derechos sobre la tierra y sobre los productos del campo. No lo consiguieron. Los campesinos –los “pobres de la tierra” como eran llamados- no renunciaron a sus tierras ni a sus productos, y los que volvieron del destierro tuvieron que vivir en miseria y humillación.
La solución vino de Babilonia. A los intereses de la corte aqueménida se agregaron los intereses de la golah y nació la "ley de Dios que es la ley del rey” que debía ejecutarse con exactitud, bajo la pena se ser condenados a una multa, a la prisión, al destierro e incluso a la muerte (Esd 7,26).
El libreto de Ez 40-48 resume esta "ley": el centralidad del templo y del sacerdocio sadocita; el control de las tierras por parte de la élite sacerdotal y el conjunto de disposiciones para garantizar el "mantenimiento" del templo.
En esta ley encontramos también las nuevas órdenes relativas a los diezmos, que debían ser aplicadas en las tierras de Judá. En verdad, la palabra “diezmo” no aparece aquí, porque el porcentaje a ser pagado era muy pequeño y diferente para cada producto. La palabra usada es terumah, una oferta obligatoria, un tributo.
"Éste es el tributo que debes separar: la sexta parte de una arroba por cada carga de trigo, y la sexta parte de una arroba por cada carga de cebada. Regla para la medida de aceite: una medida de aceite por cada diez medidas, es decir por un tonel de diez medidas, o de una carga, pues diez medidas hacen una carga. Se separará una oveja de cada rebaño de doscientas cabezas de las praderas de Israel, para la oblación, el holocausto y el sacrificio pacífico, como expiación por ellos –oráculo del Señor Dios. Todo el pueblo de la tierra está obligado a este tributo al príncipe de Israel" (Ez 45,13-16).
Calculando los porcentajes, tenemos la siguiente oferta que el "pueblo de la tierra" tenían que pagar obligatoriamente, para el príncipe (= Sumo sacerdote):
- 1,66% del trigo y la cebada.
- 1% del aceite.
- 0,5% del rebaño.
Las pretensiones, en aquel momento, eran modestas, por abajo del 10 por ciento. Realmente, la recolección mayor vendría de la "oblación" obligatoria que debía acompañar todos los tipos de sacrificios:
"En las solemnidades y en las fiestas fijas, la oferta de manjares será de un efa (= 45 litros) por cada novillo y de un efa por cada carnero; pero para los corderos, lo que se puede dar; y del aceite un him (7,5 litros) por cada efa" (Ez 46,11).
Considerado el número de los sacrificios que eran ofrecidos, el valor reunido debió ser alto.
Estas disposiciones duraron poco tiempo.
Inmediatamente después, el funcionamiento del templo exigírá un aumento impresionante de colectas.
Oportunamente, los últimos mandamientos de Yavé, en el monte Sinaí, hablan del diezmo. Veamos:
“El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra como de los frutos de los árboles, es de Yavé; es cosa sagrada de Yavé. Si alguno quiere rescatar parte de su diezmo, añadirá la quinta parte de su valor. Todo diezmo de ganado, mayor o menor, es decir, cada décima cabeza que pasa bajo el cayado, será cosa sagrada de Yavé. No se escogerá entre animal bueno o malo, ni se le puede sustituir; y si se hace cambio, todo el animal permutado como su sustituto serán cosas sagradas; no podrán ser rescatados. Éstos son los mandamientos que Yavé encomendó a Moisés, en el monte Sinaí, para los hijos de Israel" (Lv 27,30-34).
La reforma de Nehemías culminará en una asamblea donde queda definitivamente establecido que el diezmo es obligatorio y que será recogido directamente en las casas del pueblo, y será destinado al sustento de los levitas. Todas las demás ofrendas y sacrificios, así como el diezmo del diezmo recogido, será para el sustento de los sacerdotes sadocitas. En este caso, también las disposiciones acerca del diezmo son las últimas, de manera que nadie se olvide de ellas; nunca más.
"Y daremos el diezmo de las plantaciones a los levitas; serán los levitas los que irán a recoger los diezmos en todas las ciudades adonde se estea cultivando. Un sacerdote, de la descendencia de Aarón, acompañará a los levitas en la recolección de los diezmos; y los levitas llevarán el diezmo del diezmo a la casa de nuestro Dios, al cuarto del tesoro. Porque a esos cuartos los hijos de Israel y los levitas llevarán las contribuciones en cereales, vino nuevo y aceite... Nunca nos descuidaremos de la casa de nuestro Dios" (Ne 10,38-40).
El libro de los Números recogerá y ordenará todas estas disposiciones. En un evidente contexto de conflicto entre grupos sacerdotales diferentes -después que los levitas son derrotados por Aarón, y el pueblo reconoce con miedo sus pecados –la redacción sadocita impone las normas relativas a los sacerdotes y a los levitas que son “rebajados” a servicios secundarios, como "auxiliares" de los sadocitas (Nm 18,1-7).
El texto, entonces, habla de los "ingresos" de los sacerdotes, a lo cuales se les entregará todo lo ofertado a Yavé (18,7-20), así como de los "ingresos" de los levitas:
“A los hijos de Leví les doy como herencia todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que presten, es decir, del servicio de la Tienda de reuniones (…). Los levitas no tendrán heredad entre los israelitas. El diezmo que los israelitas separan en honor de Yavé, se lo doy a los levitas como parte de su herencia. Por eso les he dicho que no tendrán heredad entre los israelitas".
Yavé dijo a Moisés: "Transmitirás esto a los levitas: Cuando perciban de los israelitas el diezmo que les otorgo en herencia, reservarán una parte para Yavé: será el diezmo del diezmo. Esa parte que ustedes reservarán, les será contada como se cuenta el trigo en la era o el vino en la cuba. Así pues reservarán una ofrenda para Yavé de todos los diezmos que reciban de los israelitas y entregarán esa parte al sacerdote Aarón. De todos los dones que reciban reservarán una parte para Yavé, esto es, la mejor parte de lo que fue consagrado” (Nm 18,21-29)
Sólo el 10% del diezmo es para el sacerdote y para el templo. El resto es para alimentar a los levitas. El oferente y los de su casa ya no pueden comer nada , y los pobres, los extranjeros, los huérfanos y las viudas no tienen más parte en él.
Y para que esta ley no aparezca tan reciente y, por lo mismo, sin mucho valor histórico, el cronista responsabiliza al buen rey Ezequías por su implantación:
"[Ezequías] Mandó al pueblo que habitaba en Jerusalén que entregara a los sacerdotes y levitas la parte que les correspondía, a fin de que pudieran perseverar en la Ley de Yavé. Cuando se promulgó esta disposición, los hijos de Israel trajeron en abundancia las primicias del trigo, del vino, del aceite y de la miel y de todos los productos del campo: ofrecieron abundante diezmos de todo. Los hijos de Israel y de Judá que vivían en las ciudades trajeron también el diezmo del ganado mayor y menor y el diezmo de las cosas sagradas, consagradas a Yavé, su Dios, y los dieron por montones. En el tercer mes comenzaron a apilar los montones y terminaron el séptimo mes” (2Cr 31, 4-7).
Ésta, también, es la última acción de rey Ezequías que "hizo lo que era bueno, recto y verdadero delante de Yavé, su Dios" (2Cr 31,20).
Se trata de un verdadero “sacro-negocio” que servía para consolidar la dominación del templo de Jerusalén sobre el pueblo de Judá. Un sacro-negocio que, como decía el sacerdote Azarías, sirvió para alimentar, y muy bien, a sacerdotes y levitas y ayudar a construir un nuevo almacen.
"Azarias, el jefe de los sacerdotes, de la familia de Sadoc, dijo: "Desde que empezó la entrega de las contribuciones al templo de Yavé, comemos a voluntad y muchas cosas buenas, pues Yavé bendice al pueblo y así nos sobra toda esta cantidad". Entonces, ordenó Ezequias que se prepararan los depósitos en la Casa de Yavé. Una vez preparados, recogieron en ellos, fielmente, las ofrendas, los diezmos y las cosas santas" (2Cr 31,10-11).
La práctica del diezmo acabó así, siendo parte integrante de la vida del israelita, conforme no los relata más de un texto deutero-canónico:
“Iba a Jerusalén con las primicias de nuestros frutos y de nuestros animales, el diezmo del ganado y la primera esquila de las ovejas. Allí se las entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el servicio del altar. Daba el diezmo del vino, del trigo, de las aceitunas, de las granadas y de las demás frutas a los levitas que estaban de servicio en Jerusalén. Durante seis años seguidos reunía en especies un segundo diezmo y cada año iba a distribuirlo en Jerusalén. Daba un tercer diezmo a los huérfanos, a las viudas, a los extranjeros que viven en medio de Israel, y cada tres años les hacía regalos. Con respecto a las comidas, obedecíamos los mandamientos de la Ley de Moisés y las órdenes que nos había dado Débora, la madre de Ananiel, nuestro padre, porque mi padre había muerto y me había dejado huérfano” (Tob 1,6-8).
Este texto nos dice alguna cosa más: que el diezmo del ganado, por ejemplo, era para los sacerdotes, mientras que para los levitas era el diezmo del campo. Es el único texto que nos habla de un segundo diezmo ofrecido al templo, de manera obligatoria, en forma de dinero. Confirma la práctica del diezmo trienal para los pobres (notemos que aquí, los extranjeros se han vuelto "prosélitos" o extranjeros convertidos) y, finalmente, es interesante notar que la práctica del diezmo es parte de las enseñanzas de la casa, de la abuela.
Hasta aquí la "propaganda". ¿Cuál fue la realidad?
¿El diezmo acarrea la bendición de Dios, cuando dicen los textos sacerdotales? o ¿el diezmo significa la opresión del pueblo como nos dicen los textos proféticos?
No olvidemos que la recolección del diezmo es parte de los “derechos del rey”, anunciado al pueblo por parte de Samuel (1Sm 8,11-18).
“Cobrará el diezmo del trigo y de las viñas para dárselo a sus eunucos y empleados" (1Sm 8,15).
La población de Judá no debe haber colaborado con buena voluntad. El hecho de que el diezmo sea recogido directamente, en los pueblos, por los levitas, sin esperar que fuera traído al santuario (Ne 10,38), indica que fue necesaria una acción represiva para que estas disposiciones fueran eficaces.
El propio Nehemías verificará más tarde que estas disposiciones no fueron observadas y que el diezmo recogido no era suficiente para alimentar a los levitas, obligados a involucrarse en el trabajo de los campos para poder sobrevivir (Ne 13,10). Este hecho irritó a Nehemías que tuvo que reorganizar la recolección y la administración del diezmo (Ne 13,11-13).
No sabemos en que medida las iniciativas de Nehemías tuvieron éxito.
El libro de Malaquías, contemporáneo a estos hechos denuncia el descuido de los sacerdotes que ofrecen animales impuros o con defectos y que aun así esperan que el pecado sea perdonado (Mal 1,6-9); el descuido de los levitas que no presentan las ofrendas según la justicia (Mal 3,3-4) y el descuido del pueblo que no trae el diezmo íntegro a la tienda (Mal 3,10). Vale la pena trabajar este texto para notar el desarrollo de la "teología" del diezmo al servicio del templo.
“Porque yo, Yavé, en nada he cambiado; igual que ustedes que todavía no termina de ser hijos de Jacob. En efecto, desde los tiempos de sus antepasados, ustedes se han apartado de mis ordenanzas y no las han practicado.
Vuelvan a mí y yo volveré a ustedes, dice Yavé de los ejércitos. Pero ustedes preguntan: "¿Por qué tenemos que volver?" ¿Puede acaso un hombre engañar a Dios? Pero ustedes me están engañando. Ustedes dirán: "¿En qué cosa te hemos engañado?" Pues, con los diezmos y tributos sagrados. Malditos son con maldición, porque ustedes, la nación toda, me han robado.
Entreguen, pues, la décima parte de todo lo que tienen al tesoro del templo, para que haya alimentos en mi casa. Traten después de probarme, dice Yavé de los ejércitos, para ver si les abro las compuertas del cielo o si derramo para ustedes la lluvia bendita hasta la última gota. Yo espantaré a la langosta para que no devore sus campos ni se seque la viña de su propiedad, dice Yavé de los ejércitos” (Ml 3,6-11).
Podemos notar algunas afirmaciones decisivas:
Dejar de llevar los diezmos es robar y engañar Dios, así como Jacob hizo con su hermano Esaú y con el suegro Labán;
Dejar de llevar los diezmos es estar bajo la maldición, es dejar de ser pueblo para ser como una "nación" (v.9);
el diezmo es para que no falte alimento en el templo (v.10a);
Llevar el diezmo es "poner a la prueba" Dios para verificar que el es quien manda fertilidad, abundancia y bendición sobre los campos, alejando todas las plagas (v.10b-11).
La lógica del miedo, por un lado, y de la retribución, por otro, marca esta página de Malaquías y nos indica cómo la práctica del diezmo era legitimada.
A pesar de proclamar que Yavé nunca cambia, en verdad, este Dios adquiere aquí un rostro completamente diferente: él es el juez –dueño del almacén de la naturaleza- que va a pagar a cada uno conforme merezca o, mejor, conforme a cuanto y como él paga al templo. La abundancia si pagamos, los saltamontes devoradores si no pagamos.
Justamente eso es lo que va a afirmar el Eclesiástico, libro que ya citamos al inicio de este estudio:
"Porque el Señor es alguien que retribuye,
y retribuirá siete veces más" (Eclo 35,13)
Como dirá Malaquías al concluir su exhortación en favor de los almacenes sagrados:
"todas las naciones vendrán a felicitarlos" (Mal 3,12).
Mañana, María dirá lo mismo (Lc 1,48). Sólo que ella celebrará las maravillas de Dios, no tanto por la fertilidad de los campos, sino por el reestablecimiento de la justicia: Él levanta a los humillados y llena de bienes a los hambrientos, contra los poderosos y los ricos, incluidos los sacerdotes del templo de Jerusalén.
Conclusión
Todo gesto religioso comunitario es expresión simbólica de un proyecto de sociedad, basado en una "memoria" histórica que será contada de generación en generación. Los cambios de los gestos religiosos indican cambios en las relaciones sociales, en todas sus dimensiones: políticas, económicas, culturales; significan un cambio de las "memorias".
Las "primicias", en su origen, no necesitaron de un altar. Ellas eran colocadas en la mesa para que todos comieran de ellas. Toda la casa comía, consolidando así las relaciones internas entre mujeres y hombres, entre padres e hijos, entre los jóvenes y los viejos, entre los dueños y los empleados. Todos los sin-tierra comían: pobre, extranjeros y levitas.
Este gesto religioso celebraba una sociedad en que el compartir era lo central y fortalecía los vínculos de relaciones horizontales y paralelas.
Y más aún: las "primicias" celebraban las relaciones paralelas con el propio Dios que había liberado a su pueblo, conquistando con ellos y para ellos una tierra buena; celebraban la memoria de una historia de opción, de compromiso mutuo, de gestos de liberación, de lucha y de victoria:
“Entonces tú dirás estas palabras ante Yavé: "Mi padre era un arameo errante, que bajó a Egipto y fue a refugiarse allí, siendo pocos aún; pero en ese país se hizo una nación grande y poderosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Llamamos pues a Yavé, Dios de nuestros padres, y Yavé nos escuchó, vio nuestra humillación, nuestros duros trabajos y nuestra opresión. Yavé nos sacó de Egipto con mano firme, demostrando su poder con señales y milagros que sembraron el terror. Y nos trajo aquí para darnos esta tierra que mana leche y miel. Y ahora vengo a ofrecer los primeros productos de la tierra que tú, Yavé, me has dado" (Dt 26,5-10).
Celebrar y comer juntos las primicias eran el memorial permanente de relaciones filiales, de amor; memorial del Dios de “los padres", del Dios que oye el clamor de los pobres, del Dios que quiere tierra y agua libre para vivir, del Dios que extiende su brazo poderoso contra todos que nos maltratan, nos oprimen y nos hacen gritar debido a la dura servidumbre que nos imponen.
Y, sobre todo, de un Dios que está satisfecho con el primicias, que desea que las "segundicias" sean todas y siempre para su casa. (estoy inventado a palabra "segundícia" para indicar todo lo que no es primicia)
La marca de este gesto es la "alegría" (Dt 26,11) de reconstruir espacios de vida y de abundancia; alegría de saber que, al final, la “boca de Dios" es el propio pueblo, son los más pobres.
Celebrar el diezmo significa el cambio de todo esto.
Las relaciones aquí celebradas son verticales, diríamos que piramidales, y no horizontales y paralelas. El centro de la celebración es el altar y su respectivo almacén. El pueblo deja de ser la boca de Dios. Sacerdotes y levitas son la nueva boca de Dios, y sus dientes son afilados, afiladísimos.
“Hay gente que maldice al padre,
y no bendice a la madre.
Hay gente que se considerada limpia,
y no se lava de la suciedad.
Hay gente... ¡qué altivos los ojos!
¡Qué soberbios los párpados!
Hay gente cuyos dientes son espadas,
y cuchillos, son sus maxilares,
para eliminar de la tierra a los humildes
y los pobres de en medio de los hombres” (Pr 30,11-14).
Padre y madre son maldecidos, los pobres y humillados son eliminados. Producción y reproducción son puestos al servicio del templo y de los sacerdotes.
¡La alegría de la casa desapareció!
Y desapareció la memoria de un Dios al lado de los pobres.
Dios es el "dueño" de la tierra, para eso tenemos que pagar el “arrendamiento” a sus sagrados capataces.
Dios es un juez implacable que paga a quien le paga y castiga a quién le oculta.
Es en nombre de un Dios así que los dientes del pueblo parecen “limpios”, sin nada que comer. Para Amós esta es la consecuencia del diezmo, eso es lo que él nos va a retribuir:
"Yo les he dado diente limpios en sus ciudades, y falta de pan en sus hogares" (Am 4,6).
Es por eso que Jesús, Palabra hecha carne, abolió el diezmo, así como abolió el templo, el altar y los sacrificios.
Celebrando la cena de la comunidad, Jesús volvió a celebrar la memoria de un Dios que nos amó hasta el fin, que entregó su cuerpo a la muerte, que derramó su sangre por ser fiel al proyecto de justicia, de solidaridad, de la casa, de las relaciones horizontales e igualitarias.
Antes de morir nos dejó una única manera de celebrar: en la casa y no en el templo; alrededor de una mesa y no de un altar; compartiendo el pan y el vino entre nosotros y no ofreciendo sacrificios a los sagrados almacenes.
Es una pena que este proyecto no se mantuvo en nuestras iglesias. Al final, pagar el diezmo es mucho, pero mucho más fácil que dar la vida por la justicia del Reino de Dios.
Y, sobre todo, es mucho más "seguro". Al final, si yo pago el diezmo ¡quien está en deuda conmigo es Dios!
Sandro Gallazzi
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¿Podríamos decir que la tradición del diezmo está ligada al santuario de Betel? Vale la pena recordar la anotación hecha en Gn 28,19-22: "Jacob hizo un voto, diciendo: "si Dios está conmigo y me protege en este viaje, dándome pan para comer y ropa para vestir, y si yo vuelvo sano y salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios. Esta piedra que erigí en la estela se transformará casa de Dios y yo le daré el diezmo de todo lo que Él me de".
La revuelta de Coré (Nm 16,1-11), de Datan y Abirón (16,12-15) y de todo el pueblo (17,6-15). Todas estas revueltas fueron duramente reprimidas –hubo más de 14.700 (7x3x7x100) muertos-. La narración sacerdotal concluye destacando la elección de Aarón, cuyo bastón –único entre todos los bastones de las tribus de Israel- florece y es puesto en el arca de la Alianza (Nm 17,17-26).
Lo que también irritó a Nehemías fue notar que el “sacro-negocio” había sido arrendado, por el Sumo sacerdote, a los tobíades (Ne 13,4-9).
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.