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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

EL IMPERIO Y LOS POBRES EN EL TIEMPO NEOTESTAMENTARIO
Néstor O. Míguez

 Los textos bíblicos, a la vez que textos fundacionales y permanentes para la fe cristiana, comparten con toda la literatura humana los condi­cionamientos del momento histórico en el que fueron plasmados. Es más, parte de su gran riqueza para nosotros reside justamente en que a través de ellos percibimos las luchas y contradicciones sociales en las que nuestra fe toma forma. Es el testimonio de la interacción permanente entre la Palabra de Dios y la acción humana, es decir, la praxis social de la revelación. Por ello no podemos ver en la existencia del Imperio Romano, en la época neotestamentaria, sólo un marco histórico, una especie de telón de fondo, más o menos neutro, frente al cual se juega el drama de la salvación y surge la ekklesia cristiana. Es, por el contrario, un actor principal, ya que confor­ma la estructura social básica, los poderes y principados de este mundo con los que se confronta la naciente comunidad.

Se nos hace necesario conocer la estructura económico-política del Imperio, a fin de poder discernir con mayor claridad de qué manera esta formación social es parte de la realidad humana que afecta y es afectada por el mensaje y praxis que se genera en ella por la acción de Jesús y sus se­guidores. Más cuando el tema de nuestra reflexión, tiene como referencia la situación económica y política generada en nuestro propio contexto por el proceso de transferencia de recursos de los países empobrecidos hacia los países centrales, mediante la así llamada deuda externa.

Este artículo es un intento por destacar algunos elementos de la formación económico-social del Imperio en el primer siglo cristiano, que pueden servir para profundizar la lectura de los textos bíblicos en nuestra propia realidad. No intenta ser una historia económico-social de Roma, ni un trabajo técnico sobre la economía y política de la época. Sólo queremos poner de relieve algunos aspectos de ese actor de los textos bíblicos, que conforman las políticas imperialistas del principado romano.

I. El bloque histórico del principado romano

Desde ya es necesario dejar de lado cualquier intento de concordismo 1, de asimilar el imperialismo romano a lo que actualmente definimos como política imperialista. La formación social que analizamos es una formación pre-capitalista, y no es posible ignorar las distancias entre los mecanismos de producción, apropiación y concentración económica que se dan en ella y en el capitalismo moderno. Pero, aunque tengamos que dejar parcialmente de lado el concepto actual de imperialismo 2, hay ciertos elementos que hacen a la explotación de pueblos y naciones que nos permiten establecer un puente conceptual que haga asequible, para nosotros, la realidad en que se debatían los pobres que conformaron las primeras comunidades cristianas.

El período que denominamos del principado romano 3, se extiende desde el acceso de Augusto al unicato como princeps hasta la ascensión de Diocleciano, en cuyo reinado la crisis que comienza a desencadenarse pro­duce modificaciones en la articulación socio-política vigente hasta enton­ces. El principado constituye una unidad, una única formación social abar­cadora. A los efectos del análisis es necesario distinguir sus instancias eco­nómica, política, social y cultural, así como reconocer variaciones más o menos significativas en distintos ámbitos de su extensa geografía. No obs­tante, como formación social el principado romano se conforma como un sólido bloque histórico 4. El período conocido como la Pax Romana , muestra su fuerza y estabilidad.

La unidad de este bloque histórico está asegurada por la hegemonía indiscutible de la clase propietaria terrateniente y su punta de pirámide, la casa imperial. En el plano político esta hegemonía está asentada sobre el poder del Ejército, cuyo vértice lo constituye, justamente, el Imperator. La misma figura (posteriormente divinizada) del César, se transforma en el símbolo de la unidad ideológica del Imperio. En torno de la existencia del princeps se organiza (se ligan orgánicamente) el conjunto de las relaciones sociales (materiales y simbólicas) de la formación social del Imperio y se conforma el bloque intelectual.

El modo de producción del principado está asentado sobre un sistema de explotación esclavista 5. La contradicción en términos económicos se produce por el hecho de que es del trabajo cautivo de donde se extrae el ma­yor plusvalor, y que es este modo productivo el que permite acumular el excedente económico del que se apropia la clase propietaria fundamental. Esto no significa que la mayoría de la población del Imperio estuviera sujeta a esclavitud, ni siquiera que los esclavos realizaran la mayor parte del trabajo productivo 6. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores libres (arte­sanos independientes, pequeños campesinos y pescadores, etc.) solo alcan­zarían una economía de subsistencia. El excedente acumulable provenía principalmente del trabajo de los esclavos en las grandes explotaciones agrícolas y los grandes talleres artesanales. Pero aún los trabajadores libres no propietarios, o con pequeñas propiedades, trabajadas familiarmente, estaban agobiados con otras formas de exacción, como los impuestos, contribuciones y tasas, los servicios compulsorios, la conscripción militar en el caso de los ciudadanos romanos, etc. La existencia de una economía cuya acumulación se basa en la explotación del trabajo cautivo, afecta no sólo al esclavo y a su patrón, sino que determina también la forma de inserción y articulación de las otras formas de producción económica y del conjunto de las relaciones sociales.

Sin embargo, sería una simplificación reducir a esta contradicción fundamental todo el conjunto de las relaciones sociales en el Imperio, ya que en este tiempo nos encontramos con una complejidad de las relaciones de clase en la sociedad romana 7. No podemos suponer que una vez definido el sistema global, a partir de allí se explican acabadamente todas las situa­ciones particulares de cada grupo o sector social. No obstante, tampoco es posible dar cuenta de las condiciones sociales y de las diferentes expresiones superestructurales que se dan en una sociedad, si no vemos su inserción en la estructura social global.

II. Situación general de la economía 

Ciertamente puede señalarse con seguridad al Alto Imperio [el prin­cipado] también como el período de florecimiento de la economía romana 8. Coinciden un ensanchamiento de las fronteras del Imperio (con una agregación de mano de obra esclava proveniente de los pueblos conquistados) y ciertas condiciones favorables al comercio interno y externo, el aumento de la producción en las economías provinciales, un aumento del proceso de urbanización, entre otros datos. Para nuestro tema resulta importante tam­bién notar que es un período de gran monetarización de la economía romana.

De este conjunto de condiciones podemos destacar:

a) La anexión de territorios: la vocación expansionista aparece a lo largo de toda la historia romana, pero el tiempo del principado marca el hecho de la anexión económica real. Los territorios conquistados militarmente eran anexados económicamente no sólo como fuente de tributos, sino incorporados a la producción y a la actividad comercial, mediante el esta­blecimiento de colonias, el reparto de las tierras fértiles entre la clase pro­pietaria romana y su incorporación a la administración romana. Sólo Egipto conservó parcialmente su estructura tradicional de explotación agrícola. Así, el sistema de explotación esclavista romano se reproducía en toda la extensión imperial con escasas variantes. Por otro lado, como ocurrió con otros imperios, incorporábase a gran parte de la población de los territorios conquistados, ya sea como mano de obra cautiva, ya sea llevando al centro imperial a la intelectualidad y la mano de obra especializada.

b) El lugar del Ejército: el Ejército, expandido en todo el territorio, jugó un papel fundamental, no sólo por su significación política, como garante de la Pax Romana , sino también como factor socio-económico. Mantener un ejército tan numeroso y disperso, requirió una política contributiva muy fuerte por parte del Estado romano. Por otro lado, la presencia militar signi­ficaba cierta tranquilidad para el gran comercio (grandes rutas libres de ladrones y piratas), y cierta intranquilidad para los mercados pequeños (expuestos a la extorsión y saqueo militar). Siendo la paga en moneda roma­na, la presencia de las tropas también tuvo importancia en la monetarización de la economía y en la imposición de la moneda romana como principal circulante metálico.

c) El proceso de urbanización: la política imperial promovió la formación de conglomerados urbanos, alentando la formación de colonias, espe­cialmente con veteranos del Ejército. Esta expansión urbana, sin embargo, no debe exagerarse, por cuanto la economía y el grueso de la distribución poblacional mantuvo una condición agraria. No obstante, desde nuestro punto de vista es fundamental, pues la existencia de la ciudad modifica la forma de distribución económica; la ciudad tiende a metalizar la economía y a concentrar el excedente económico. La clase fundamental del Imperio, el propietario latifundista, se concentró en las ciudades e impuso desde el centro urbano la dinámica de transferencia y acumulación.

d) El crecimiento del comercio: el lema imperial pax et securitas (ver 1 Ts. 5:3) señala, sin duda, la gran ventaja que el Imperio significaba para la actividad comercial. Fuera de los grandes terratenientes, fueron los banqueros y comerciantes los que más se beneficiaron en este tiempo. La importación de bienes suntuarios se constituyó en un negocio lucrativo, a favor de la disponibilidad de las clases propietarias. El comercio de granos de las provincias (especialmente de las africanas) hacia Roma, para abastecer al populus y al Ejército, era decisivo, aunque la mayoría de las veces fue producto de la imposición fiscal más que del trato comercial. Ciertas arte­sanías propias de una región, comenzaron a circular por todo el Imperio. Cuando la actividad comercial se asociaba con el gran negocio del transporte marítimo, se conquistaron significativas fortunas que permitieron a los descendientes de estos comerciantes ingresar a las clases propietarias lati­fundistas. Sólo este último tipo de riqueza era considerado fundamental.

Sin embargo, estos factores de auge económico no deben confundimos en cuanto a lo que podría llamarse cierta prosperidad. Las condiciones naturales de la economía y la explotación agropecuaria, seguramente signi­ficaban que la ración disponible para la mayor parte de la población fuera apenas la suficiente como para asegurar la subsistencia. El excedente que permitía la fastuosidad proverbial de la clase alta romana, o de sus aliados vernáculos en los territorios conquistados, era la parte de la ración arrancada a golpe de látigo a los esclavos, o a golpe de impuesto a las ciudades de­pendientes (que a su vez lo extraían de la zona agrícola circundante).

Quizás no sea coincidencia el que este período de creciente urbanismo, de aumento absoluto y relativo de números en las clases económicamente parasitarias, del lujo en los estilos de vida, fuese también el período en el cual cobró toda su fuerza la diferenciación entre honestiores y humillores, síntoma de la depresión del status de los hombres libres pobres, tanto artesanos como campesinos 9.

No resulta extraño, entonces, que ciertas regiones del Imperio fueran golpeadas por duras hambrunas en un momento u otro, como ocurriera con Judea en tiempos de Claudio (Hch. 11:28-30). Ni que cuando tal cosa ocurría, era más fácil encontrar alimentos en la ciudad parasitaria que en la zona rural productora 10. La economía del Imperio, en la conjunción de estos cuatro factores señalados, favoreció la concentración de riqueza en la capital imperial y algunos otros centros urbanos de mayor desarrollo, pauperizando para ello a la mayoría de la población. Se desarrolló un mer­cado de bienes hegemonizado por la clase fundamental urbana, que concentró la riqueza y el poder político.

III. Monetarización y explotación económica 

Desde el punto de vista económico y social, nos interesa saber de qué manera se produjo esta concentración económica y cómo influyó en la estructura productiva del principado y en la distribución y circulación de bienes. El esclavismo, como modo de producción, encierra una de las claves. Pero aún con un modo de producción dominante, subsisten otras formas productivas. En el caso del Imperio romano, estas otras formas no quedan al margen de la explotación económica. También son incorporadas al conjunto del sistema y de alguna manera sometidas a las condiciones de exacción en las que se desenvuelve la totalidad de la economía.

Una de estas formas es la existencia del mercado como centro comercial. Para ello no basta con reconocer la extensión cuantitativa del mercado, sino la calidad específica y modo de la actividad productiva y comercial. Una pregunta importante en este tipo de análisis, es la cuestión acerca de la función del mercado en la regulación del intercambio y del grado de monetarización de la economía. En ese sentido hay que considerar que el mercado antiguo no obedecía a la ley de la oferta y la demanda, en los términos en que esto se entiende en la economía capitalista. Intercambio de bienes y mercado no pueden asimilarse. El mercado creador de precios solamente es posible por la presencia de la competencia 11.

Para la mayor parte de los bienes que eran consumidos en las ciudades (llamadas por Max Weber centros de consumo 12, las importaciones no eran objeto de competencia sino de transacciones fijas administrativas y realizadas (o al menos ciertamente controladas) por el gobierno. Los cam­bios de precios obedecen a factores ajenos al control del productor (condi­ciones climáticas, cambios políticos, condiciones del transporte, etc.), y no tanto a las leyes del mercado o a la concurrencia de la competencia en el mercado. Por otro lado, el mercado, como lugar de concentración real de la actividad comercial, era el lugar por excelencia para el desarrollo de la tarea impositiva.

Podemos decir que si bien el comercio era una actividad lucrativa para ciertos sectores, lo era en virtud de su estabilidad. En otras palabras, la aventura comercial existía por los riesgos que significaba el transporte de la mercancía más que por las condiciones y variaciones del mercado. Las actividades que mayor volumen movían, como la provisión de cereales a las grandes ciudades, no eran actividades del mercado sino producto de las contribuciones en especie, como en el caso de Roma, o de procedimientos regulados por el Estado. Por ello mismo, difícilmente podían ser operaciones que involucraran moneda. Para decirlo claramente, las operaciones más significativas de intercambio de bienes no eran operaciones de mercado ni operaciones monetarizadas.

Esto nos lleva a la otra pregunta, que es la del grado de monetarización de la economía. Esta cuestión es importante para nuestra comprensión porque la moneda interviene no sólo como factor económico, sino también como factor simbólico, como veremos más adelante. La metalización de la economía (el uso de la moneda metálica como bien de pago) permite una cuantificación uniforme del excedente económico. Es así que una economía metalizada produce una circulación más rápida del excedente y facilita su apropiación. Sin duda, esto ocurrió hasta cierto punto durante el principado romano. Asistimos al período de mayor monetarización de la Antigüedad, a tal punto que en un momento, el circulante monetario superó al excedente real de la economía. Lo que no es lo mismo que decir que la cantidad de moneda superó a la producción, ya que la economía del imperio, con todo el desarrollo alcanzado, nunca dejó de ser una economía natural.

La inexistencia aún de una moneda fiduciaria (el billete, la nota ban­caria, etc.) restringía las posibilidades de una circulación efectiva. Rostovtzeff llega a afirmar que Italia no poseía en su territorio metales suficientes para la acuñación de moneda 13. Tanto que uno de los personajes más ricos de fines del siglo I, Plinio el Joven, poseedor de una extensa fortuna en tierras, encuentra dificultades para reunir el efectivo que le demanda la adquisición de una nueva parcela en la Umbría 14. La limitación del uso de la moneda metálica, que sólo se superará por la creación de la moneda fiduciaria, no impidió, sin embargo, que jugara un papel decisivo en el modelo de acumulación que se generó y en los mecanismos de transferencia, que crearon una situación de endeudamiento para las economías periféricas. Aun cuando los intentos por parte de algunos emperadores de cobrar ciertas contribuciones en metálico, resultaron a la larga imposibles 15.

Para completar el panorama económico es necesario mencionar la actividad financiera, dado que conformaba una de las formas de acumulación y circulación del excedente por vía metálica que caracterizó al principado, y que permitió que el intercambio fuera acompañado por una política bancaria y de inversión 16. No está de más señalar que algunos esclavos (posteriormente libertos) que actuaban como administradores y secretarios de sus patrones, y que estaban encargados de las transacciones financieras, lograron ellos mismos acumular una fortuna considerable como prestamistas. No obstante, es también necesario destacar que la misma naturaleza agraria de la economía, y el propio modo esclavista de producción, limitaban las posibilidades de expansión económica que este intento monetarista podía presagiar, y el desfase entre el grado de monetarización de la economía del principado y el modo productivo, fue uno de los factores que provocó la crisis del sistema.

Nos encontramos, entonces, con un período de gran concentración del excedente, o, en otros términos, de una mayor exacción económica por parte de la clase fundamental. Esto significó una demarcación más estricta del límite entre las clases sociales, toda vez que el excedente, así como la mayor parte de los bienes productivos, se concentran en pocas manos, especialmente en las del nuevo vértice de la pirámide social: el César, su casa y sus amigos. La política económica del imperialismo romano muestra ciertas características propias, que la diferencian de otras formas de Imperio de la Antigüedad. Aparecen rasgos de similitud con ciertas formas modernas de acumulación económica. Se constituye una economía central dominante, que acumula el excedente, que establece mecanismos de transferencia y concentración que no dependen solamente de la recaudación impositiva (la cual ciertamente no faltó en el Imperio). Por otro lado, se traslada el modelo de explotación imperante al conjunto de los pueblos sometidos (lo que constituye una diferencia con las formaciones asiáticas), reproduciendo las condiciones de dominación al interior de éstos mediante el fortalecimiento de elites vernáculas asociadas. Se establecieron me­canismos financieros de circulación económica de la periferia hacia el centro, y de los lugares de producción de materia prima hacia centros de consumo parasitario.

A los fines de nuestro trabajo, nos encontramos en la segunda mitad del siglo I con el sistema esclavista en su plenitud, con un alto grado de monetarización y de acumulación del excedente, con un comercio dinámico para los parámetros de la Antigüedad, y con la existencia de una clase fundamental de terratenientes urbanos, cuyo máximo exponente es la propia figura del princeps, quien es a la vez el operador político fundamental en su carácter de jefe único del Ejército. Frente a ello no aparece ninguna fuerza política capaz de discutir esa hegemonía, con naciones y pueblos periféricos debilitados y sometidos a una fuerte exacción económica, cuyas elites han sido asimiladas al sistema dominante y con una creciente brecha entre los sectores sociales.

IV. Factores políticos

La existencia de una clase hegemónica tan fuerte y de mecanismos permanentes de explotación, no puede explicarse sólo desde el análisis de ciertos factores económicos. Es necesario señalar elementos políticos e ideológicos concurrentes, que posibilitaron casi cuatro siglos de dominación imperialista romana con escasa oposición. No podemos en este breve artículo abarcar la totalidad de estos factores. Sin embargo, los fines de que nuestro panorama sea un poco más amplio, enumeraremos algunos cambios que se dieron en la organización política en el pasaje de la República al Imperio que facilitaron esta situación.

Entre estos factores políticos, podemos señalar:

a) Se modifica el lugar del ciudadano en la formulación de la política, surgiendo con más fuerza los hombres nuevos que provienen de las oligarquías provinciales, de la carrera militar o de la administración cesárea. Un ejemplo de esto es que en las propias polis libres de Grecia, la ekklesia, asamblea integrada por los ciudadanos libres, va perdiendo su capacidad política a favor de la boulé, el Consejo constituido por la élite que era reco­nocida como parte del ordo decurional romano. En Roma, los comicios ciudadanos prácticamente habían desaparecido, y sus funciones habían sido subsumidas en la autoridad cesárea, que tenía el ser tribuno vitalicio entre sus atributos de gobierno. De esa manera el ciudadano, aun cuando esta categoría importaba ciertos privilegios legales, había ido perdiendo su poder político a favor de las oligarquías imperial y local, y de los funcionarios administrativos.

b) La modificación de los mecanismos de administración estatal romana, también comporta cambios políticos. Uno de ellos es la necesidad de una administración centralizada, con la que se desarrolla una burocracia estatal cada vez más poderosa. El poder administrativo se revela como uno de los anclajes del mecanismo de dominación y los administradores se constituyen como un factor político fundamental. De esta manera, los fun­cionarios del César acceden a un poder creciente. Pero no debe verse esto como el surgimiento de una nueva clase social enfrentada con el patriciado romano. Si bien hay enfrentamientos parciales también hay una paulatina asimilación. Se produce el pasaje de un estado aristocrático a uno burocrático. No obstante, este Estado burocrático central, que por su capacidad admi­nistrativa asegura el flujo de bienes de la periferia hacia el centro imperial, se apoya y se recluta en las aristocracias locales de los estados sometidos.

c) Un tercer factor es la presencia del Ejército en la nueva síntesis política imperial. El famoso cruce del Rubicón por parte de César en el 49 a .C., marca el comienzo de la participación plena del poder militar en la determinación del curso político de Roma. A partir de ese momento queda consagrada una realidad que durará siglos: el Ejército conquistador pasa a ser la principal fuerza política interna, eje del poder imperial y sustentadora de la política romana. La extensión territorial y la heterogeneidad de los pueblos conquistados, exige la presencia de una fuerza militar sólidamente estructurada, profesionalizada y estable. El poder militar reside disperso a lo largo y ancho de la cuenca mediterránea, y el poder político de Roma está vinculado a la efectividad y cohesión de las fuerzas que aseguran el control de la Pax Romana. La fuerza a la que se le confía el uso de la violencia hacia el enemigo externo y en la expansión del propio poder, termina imponiendo esa capacidad de violencia en el interior de la propia formación social. Sería, sin embargo, nuevamente un error presuponer que la fuerza del Ejército lo constituye en una clase. Su poder tiene otra dimensión; su acción, objeti­vamente, responde a los intereses de la clase fundamental (sus comandantes eran senadores y caballeros romanos), aunque eventualmente se generen contradicciones secundarias y conflictos que surgen de la pugna política en el seno del Estado.

Pero no podemos considerar que es la acción directamente militar del Ejército romano como represor, lo que asegura el control imperial. El Ejército cumple también una función económica y una función ideológica. Como factor económico, el Ejército provee una realización propia, ya que es un factor productivo (incorpora territorios, botines de guerra y esclavos). Por otro lado, es un factor de circulación monetaria. Desde el punto de vista ideológico también es importante. Más que reprimir directamente, el Ejército trasmite una sensación de invulnerabilidad del poder romano, y a la vez ofrece un modelo de estructuración social. Así lo señala E. Staerman:

Finalmente el gobierno necesitaba de organismos fieles y bien organizados no sólo para la ejecución sino también para la propaganda de su política y de la ideología oficial. Uno de estos organismos era el Ejército. Los soldados y los comandantes que habían prestado su servicio eran ahora veteranos dispersos en las ciudades de Italia y en las provincias y, después de haber defendido el Imperio con las armas, desempeñaban diversos cargos (como administradores de territorios, o incluso como agentes secretos e informadores); pero sobre todo eran portadores de romanidad, de ideas y cultos romanos que gozaban de protección oficial 17.

V. Factores ideológicos

Esto nos lleva de pleno a la consideración de algunos factores de tipo ideológico. Lo ideológico es un elemento constitutivo de la dominación y está totalmente integrado en el bloque histórico, ya que es el bloque intelectual lo que permite la articulación entre los factores estructurales de acumulación económica y las políticas y elaboración simbólica. Para que pueda hablarse de una hegemonía absoluta, como la que se da en el bloque histórico del principado, es necesario percibir que la conformación ideológica dominante es tal que la dominación aparece como legítima e inevitable. Aun a los ojos de los propios sometidos. Es decir, que la clase fundamental logra imponer su dominio como legítimo, o al menos como necesario, conveniente o inevitable, y articular esta concepción dentro de la sociedad política sin necesidad de recurrir continuamente a la fuerza militar 18. Tal es la función del bloque intelectual, que produce una verdadera apropiación de la producción simbólica por parte de la clase fundamental mediante su dominio de la sociedad política.

César se propuso (...) atraer a Roma los mejores intelectuales de todo el Imperio romano, promoviendo una centralización de gran alcance. Así se inició la categoría de los intelectuales imperiales' en Roma 19.

La extensión de esta construcción ideológica y su vinculación con los mecanismos de transferencia impuestos en la sociedad imperial romana, impiden aquí una exposición siquiera tentativa de su conjunto. Me limitaré, pues, a los dos elementos que considero más estrechamente vinculados con el tema de la transferencia económica: el de la Pax Romana y la función ideológica del acuñamiento de moneda.

Si, como ha sido considerado en los párrafos anteriores, el Imperio se organiza teniendo al Ejército como uno de sus centros políticos, resulta evidente que la síntesis ideológica dominante debe crear un espacio central para la presencia de la fuerza militar imperial. Por contradictorio que pa­rezca, este espacio ideológico para la legitimación de la imposición militar se construye durante el principado en torno de la Pax. La intervención de la fuerza armada romana es la factora de la paz: Si quieres la paz, prepárate para la guerra, había dicho Cicerón.

Dado que el poder militar romano aparece como inexpugnable, cualquier resistencia a él termina por ser no sólo militarmente inútil, sino además ilegítima. Es ilegítimo oponerse por la razón que la fuerza misma encierra. Según esta argumentación, el sometimiento a esta fuerza irresistible termina por ser válido, porque Dios (Los dioses) está donde está la fuerza. Es con­veniente, por cuanto así se asegura un orden que resulta en la preservación de un sistema de vida que termina por identificarse con la vida misma. Sin duda, esta fue la experiencia de las clases altas de los sectores helénicos sometidos y aliados a Roma. Justificación que aparece incluso en boca de Flavio Josefo, un judío helenizado que con estos razonamientos descalifica a la guerra nacionalista de sus compatriotas de Judea. Gracias a este do­minio, Josefo le hace decir a Tito que los que se someten a Roma, están go­zando en paz de sus posesiones 20. ¡Claro que para ello hay que tener posesiones!

Esta paz y seguridad garantizada por la presencia de las legiones romanas, es el espacio necesario para el desarrollo del comercio internacional, que a la vez que lucrativo, favorecía la concentración económica. Porque de la periferia hacia Roma, fluía la mercadería, y de Roma hacia la periferia, circulaba moneda, cuyo valor dependía de la vigencia del dominio romano. Así, pues, se justificaba el mantenimiento del Ejército como mantenimiento de la paz, y con ello se justificaba el sistema económico que garantizaba la presencia del Ejército. La desocupación producida por el vaciamiento de las economías agrícolas regionales en el molde esclavista, encontraba su compensación con la incorporación de los desocupados de ciudadanía romana en el Ejército, y la presencia de éste para evitar el alzamiento de los otros desocupados.

De esa manera, el mundo se ordena de acuerdo a los principios de poder: las cosas están en su lugar, hay seguridad, hay paz. Los ricos son ricos, gobiernan y disfrutan; los pobres son pobres, se someten y trabajan; Roma es eterna y su dominio no conoce fin: es la Paz definitiva. Los hombres deben reconocer que los dioses son los garantes de esa paz 21. El man­tenimiento del sistema es la garantía de la vida humana y de la Pax deorum. Quebrar cualquiera de los datos de este sistema, es amenazarlos a todos.

De este modo, tanto los factores ideológicos a nivel político como religioso, juegan a favor del ordenamiento económico. La religiosidad del Imperio no es, al modo de hoy, una religiosidad subjetiva, sino objetiva. El creyente individual podía optar por el Dios que quisiera, los cultos oficiales, sus deidades nacionales o los ritos mistéricos, y saciar su interioridad con las plegarias que tuviera a bien elegir. Lo importante es que participara de los actos de culto colectivo (festivales, juegos cívicos, etc.) y se asegurara su reconocimiento de las deidades oficiales, a las que pronto se agregaron el propio Emperador y la diosa Roma. Es decir, los actos formales que constituyen la religión política.

Una de las formas de imponer la hegemonía ideológica, y que para nuestro tema resulta especialmente significativa, es la circulación monetaria. La moneda hace presente a la ideología dominante, al menos de tres maneras:

a) la presencia de la moneda crea una serie de mecanismos que influyen sobre toda la conformación ideológica, por la trasmisión de poder que establece a través de los mecanismos que Marx llamó fetichización 22. Se hace presente el poder de la moneda misma como portador de valor. De esa forma, el valor del producto es reemplazado por una ficción, la moneda, que aparece conteniendo al producto mismo. La posesión de la moneda crea así, tanto en el que la posee como en el que carece de ella, una imagen de valor que se configura como poder.

b) por otro lado, muestra el dominio del poder emisor. Quien tiene el poder, es quien emite la moneda y declara su validez. Cuando la moneda romana se convierte en la medida económica en toda la extensión de la cuenca mediterránea, desde Britannia hasta el Indo, indica quién gobierna y quién regula toda la actividad económica en ese ámbito. Cuando Jesús es preguntado por el pago del tributo (Mc. 12:13-17), responde señalando justamente este dato. La moneda del tributo la moneda romana es portadora de todo el sistema cesáreo. Si se está dispuesto a ser incluido en este sistema, no hay forma de evitar las consecuencias que trae aparejado. El tema es que el sistema que se maneja con esta moneda, está excluido de la bendición divina. Pertenece a otra divinidad: al César.

c) la circulación de la moneda es también la circulación de una imagen, como también lo destaca Jesús 23. La moneda del tributo, con la imagen del divino César, es portadora de un determinado mensaje. Cuando el Imperio acuña una moneda para celebrar la derrota del alzamiento judío en el año setenta, la imagen impresa muestra a Tito con un pie sobre un escudo, bajo el cual aparece tirada y derrotada una mujer, con la inscripción: Judea.

Esa es la imagen del anverso de una inscripción que dice: Pax. Hay un mensaje que fue propuesto a todos los que vieron, usaron e hicieron circular esa moneda. Así se publicitan los resultados de la política imperial y su ideología 24. De esa manera, la moneda no sólo permite una más fácil transferencia y acumulación económica, sino que además refuerza los mecanismos que la producen.

Por supuesto que no hemos sino esbozado a vuelo de pájaro, unos poquísimos elementos del complejo sistema de dominación romano. Los factores económicos, político-militares e ideológicos, que cubrieron uno de los períodos históricos a la vez más estable: y más ricos de la historia de occidente, están lejos de poder ser abarcados en un estudio sintético, como la extensísima bibliografía existente sobre el tema lo demuestra. No obstan­te, a los fines de nuestro trabajo, en esta oportunidad nos detenemos en este punto para retomar la cuestión inicial: cómo estos factores históricos juga­ron en la conformación del mensaje de la fe cristiana.

VI. Una reflexión abierta 

Esto no puede ser una conclusión, por cuanto lo único que he hecho es abrir un espacio y volver sobre algunos datos para la tarea hermenéutica. Cuando nos planteamos una lectura de un tema tan actual y acuciante como es el de la deuda internacional, a la luz de los textos bíblicos, releer las condiciones socio-económicas objetivas en las que se debatieron las primi­tivas comunidades de fe puede resultar ilustrativo. Un trabajo más extenso y detallado, debería dar cuenta de cómo estos elementos entraron en la dinámica de los textos neotestamentarios.

Ciertas similitudes aparecen entre el sistema de acumulación romano y las actuales condiciones económicas. Existe un complejo mecanismo de transferencia de recursos de los países periféricos hacia los centrales, y de las clases productoras hacia la mediación financiera. Se impone la presencia de la moneda fuerte que regula la posibilidad de circulación y controla las economías subalternizadas, imponiendo a la vez un mensaje de extraña­miento. También constatamos la ampliación de la brecha entre pobres y ri­cos, y un proceso de pauperización creciente en los sectores marginados de la economía dentro de las propias economías nacionales. Estos ele­mentos están denotando un sistema de explotación que se ha mundia­lizado, donde las posibilidades de liberación ya no dependen de contextos aislados sino de situaciones complejas, vinculadas con el juego de las re­laciones internacionales. Verificamos la presencia de una fuerte hegemonía mundial, con su idéntico lema de Paz y Seguridad.

Sin embargo, estas similitudes no deben confundirnos y hacernos caer en una comparación simplista. Ya no vivimos en una economía natural, sino en una economía industrializada y tecnificada. Las políticas económicas y financieras se han desarrollado y el crédito internacional adopta otras for­mas. Los mecanismos mismos de la opresión han cambiado. Una cadena retenía al esclavo romano; el asalariado está unido a su propietario por hilos invisibles. Sólo que éste no es el capitalista individual, sino la clase capi­talista 25. Las formas de sujeción imperialista han dejado de lado el dominio colonial directo en la mayoría de los casos, y la función de hege­monía a través del bloque intelectual se ha modificado por fenómenos como la escolarización y la presencia de los medios masivos de comunicación. En fin, la lista de diferencias cualitativas y cuantitativas sería innumerable. Esto debe volvernos muy prudentes a la hora de leer los textos bíblicos, para evitar un traslado demasiado directo de una situación a otra, de una formación social a otra, lo que nos podría llevar a formulaciones contradictorias. Nos interesa profundizar en el sistema de la economía romana, no para compararla con la nuestra, sino para discernir lo que este sistema significó para su propio tiempo, y comprender así cómo vivieron su fe las primeras comunidades cristianas.

Entre las muchas diferencias, es necesario anotar que la Antigüedad carecía de una ciencia analítica de la economía 26. No podemos esperar, por lo tanto, que los textos neotestamentarios nos provean una crítica de los mecanismos opresivos al modo de hoy. Lo que perciben los seguidores de Jesús en ese primer siglo, es el peso real de un sistema que se transforma en una deidad. El politeísmo romo religión civil, da paso a la adoración del Imperio como religión política 27. Esa nueva deidad, el Imperio roma­no, exige el sacrificio de todos sus sometidos. Por eso, el cristianismo resulta un enemigo total del sistema. Por su reclamo de un Dios excluyente y su adoración a un crucificado, amenaza la pax deorum e introduce una nova superstitio.

Los efectos del poder imperial romano, que producen la concentración de riqueza en las clases privilegiadas urbanas y someten al resto de la población, son visualizados en las páginas neotestamentarias como anuncios de la corrupción total, y por consiguiente, aquéllas deben ser totalmente despojadas de su poder. No es que hay que cambiar este o aquel elemento para obtener justicia. Es todo el sistema económico que lleva la imagen del César el que se diferencia de aquél que lleva la imagen de Dios. El crucificado (es decir, el despreciado y oprimido por el poder romano y sus aliados) es portador del mensaje y la presencia del Dios verdadero, por eso se identifica en todos los hambreados, sedientos, encarcelados y enfermos.

Porque el juicio es sobre el sistema total, no puede ser sino apocalíptico. Santiago (St. 5:1-6) y el autor del Apocalipsis (Ap. 18), identifican los lugares de la injusticia con la acumulación de riqueza. No es por la acumulación sino por el compartir, como se construye la economía del Reino (II Cor. 8:1-15). Los cristianos del primer siglo sintieron en carne propia cómo el Imperio oprimía a los pobres. No tenían las herramientas científicas para analizar los mecanismos de la exacción económica, de la transferencia de recursos y del empobrecimiento. No obstante, percibieron con claridad que la injusticia aparecía donde aparecía la acumulación. Percibieron también la injusticia total del sistema como manifestación de lo satánico que gobernaba este mundo (Ef. 6:12). Encarnaron e idealizaron paradigmáticamente otra forma de distribución de bienes. Una sabiduría que surge de la necesidad, de la debilidad, que los gobernantes de este mundo no son capaces de reconocer (1 Cor. 2:6-8).

La injusticia de la deuda externa de nuestros países es sufrida por los pobres. Como en los tiempos neotestamentarios, aquellos que nada reciben son los que deben pagar. Pero hoy tenemos medios de reconocer los mecanismos sociales y económicos que generan esta situación. La ideología que encubre estas formas de opresión se muestra con toda su fuerza idolátrica, con toda su carga de mentira y muerte. Nuevamente, desde el no poder, desde el sufrimiento y la debilidad, surge la fuerza de la verdad, la presencia del Cristo crucificado. Y a la condena del sistema global, a la justicia escatológica que no renunciamos, se agrega la fuerza ética de la comunidad de los pobres, que leen en los testimonios de sus hermanos del primer siglo las mismas luchas por su dignidad que ellos experimentan. La fe de los humildes sigue siendo la nutriente de nuestra esperanza.

 

1 Para una crítica del concordismo ver: Croatto, J.S.: Hermenéutica bíb1ica, La Aurora, Buenos Aires, 1984, págs. 13-14.

2 Para una discusión de la aplicabilidad del concepto de imperialismo a la Antigüedad, y su relación con las concepciones actuales ver: Musti, Domenico: Polibio e1, imperialismo romano. Liguori Editore, Nápoles, 1978, especialmente la Introducción.

3 En 1a denominación de principado para este período. sigo la argumentación de G.E.M. de Ste. Croix: The Class Struggle in the Ancient Greek World, Comell University Press, Ithaca , N.Y. , 1981, pág. 373.

4 Utilizamos esta expresión en el sentido que adquiere en la obra de Antonio Granisci. Ver la notable exposición del tema en: Portelli, Hughes: Gramsci y el bloque histórico, Siglo XXI, Méjico, 1973.

5 En el No. 3 de RIBLA, Ludovico Garmus (El imperialismo: estructura de dominación, págs. 1-23) señala qué entendemos por sistema esclavista y su vinculación con un sistema imperialista, en su caso analiza el Imperio asirio. La obra de G. de Ste Croix ya citada, trae un extenso análisis de la naturaleza de la conformación esclavista en el mundo griego antiguo, incluyendo el Imperio Romano.

6 Ste. Croix, O. de: op. cit., pág. 133.

7 Mazza, Mario, en: Staennan,E.: La schivitú nell' Italia imperiale, I-III secolo. Editori Reuniti, Roma, 1982 (2a. ed.), Prefacio, pág. XXI.

8Alföldy, G.: Römische Social-Geschichte, Franz Steiner Ver1ag GMBH, Weisbaden,1975. Todos los historiadores consultados sobre este período coinciden, palabras más o menos, con esta definición.

9 Finley, Moses: Economía de la Antigüedad, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid, 1974, pág. 197.

10 Ste Croix, G. de: op. cit., págs. 219-220.

11 Polanyi, K., Arensberg, M. y Pearson, H.: Comercio y mercado en los imperios antiguos, Editorial Labor, Barcelona, 1977, pág. 313.

12 Citado por Finley, M.: op. cit., pág. 195.

13 Rostovtzeff. M.: Historia social y económica del Imperio Romano (2 tomos), Espasa-Calpe. Madrid, 1962, Vol. 1, pág. 126.

14 Finley, M. 1.: op. cit., pág. 199.

15 Staerman, E.M.: op. cit., pág. 6.

16 Aiföldy, G. de: op. cit., pág. 85.

17 Staerman, E.: op. cit., pag. 162.

Q8 En el caso concreto del principado romano, señala estos aspectos A. La Penna: Aspetti del Pensiero Storico Latino. Piccola Biblioteca Einaudi, Giulio Einaudi Editare, Torno, 1978, pág. XI.

19 Gramsci, Antonio: Gli Intellettuali. Editori Reuniti, Torimo, 1978, pág. 38.

20 El desarrollo de este punto es expuesto por Wengst, K.: Pax Romana and the peace of Jesus Christ, SCM Press Ltd., Londres, 1987, especialmente págs. 15-21.

21 Una estudiada exposición del tema en: La Penna, A.: Orazio e l'ideologia del principato. Giulio Einaudi Editore, Tormo, 1963.

22 Para esta comprensión, nos regimos por los trabajos de Godelier (Godelier, M.: Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas, Siglo XXI Editores, Madrid, 1974, especialmente capítulos X y XI) y de Hinkelammert (Hinkelammert, F.: Las armas ideológicas de la muerte, Sígueme, Salamanca, 1978, especialmente págs. 32-45).

23 Ver la interesante exégesis en ese sentido de Klaus Wengst: op. cit., págs. 58-61.

24 Una interesante exposición del tema puede encontrarse en J. Rufos Fears: The Culto of Virtues and Roman Imperial Ideology,publicado en Ausftieg und Niedergang der römischen Welt, W. Haase (ed.), Walter de Gruyter, Berlin-New York, Vol. III, 17,2. págs. 828-948, especialmente págs. 889-924. En su nota 395 (págs. 9 11-12), se refiere a la circulación de moneda como elemento ideológico.

25 Marx, K.: EZ capital, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973, Tomo I, pág. 550.

26 Ver M. Finley, op. cit., Primera parte.

27 Sobre el concepto de religión po1ítica y religión civil y su percepción por parte de las primeras comunidades: cristianas, ver Moltmann, J.: Crítica teológica de la religión política, en Metz, J.B. Moltmann J. y Oelmüller, W.: Ilustración y teoría teológica, Sígueme, Salamanca, l973, págs. 11-45, especialmente págs. 22-25.

 

 
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