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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
Apocalíptica y esperanza de los oprimidos I. La literatura apocalíptica se desarrolló notablemente en los últimos siglos antes de Cristo y en los primeros de nuestra era. No muchos de sus textos ingresaron en el canon de Escrituras sagradas. Los fariseos no eran afectos a la apocalíptica, porque expresaba un canal revelatorio no manejable por la Torá. El libro de Daniel, sin embargo se recomienda a sí mismo por su primera parte (1-6), en la que se perfila la figura de un judío modélico, observante fiel de las leyes y de las costumbres del pueblo hebreo. Hay textos en el AT de fuerte tono escatológico (que no es lo mismo que apocalíptico) pero que no configuran propiamente una obra apocalíptica (Joel 3-4, Zacarías 9-14, Isaías 24-27, etc). Estos ofrecen imágenes y representaciones teológicas que serán ampliamente explotadas por los apocalipsis. Eso es verdad. El NT contiene más material apocalíptico que el AT: además de una obra completa como el Apocalipsis, tenemos pasajes reconocidos como apocalípticos dentro de otras obras, como el discurso sobre el fin en los tres sinópticos (Mt 24; Mc 13; Lc 21), los pasajes paulinos de 1 Ts 5,13-18; 1 Cor 15,35-53 (¿y Rom 8,18-25?), o una relectura como la de 2 Ts 2,1-12. Las dos cartas a los Tesalonicenses están escritas en perspectiva apocalíptica en su totalidad por estar teñidas de los temas del Día del Señor y de la parusía: lo mismo pasa con la carta de Judas o con la 2 P. Pero en sentido propio, apocalipsis (cuyo rasgo describiremos después) es solamente el último libro del NT. El discurso escatológico de Jesús (Mt 24 y par.) es eminentemente apocalíptico por su forma y su contenido, pero está inserto en una obra (el evangelio) que no es apocalíptica y tiene un elemento esencial desapocaliptizador como es el reclamo de misionar (Mt 24,14; Mc 13,10; Lc 21,12ss.). Más numerosos que los que ingresaron en el canon del AT (hebreo o griego)y en el del NT son los textos apocalípticos que quedaron fuera, pero que no por eso son menos importante. Al menos lo fueron para los grupos que lo transmitieron. El volumen y el proceso de formación de alguno de ellos son indicadores de su enorme gravitación en ciertos círculos. Tal es el caso del ENOC etiópico (así llamado por haberse conocido a través de la versión etiópica), formado por cinco libros de diferentes épocas y que tiene en total de 108 capítulos. Señal de una larga gestación de la tradición enóquica (apenas recogida en Gén 5,21-24), cuyo ciclo literario culmina en una composición (con cinco libros) que hace competencia al Pentateuco, ya en el siglo II aC reflexiones parecidas merecen los grandes apocalipsis que llamamos 4 de Esdras y Apocalipsis siríaco de Baruc (ambos de fines del siglo I o II dC)que tienen una motivación político-religiosa.
II.1. Toda esta proliferación apocalíptica debe tener una explicación. Y ésta no está en la que suele indicarse en la literatura especializada, en la que se discute si la apocalíptica deriva de la profecía (opinión más común actualmente) o de la sabiduría (Cf. Von Rad y Otros). Hay que tener en cuenta, respecto de esta discusión, que la literatura profética ya había incorporado muchos temas y motivos sapienciales cuando se desprendió de ella la apocalíptica. Pero más relevante es el origen social de esta literatura. Leída desde una perspectiva lejana como la nuestra, o como texto dentro de un canon de Escrituras que nivela todo como palabra de Dios sin mayores distinciones, no representa lo mismo que cuando se la sitúa en su contexto cultural e ideológico. Ante todo, hay un contexto socio-político y cultural. Por un lado, el dominio extranjero sobre Judá, que generaba muchas frustraciones políticas y económicas desde el exilio hasta después de formado el NT. Una de sus expresiones está en la elocuente oración de Nch. 9,36s.: Míranos hoy a nosotros esclavos, y en el país que habías dado a nuestros padres para gozar de sus frutos y bienes; mira que aquí en servidumbre nos sumimos: sus muchos frutos son para los reyes.... Estos reyes no eran propios sino persas. Para los judíos de la diáspora, el problema era principalmente cultural y religioso: su religión monoteísta los regrababa de la sociedad, sus costumbres los hacían diferentes. Cabían tres consecuencias posibles: ser marginados de la sociedad, ser absorbidos por ella (con la pérdida de su propia identidad), o ser perseguidos como desestabilizadores. Esta última era también la situación de los primeros cristianos en el contexto del imperio romano. La acusación de los comerciantes romanos de Filipos contra Pablo y Silas muestra lo que se respiraba en aquella atmósfera: Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar, ni practicar(Hechos 16,21). En el contexto socio-político interno de Judá emergen ya desde el post-exilio temprano distintos grupos en torno a la proximidad del poder, político y religioso. Los persas usan a los judíos para su propio proyecto político-económico; los que regresan del exilio traen su propio proyecto religioso y no quieren la colaboración de la población mixta de Judá (el pueblo de la tierra) (Esdras 4,1-5). Está también el proyecto de los samaritanos, a cuya satrapía pertenece Judá. Los que retornan del exilio continúan el espíritu de la antigua élite jerosolimitana deportada por Nabucodonosor (2 Re 24,14-16; 25,11s.). Su proyecto se manifiesta en el control del templo y sus instituciones y es sostenido por los profetas Ageo y 1 Zacarías (Zac 1-8), por Esdras y Nehemías (ver los libros homónimos). En la etapa exílica, generadora de tradiciones en esa línea, hay que enumerar a Ezequiel 40-48 y a los círculos que plasmaron la tradición S (sacerdotal) del Pentateuco. La figura más antigua que los representa es la de Sadoc , sumo sacerdote de Jerusalén desde los tiempos de David/Salomón. En la oposición estuvo siempre el sacerdocio de Ebiatar, de orígenes israelitas más antiguos, en cuya línea hay que contar a los levitas, símbolo del sacerdocio marginado, pero que después del exilio levanta su voz en los oráculos del 3 Isaías (cf. Is 66,21), cuyo espíritu abierto es contrario a lo que será la reforma de Esdras y Nehemías (cf. Is 56,3-8).
II.2. Más adelante, el proyecto teocrático de los regresados de Babilonia genera a su vez otro grupo contestatario, el de los visionarios representados por el 2 Zacarías (Zac 9-14) y (según P.D. Hanson) también el 3 Isaías, aunque hay demasiada distancia, entre ambas obras. Detrás de estos visionarios comenzaría a perfilarse la tendencia apocalíptica , cuyo primer rasgo sociológico es el ser marginados del establishment religioso-político. Si esta reconstrucción es fiable, nos daría otra coincidencia con lo ya advertido al comienzo respecto de que la apocalíptica no era del agrado de quienes (como los fariseos)controlaban el origen religioso (la Ley). Los visionarios se escapaban de ese control central; tenían otra palabra de Dios complementaria. Que esto sea un hecho a tener en cuenta en toda valoración de la apocalíptica, se confirma por la indicación notable, pero no justamente apreciada sociológicamente, del 4 de Esdras , cuando en la séptima visión (cap. 14,1-48, la leyenda de Esdras) el personaje de Esdras es representado como un nuevo Moisés. Una voz que le habla le ordena escribir sobre tablas todo lo que ha ocurrido en el mundo desde el comienzo, y todo lo que estaba escrito en la ley (violada por los israelitas) (14,22). Ayudado por cinco hábiles escribientes, escribió 94 libros (14,44). El AT contiene 24 libros (a veces conjuntos) según la enumeración antigua; !quedan 70! (número simbólico, además, que indica plenitud/totalidad). En éstos está escrita la historia del mundo (según 14,22), un tema eminentemente apocalíptico como veremos. Aquí nos interesa destacar que para la comunidad donde surge esta obra hay una revelación divina, que triplica la del AT o Torá, que no pasa por ésta y que por tanto no es controlable por los grupos de poder que se rigen por ella. Los grupos marginados necesita crear su propia palabra. Por eso la literatura apocalíptica delata a cada paso la división dentro de la comunidad judía. A la oposición teocráticos/visionarios recién señalada, equivalente a la de poderoso/marginados en el plano político-social, se añade- y recibe la más enfática expresión en los textos apocalípticos- la oposición justos/impíos. Esta no es propia de la apocalíptica pues aparece en los libros sapienciales (sobre todo en su forma redaccional más reciente) y en la oración litúrgica (Salmos). En la literatura apocalíptica, sin embargo, dicha oposición es central en la cosmovisión de los grupos de base. Los temas apocalípticos del juicio, del reino escatológico, de la visita última de Dios, de la resurrección, etc; están marcados por esa polarización religiosa, que muchas veces quiere invertir una polarización social de efectos opuestos. Hablar de elegidos es corriente en esta literatura. Estos, y no todo Israel, son los destinatarios de las revelaciones (de ahí el vocablo apocalipsis) mediadas por el personaje protagónico (Moisés, Enoc, Jesús, Juan, o el que sea). De esto volveremos a hablar. En resumen, los grupos apocalípticos surgen como una forma de protesta, y a veces de resistencia, frente a un sistema opresor centralizador del poder, ideológicamente discriminador religiosamente monopólico, etc; que de echo los margina. Esto los aproxima a la condición de pobres y periféricos, al menos en una primera instancia.
II.3. Hay también otro aspecto, poco contemplado, que explica el nacimiento de la apocalíptica, en especial en su cristalización conceptual. La misma situación socio-política y religiosa ante señalada, generaba una crisis de fe en relación con las promesas . Las frustraciones históricas de Israel, o de grupos dentro de él suscitaban la pregunta por el valor de las promesas de bendición tan marcadas en los textos sagrados, en particular en la Ley y en los Profetas. Dejémonos expresar por el autor del ya mencionado 4 de Esdras : Digo esto ante ti, Señor, porque has dicho: es a causa de vosotros que he creado el mundo. La otras naciones que descienden de Adán son como la nada; se asemejan a la saliva, o a las gotas de agua de un cubo, ellas y sus alegrías. Y ahora he aquí que estas mismas naciones que son como la nada nos dominan y nos pisotean. Y nosotros, tu pueblo al que decías: Sois mi primogénito mi hijo único al que amo, estamos en sus manos. Si has creado el mundo para nosotros, ¿por qué no lo poseemos como herencia?(6,55-59). Esta sorpresa, si no escándalo, por la situación presente de quienes fueron objeto de las promesas más excitantes, genera la típica pregunta ¿hasta cuándo? de los apocalípticos (Dn 8,13; Ap 6,10 ¿hasta cuándo-claman los mártires cristianos- vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre?'; 4 de Esdras 4,35 ¿hasta cuándo estaremos aquí? ¿cuándo vendrá la cosecha de nuestra recompensa?'). Estas preguntas se hizo el pueblo de Israel también en otras situaciones (cf. Ps 74,10; 89,47, dos salmos que constatan, y por eso protestan, la discontinuidad entre realizaciones o promesas del pasado y la realidad ruinosa del presente). Pero mientras en la fe tradicional de Israel se esperaba que Yavé reiterara las promesas del pasado (creación, éxodo, etc.) (cf. Ps 74,2; Is 51,9-11, o la maravillosa oración de Is 63,7-64,11) o que realizara las promesas ya conocidas (oráculos proféticos de salvación), en los apocalípticos se imagina una nueva revelación . Nueva respecto de los libros que recoge la tradición pasada; pero antigua en cuanto no acontece ahora sino que ya fue manifestada a un personaje especial al comienzo del mundo o de Israel, o de una etapa clave de su historia; se trata por tanto de una revelación originaria (a Adán, a Enoc, a Set, a Abrahán, a Moisés, a Daniel, a Jesús [Mt 11,25 s.], a cuatro discípulos privilegiados (Mc 13,3), a Juan, etc.). Veremos más adelante que este modelo tiene que ver con el mensaje de los textos apocalípticos; ahora basta señalar que se trata siempre de un material revelatorio diferente del tradicional. Y que su contenido anticipa la historia del mundo desde el momento de la revelación hasta el fin . Sobre pasa, por tanto, los límites de la historia de Israel. Los apocalípticos aparecen, en efecto, cuando Israel ya no es un pueblo aparte sino que está totalmente arrojado al torbellino de los sucesos mundiales, lo que sucede con el advenimiento de los grandes imperios como el de los griegos (seléucidas) y el de los romanos. Pero como las promesas históricas a Israel no se ven realizadas en el presente y el tremendo poder opresor de los imperios, o la prosperidad y prepotencia de los impíos y perseguidores no se condicen con la justicia de Dios, los grupos apocalípticos ponen todo el peso de su esperanza en el futuro salvífico , un futuro ya diseñado por Dios y que se cumplirá según él lo ha fijado. De ahí el angustiante ¿ cuándo sucederá todo esto (ya revelado)? que se lee muchas veces (Dn 12,6b ¿cuándo será el cumplimiento de estas maravillas?'; Mt 24,3b; 4 de Esdras 8,63 Señor, acabas de indicarme la multitud de signos que harás en los días últimos pero no me has indicado cuándo tendrán lugar'. No se da entonces solamente una relectura de las promesas (como en otros contextos) sino la revelación de OTRAS promesas que tiene que ver con el fin de este mundo o historia y el advenimiento de un nuevo mundo/historia en que los grupos ahora marginados, oprimidos, perseguidos, únicos fieles a Dios, serán los salvados y disfrutadores. Esta revelación de todo lo que sucederá implica seguridad en que efectivamente las promesas se cumplirán. Para el que nada tiene (de bienes, felicidad, libertad) esta seguridad del fin favorable es generadora de esperanza y contribuye fuertemente a la constancia en la fe en medio de los sufrimientos. ¿Era esto un escapismo futurista? En las situaciones en que nacen, los textos apocalípticos no son evasivos, sino que conforman una literatura de resistencia de los oprimidos; no crean conflictos de lucha ofensiva contra los poderosos, pero sí una confrontación contra hegemónica en el plano ideológico que cohesiona al grupo, debilita al opresor, y ocasionalmente puede generar una defensa violenta. Otra respuesta a la situación es el retiro de la sociedad (la comunidad de Qumrán, por ejemplo) pero no para realizarse fuera de ésta sino para esperar el tiempo del fin y ocupar el lugar de los opresores, enemigos o transgresores de las leyes de Dios (lo último es el caso de Qumrán).
II.4. Las situaciones de crisis no son solamente económicas y políticas; son también culturales. En la época helenista, en que empieza a proliferar la literatura apocalíptica (no solo dentro de Israel), se da una invasión de formas de vida helénicas, magníficamente descritas en 1 Mc 1,10-15. 41-51. Sirva de muestra este pasaje: Algunos del pueblo, más decididos, acudieron al rey (Antíoco Epifanes!) y obtuvieron de él autorización para seguir las costumbres de los gentiles . En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos, rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los gentiles, y se vendieron para obrar el mal (vv. 13-15). Esto significaba una pérdida de la identidad religiosa en la praxis, y cultural en lo ideológico. A las costumbres paganas (=griegas en el caso) se sumaban seguramente los modelos griegos a través de mitos y leyendas heroicas. La resistencia a esta invasión cultural se expresa (en un ámbito no apocalíptico) en la revaloración de los héroes y personajes famosos de la tradición de Israel , como lo hace el autor de Sirac 44-50, utilizando precisamente un lenguaje griego de celebración de hombres famosos (el género del De viris illustribus): cf. 44,1-15. Así se contraataca el poder infiltrador de los modelos del invasor. Tarea admirable. Otros grupos eligen la lucha armada, la resistencia activa (los macabeos), mientras que los apocalípticos se afirman en la resistencia ideológica y contracultural frente al martirio mismo con la seguridad de un cambio radical y próximo que los salvará mediante una intervención transcendente de Dios (Daniel, partes del libro de Enoc, etc.).
III. Ahora bien, en un contexto concreto como el de la invasión (cultural, religiosa, política, económica) helenística o romana, los textos apocalípticos no alimentaban solo una esperanza futura para aletargar a sus adeptos sino también una praxis de preservación de la identidad frente a otra praxis alienante y devastadora. La consecuencia de esta actitud era el martirio, o por lo menos la persecución y la marginación social. Si las ideas apocalípticas hubieran sido inocuas, sus adherentes lo habrían pasado mejor... Pero es cierto que se volvieron inocuas tantas veces cuando fueron sacadas de su contexto socio-político y adoptadas simplemente como doctrina o como simbólica religiosa fundamental. La apocalíptica no puede convertirse en una doctrina que dure dos mil años de tal modo que sus textos se hacen irrelevantes aun en los momentos que debieran resurgir. Sucede en efecto que la simbólica apocalíptica queda prisionera dentro de un sistema eclesiástico que ya no representa al pueblo. En el uso popular actual de lo apocalíptico puede primar la preocupación individualista por el más allá más que la confrontación alternativa con el mundo y el poder político actuales. Lo ha marcado muy bien Elisabeth Schüssler-Fiorenza al final de los dos recientes estudios sobre la apocalíptica cristiana temprana 1 y sobre el contexto sociológico del Apocalipsis 2. La mejor manera de releer los textos apocalípticos es cuando se dan situaciones socio-políticas equivalentes (no iguales, pues sería buscar un concordismo superficial) al de su producción. La apocalíptica tiene por tanto, desde su nacimiento, una gran potencia querigmática: proclama una esperanza cuando todo parece perdido; sostiene la fidelidad a Dios cuando lo recibido y generalmente codificado en normas y leyes no responde adecuadamente a las crisis presentes.
IV. Ahora bien, esta problemática que hemos situado en los niveles socio-político, religioso y cultural, se expresa en la apocalíptica a) en una cosmovisión con temas propios; b) en un género literario determinado que funciona como código de identificación de un texto como apocalíptico; c) en el recurso a motivos literarios característicos, sobre todo cuando aparecen en conjunto; ch) en una tendencia generalizada que permite hablar de un movimiento . Se ha llegado a un consenso actualmente en que a) se denomina apocalíptica , b) determina que un texto sea un apocalipsis y c) se llama apocalipticismo; ch) complementa el género literario. Vamos a considerar brevemente cada uno de estos puntos. Conviene tener en cuenta previamente que los textos apocalípticos son esencialmente simbólicos (y en algunas partes también alegóricos). Este es un rasgo del lenguaje religioso que expresa la experiencia de lo trascendente a través de las cosas de la experiencia común elevadas a la categorías de remisoras a un segundo sentido 3. Pero se puede decir que en lo apocalíptico el simbolismo está en todos los niveles. IV.1. La cosmovisión apocalíptica . Si el punto de partida de la experiencia apocalíptica son las situaciones de extrema crisis socio-política, religiosa y cultural, y la sensación de impotencia para cambiar las cosas, no es de extrañar que el futuro salvífico sea puesto en un orden o un mundo totalmente diferente del orden o del mundo actuales. La simple imagen literaria de los cielos nuevos y la tierra nueva de Is 65,17; 66,22 se convierte en los apocalipsis clásicos en una representación conceptual básica. Se habla entonces de este mundo y del mundo que viene. En el 4 de Esdras se dice que el altísimo no ha hecho un mundo sino dos (7,50), ha hecho este mundo para muchos y el mundo que viene para pocos (8,1). El Apocalipsis siríaco de Baruc hace de la doctrina de los dos mundos un argumento esencial de su visión religiosa: así como por un breve tiempo, en este mundo que pasa y donde vivís habéis soportado numerosos sufrimientos, de la misma manera en el mundo que no tiene fin recibiréis una gran luz (48,50), verán un mundo ahora invisible (51,3 y cf. 14,13; 40,3, etc.). Esta concepción revela un cierto pesimismo sobre este mundo/esta historia. A diferencia de la escatología profética (en la que el futuro ideal es preparado por la fidelidad a la alianza) en la apocalíptica se espera un cambio tan radical que solo Dios puede hacerlo, con un cambio no del hombre sino del mundo. Respecto del presente la apocalíptica es pesimista (porque sus adherentes siente el peso del mal y del sufrimiento) pero es esencialmente optimista en la esperanza de salvación, que sitúan en el mundo que viene, que no significa un mundo espiritual y celestial sino el que viene después. En algunos textos se lo trascendentaliza para remarcar mejor su diferencia y sacralidad, no para espiritualizarlo. La inauguración del mundo que viene va acompañada de un juicio divino sobre los justos e impíos (tema muy desarrollado en algunos apocalipsis) y de la resurrección de todos los hombres (cf. Dn 12,2)4 o de los justos al menos (1 Ts 4,16). Este último es un tema común, aunque no esencial, y tiene su importancia antropológico-social, por cuanto se indica que los muertos oprimidos, marginados ó mártires reciben una rehabilitación en su persona total. Esta reflexión la hacía también el autor de un libro sapiencial como Sad. 1-5 al hablar de la suerte de perseguidores y justos (cf. especialmente la síntesis de 2,21-24). El mundo que viene es descrito también con la imagen del Reino (no necesariamente mesiánico, esto varía según los apocalipsis), y el juicio escatológico es hecho coincidir a menudo con la visita de Dios o el Día del Señor , dos imágenes que no son apocalípticas en su origen. Bajo otro aspecto, la apocalíptica trascendentaliza tanto a Dios, que lo distancia de los hombres. En los textos apocalípticos pocas veces habla Dios mismo. La distancia es cubierta por seres intermedios, los mensajeros o ángeles (y su degeneración, los demonios que representan la sombra o lado negativo de la realidad). Los ángeles son además quienes interpretan las visiones o los sueños del personaje protagonista. La demonología se explica (como en el Enoc etiópico 56,3-16 O 6-8) a partir de una relectura del mito de Gn 6,1-4. Otro tema relevante en la apocalíptica es el de la periodización de la historia. Una tradición sumeria (!del tercer milenio aC!) divide la historia entre antes y después del diluvio; la composición del pentateuco revela también una división de la historia entre antes del Sinaí/Moisés (diez períodos) y después del acontecimiento revelatorio de la Ley 5. En la apocalíptica la periodización de la historia es una forma de expresar una evaluación de la misma a través de los momentos más significativos y señalar el control soberano de Dios sobre toda la historia: así las doce aguas, negras y luminosas alternativamente, en el Apocalipsis siríaco de Baruc 53-74; las diez semanas de la historia del mundo en el Enoc etiópico 93-y 91,12-17 o la visión de los animales en 85-90 (Apocalipsis de los animales); la historia dividida en cincuenta jubileos en el libro de los Jubileos . En un sentido más político se divide la historia en cuatro períodos representados por otros tantos reino (Dn 2; 7; 8; 10-12; Enoc etiópico 89,65-90,17). En estos últimos ejemplos no se abarca toda la historia del mundo sino el período que corre desde el exilio babilónico hasta el fin. Se parte, en efecto, de una experiencia fundamental, originaria, de crisis sucesivas del pueblo del Israel. Hasta que aparece y se despliega del reinado final de Israel. La concatenación de este fin con la historia precedente sirve justamente para dar seguridad al grupo perseguido: la historia no termina ni en el vacío, ni con la victoria de los impíos, sino con la salvación de los elegidos y fieles a Dios. Lo dicho sobre la cosmovisión apocalíptica muestra cuánto se valora el mundo trascendente, en sentido espacial (el arriba) y temporal (el después). La trascendencia es uno de los núcleos de sentido de la apocalíptica: este mundo es el reflejo de realidades de arriba(cf. Dn 10,13ss; Ap 12, etc.); el sufrimiento de ahora se compensa en el otro mundo, lo que no significa en otro lugar sino un mundo cualitativamente diferente. No hay por lo tanto una doble forma de trascender esta realidad: mirándola como reflejo de un mundo superior actual donde se suceden arquetípicamente los acontecimientos, o se saben (referencias a mundos o esferas celestiales, a luchas y signos en el cielo , a ángeles y demonios y, por supuesto, a un Dios alejado e inaccesible), o tratando de pasarla para entrar en el después soteriológico; la misma muerte es trascendida de esta manera ya en esta vida (integrándose en el arriba) o resucitando en el nuevo mundo (escatología individual), o también entrando en el reino escatológico (escatología colectiva) como pueblo liberado (cf. Dn 7,15ss; 1 Ts 4,13-18; Ap 19ss). Si observamos el siguiente esquema vemos que gráfico el apocalíptico interpreta su situación presente desde una trascendencia espacial (el arriba) y espera trascenderla temporalmente entrando en el fin que inaugura la salvación definitiva. IV.2. El género literario apocalipsis. ¿Qué hace que un texto contenga temas apocalípticos sin ser todavía un apocalipsis? En otras palabras, ¿qué constituye en apocalipsis un texto determinado? ¿Cómo lo reconocemos? Es importante la distinción, porque el género literario añade algo al sentido/mensaje del texto, y por tanto orienta su lectura. Toda comunicación es hecha por medio de canales y sobre todo de formas cuya organización o estructura señala una dirección del mensaje; la forma es así una clave de lectura. La forma de una pieza musical indica inmediatamente (ya con un solo compás) qué género musical es, y dirige así a una correcta captación del sentido. Is 24-27 no dice lo mismo si es un apocalipsis como erróneamente se intitula esa sección que solo contiene temas y motivos usados más adelante por la apocalíptica. En cambio, Mc 13 que es un texto mucho más breve, tiene más elementos del género apocalíptico y se puede llamarlo pequeño apocalipsis. Y así sucesivamente. La revista Semeia , en su número 14 (de 1979) recoge los elementos formales que constituyen un apocalipsis en sentido propio. Señalamos aquí los principales: a) En cuanto a la manera cómo se transmite la revelación, puede ser una visión , una audición (discurso, diálogo), un viaje a otro mundo, o la recepción de la escritura (como las tabletas celestiales del Enoc etiópico 93,2 u 81,1-26). Junto al medio por el que se da la revelación, hay también un mediador trascendente (ángel en la mayoría de los apocalipsis; Cristo en el NT) y, por supuesto, un receptor . Este generalmente es pseudónimo (Enoc, Moisés, Juan. etc.), lo que no responde al intento de legitimar un texto recurriendo a un personaje significativo y aceptado (lo que se da en otros contextos) sino a una intención básica de estos textos cual es la de crear seguridad en el desenlace de la historia. Esto tiene que ver con la periodización de la historia; el receptor de la revelación aprende todo lo que sucederá en el mundo hasta el fin de los tiempos, pero el lector del texto que la contiene está en el último tramo previo al fin escatológico. En un esquema: El texto es producido en el momento de crisis en que vive el lector (grupo/comunidad), pero la revelación es proyectada aun momento arquetípico (orígenes, exilio, etc.). De modo que el lector sabe que ya se cumplió toda la historia presente; así también se cumplirá lo que falta, que es el desenlace que lleva de la crisis a la salvación definitiva. El libro de Daniel es producido en el siglo II aC durante las persecuciones de Antíoco Epifanes, pero los sucesos ( revelación a Daniel de la secuencia de los imperios hasta la llegada del reino de los santos/Israel) tienen lugar durante el exilio. El Apocalipsis siríaco de Baruc interpreta la destrucción de Jerusalén en el 70 dC pero el texto solo habla de la destrucción del 586 aC ; por eso el personaje receptor de la revelación es Baruc, aunque en este libro la periodización de la historia no va de la época de la revelación hasta el fin (Daniel, y otros apocalipsis) sino desde Adán. Hay entonces también un repaso de la historia del mundo. Baruc está en el período undécimo (las aguas negras de la destrucción de Sión, 67,1). Se le anuncia como futura la reconstrucción de Sión (período 12, aguas luminosas: 68,1-8). Esta historia es una síntesis de la de Israel. Pero luego vendrán todavía unas aguas negras más oscuras que atañen a la historia de todo el mundo: (esto) es el fin (69,5), cuando el tiempo del mundo llegue a su madurez (70,2), tiempo de confusión y sufrimiento. Este es el tiempo en el que están los lectores/destinatarios del mensaje apocalíptico de este libro. Frente a ellos se aparece o revela el tiempo mesiánico como inminente, las últimas aguas, más luminosas que las anteriores (72-74): este tiempo marcará el fin de la corrupción y el comienzo de la incorruptibilidad (74,2).
b) En cuanto al contenido , suele referirse a los seis temas siguientes: 1. sucesos primordiales: teogonía y/o cosmogonía ( Enoc eslavo 11; 4 de Esdras 6,38-55; en la apocalíptica gnóstica: origen del Pleroma), pecado de los ángeles, revelación de la Torá, etc; 2. la historia del mundo o de Israel, sea en la forma de una relectura del pasado o de una prophetia ex eventu (la historia pasada y reconocida es anunciada como futura, lo que, como señalamos, da seguridad respecto del cumplimiento de lo que falta); 3. salvación presente (este contenido se da solamente en la apocalíptica gnóstica, como es evidente); 4. una crisis escatológica: persecución de los justos (Daniel; Enoc etiópico ; Jubileos 23; 4 de Esdras ; Apocalipsis de Abrahán ; Apocalipsis; discurso escatológico de Jesús en los sinópticos) u otros desastres o sufrimientos escatológicos, naturales o históricos (en la mayoría de los apocalipsis); 5. juicio o destrucción de los malos (en todos los textos propiamente apocalípticos, lo que era de aguardar por la cosmovisión explícita), del mundo (Enoc etiópico; Enoc eslavo) o de seres de otro mundo (Satán, Belial, Poderes, etc.): 6. la salvación escatológica , como transformación cósmica o como salvación personal (con resurrección o con otras formas de otra vida, por ejemplo, la exaltación en el cielo).
c) En relación con el espacio , suelen aparecer elementos trascendentes como regiones celestiales (o esferas), relacionadas muchas veces con los viajes de receptor de la revelación (en la mayoría de los apocalipsis) o seres transmundanos (ángeles y demonios, elemento infaltable). Desde el mundo superior se escucha algunas veces una parenesis del mediador de la revelación a su receptor (Apocalipsis; 4 de Esdras).
ch) Hay una conclusión narrativa (despertar; regreso a la tierra; partida; etc.) o algunas conclusiones (escribir o esconder la revelación). Hemos observado que la distribución de estos rasgos formales en las distintas obras es dispar; pero la conjunción de una cantidad ponderable de los mismos hace que se pueda hablar de un apocalipsis desde el punto de vista del género y contenido. Por eso Is 24-27 no es un apocalipsis, ni Zac 9-14, ni Joel 3-4. El rasgo anotado en b/2 explica por su parte que el Apocalipsis de Juan pueda ser una obra pseudónima, o que el discurso de Mc 13 pueda haber sido pensado a partir de la experiencia del 70 dC (que aparezca como de Jesús, obedece al modelo apocalíptico, al menos en su forma actual). Los apocalipsis son, en definitiva, literatura de revelación en que ésta es mediada por un ser trascendente temporal (salvación escatológica) y espacial (otro mundo). 7 Hay que tener en cuenta también la intención de los apocalipsis de exhortar, generar esperanza y seguridad en la salvación, en función de un contexto socio-político y cultural de sufrimiento 8.
IV.3. Motivos literarios . La apocalíptica utiliza un arsenal de imágenes y representaciones literarias que, tomadas en conjunto, constituyen algo característico. A veces, los motivos literarios son al mismo tiempo temas religiosos, como el léxico de vida/muerte tan frecuente en estos textos. Enumeramos algunos motivos/temas literarios: - los números : en todos los apocalipsis ocupan lugar destacado sea por su simbolismo, o por que permite medir el tiempo; - los colores (aguas negras o luminosas; caballos blancos rojos, etc.): también tienen un valor simbólico; el blanco indica luminosidad y trascendencia, el rojo, los sanguinarios, y así sucesivamente; - los animales : en diversos apocalipsis participan leones, caballos, langostas, leopardos, osos, bestias simplemente (Ap 13ss) para indicar personas, imperios, poderes extraordinarios. Es un modo de remitir a aspectos diferentes, o extraordinarios, de realidades históricas. Como en los mitos (v. gr. mesopotamios, sirios, latinoamericanos, etc.) los animales pueden revelar o simbolizar valores divinos, especialmente cuando son combinaciones de dos o más animales conocidos, como el Quetzalcoatl nahuatl o el dragón babilonio. La apocalíptica aprovecha esta simbólica, justamente por necesitar referirse enfáticamente a los trascendente y eficaz; - las ciudades conocidas en la historia bíblica, para indicar nuevas ciudades o imperios actuales: Babilonia es el paradigma de todo imperio opresor, especialmente Roma (Apocalipsis de Juan 17-18); los kittim (gentilicio de Kition, una ciudad de Chipre) sirve en los rollos del Mar Muerto para aludir a los romanos, que están al oeste; Recuérdese también la nueva Jerusalén de Ap 21-22; - las nubes , los cielos múltiples, las estrellas, el sol y la luna, todo relacionado con lo trascendente; - luz y tinieblas , como símbolos del bien y del mal, de la verdad y de la mentira (un simbolismo universal, por otra parte, pero muy aprovechado en la apocalíptica); - señales (Ap 12,1ss), visiones/audiciones , sueños , como medios de revelación, no propios de la apocalíptica pero muy explotados en ella a causa de la trascendencia de Dios que no habla en presencia. - estereotipos místicos , como la lucha suprema entre el dragón/serpiente y ángeles o arcángeles; indican el nivel extramundano en que se deciden los acontecimientos históricos; - los ángeles como intérpretes de las experiencias visionarias, auditivas u oníricas del protagonista, o como interlocutores de éste; - motivos como la destrucción del mundo, que no es esencial pero tiene su relevancia en relación con la cosmovisión apocalíptica, como ya se vio. Es otro de los tantos símbolos mal interpretados después como anuncio literal. Estos y otros rasgos literarios, a veces motivos, a veces temas, ayudan a sentir más profundamente la cosmovisión y el género literario de los apocalipsis. Como resultado queda una imagen específica de la apocalíptica. Al final completaremos este retrato sacando algunas conclusiones. IV.4. Apocalipticismo : para los fines introductorios de este artículo, basta con entender bajo este vocablo el movimiento o tendencia con su enraizamiento socio-político visto al comienzo que recibe forma y contenido literarios en los apocalipsis o en otros textos como testamentos, profecías, epístolas, evangelios, o lo que fuere.
V. Consideraciones finales Hemos hecho una descripción general de la apocalíptica; luego hay que analizar cada uno de los apocalipsis, en su totalidad o bajo algunos aspectos que interesan para nuestra relectura. Lo ya expuesto nos lleva ahora a algunas conclusiones globales: 1. Los grupos apocalípticos, y por tanto el movimiento apocalíptico, revelan una tendencia al exclusivismo soteriológico; esperan la salvación/liberación para ellos , no para la humanidad o Israel; ellos son el grupo fiel dentro de otra totalidad más abarcadora (son los elegidos, los santos, los justos); 2. de ahí también cierto esoterismo en el uso de símbolos y en la reserva de la revelación solo para el grupo para el que se produce el texto. Los apocalipsis no son literatura universal, y nunca deberían serlo sin modificar su razón de ser; 3. el rasgo señalado en el n. 1 marca una diferencia notable con la literatura profética, más dirigida a la interpelación, al cambio, exigente de conversión y de fidelidad a la alianza. Los destinatarios de los apocalipsis son los elegidos, en todo caso ya convertidos (como los sabê Yisra' el de los rollos del Mar Muerto 9). Los otros no son posibles integrantes del mundo futuro sino los excluidos, los impíos (sociopolíticamente, los perseguidores/opresores); 4. en la profecía, el profeta es un contemporáneo real (aunque el texto actual refleja horizontes posteriores de relectura); en la apocalíptica el receptor de la revelación y comunicador al grupo es un personaje arquetípico, alejado en el tiempo, originario como ya se remarcó; 5. en la profecía se hace una memoria frecuente de la historia salvífica pasada de `, especialmente del éxodo, para exaltar la acción de Yavé o reclamar fidelidad. En los apocalipsis hay algunas referencias a la historia de Israel10 pero más bien para periodizar la historia, o para marcar la división entre elegidos e infieles (cf. el Documento de Damasco del Mar Muerto 1,3ss que no es propiamente un apocalipsis). Los textos apocalípticos se detienen en anunciar el futuro de la historia, su diagramación desde los orígenes. Los sucesos históricos tienen un sello de trascendencia y son anticipados al receptor, y mediados por él (=por el texto) al grupo. La finalidad del mensaje apocalíptico entonces es más la consolación, la paraclesis (nótese este lenguaje en 1 Ts!): los elegidos deben aguantar el sufrimiento, pues SABEN que serán salvados cuando llegue el Fin de la crisis. Los puntos 3-5 pueden esquematizarse de esta manera:
profecía : historia ---------fidelidad ------- orden de justicia salvífica conversión renovación de la pueblo/reyes... alianza
apocal .: hist. futura ---- consolación ---- nuevo mundo para revelada en al grupo los elegidos los orígenes: fiel destinos
6. el grupo apocalíptico aguarda su liberación; está en las postrimerías de la historia. En Dn 2; 7; 8; 10-12 los judíos que sufren la persecución de Antíoco IV o están sofocados por la invasión cultural y religiosa de los modelos helenísticos viven en el cuarto período de la historia, el más terrible pero también el último: después , será el Fin y el reino para ellos ; este esquema es, creemos, esencial en la cosmovisión apocalíptica de contenido marcadamente socio-político. En la apocalíptica de escatología más individualista (que es más tardía) es posible un desprendimiento del Fin respecto al momento histórico del texto (esta evolución se observa, por ejemplo, en la esperanza de la parusía del cristianismo originario)11; 7. el motivo de la destrucción/fin del mundo (que no aparece siempre) no define lo apocalíptico como frecuentemente se piensa al usar o escuchar este adjetivo; apocalíptico no significa desastroso o catastrófico sino que remite a la revelación trascendente al personaje elegido (Enoc, Moisés, Baruc, Elías, Juan) (cf. Ap 1,1)12; 8. el futuro de las representaciones apocalípticas no es el contenido del mensaje sino el medio para exhortar/consolar y mantener la esperanza para el momento presente de crisis y sufrimiento. En otras palabras, importa la respuesta en el presente, no el cómo del futuro. En una buena relectura de los textos apocalípticos, el lenguaje de futuro (como en la profecía) es funcional, retórico-persuasivo, mostrador del misterio de la historia, nunca una filmación adelantada. El literalismo historizador de este lenguaje mal comprendido ha llevado a transformar la apocalíptica de mensaje puntual a doctrina abstracta y evasiva; 9. por último, se recupera lo apocalíptico cuando se está en un contexto semejante (y eso no es concordismo que busca coincidencias exteriores en los hechos) que permite releer los textos mediante la apropiación de su reserva-de-sentido. Ser apocalíptico de por sí, o por tradición/confesión, es evacuar la potencia querigmática del mensaje de esta literatura, que es eminentemente coyuntural, sobre todo por su mordiente socio-político. Severino Croatto , Camacúa 282 1406 Buenos Aires Argentina
1 E. Schüssler-Fiorenza, The phenomenon of early Christian apocalyptic. Some reflections on method, en D. Hellholm (ed.), Apocalypticism in the mediterranean world and the Near East (J. C. B. Mohr, Tubinga 1989, 2. ed.) 295-316. 2 Id., The followers of the Lamb: visionary rhetoric and social-political situation: Semeia 36 (1986) 123-146. 3 Las malas lecturas del símbolo obedecen a no reconocer este hecho tan simple y tomar el significante (primer sentido) como significado y no como vehículo que lleva a éste (que siempre es un segundo sentido). 4 El texto de Dn 12,2 habla de que resucitarán muchos, no todos, pero la siguiente alternativa ( unos para la vida eterna, otros para el orpodio) sugiere que rabbim es aquí un vocablo englobador. 5 Cf. nuestro ensayo, De la creación al Sinaí: periodización de la historia en el Pentateuco: Revista Bíblica 47, 1-2n. 17-18 (1985) 43-51. 6 Mira, Enoc, las tablas celestiales y lee lo que está escrito en ellas, entérate de cada cosa. Miré las tablas celestiales, leí todo lo escrito y supe todo; y leí el libro de todas las acciones de los hombres y todos los seres carnales que hay sobre la tierra, hasta la eternidad (81, 1b-2). 7 Para mayores detalles, cf. JJ. Collins (ed.), Apocalypse: the morphology of a genre: Semeia 14 (1979), con diversos estudios sobre el esquema literario apocalíptico. 8 Esto ha sido especialmente complementado en los trabajos recogidos en Semeia 36, de 1986, cf. arriba, nota 2. 9 Cf. el Documento de Damasco 4: 2; 20: 17 y cf. 2: 5; 1QS 8: 16 (y cf. 2: 4s; 16: 1-5, etc.) 10) Ver Apocalipsis siríaco de Baruc 53-77;4 de Esdras 3, 4-27, un repaso de Adán a la caída de Jerusalén en el 586 como queja ante Dios por el avance del mal en el mundo; como se observa, en un sentido inverso al uso profético de la historia de la salvación (cf. Jer 2,1ss). 11 Cf. O. Vena, La parusía: un estudio de la evolución de la conciencia escatológica de la iglesia neotestamentaria (tesis, 1989, ISEDET, Bs. As., no publicada); para un capítulo de la misma, cf. La lucha por la ortodoxia en las comunidades cristianas del II siglo: Revista Bíblica 52n. 37 (1990) 1-28. Le quita relevancia a la esperanza de la próxima salvación con el cálculo cronológico sobre la misma; ya que cita al 4 de Esdras , podría recordar esta frase: el mundo está dividido en diez partes, y ha llegado a la décima (14, 11). 12 El título apocalipsis aplicado a estas obras aparece solo a fines del siglo I o inicios de II d. C., cf. M. Smith, On the history of apokalupto and apokalupsis , en la misma obra (nota 1), p. 9-19. Pero el concepto de revelación (que no es la contenida en los escritos bíblicos) permea toda esta literatura.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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