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Capítulo III
Análisis teológico y ético de las responsabilidades de las iglesias evangélicas ante esta problemática
3.1. Construcción de una nueva cultura de equidad de género
Obviamente que la tarea que se nos demanda presupone no sólo una actitud de respeto y de adecuada valoración de los problemas que entraña el desarrollo creciente de la pobreza, los índices de población y el impacto ambiental negativo de ambos, sino también y por sobre todo una actitud de apertura hacia los fenómenos que están detrás de estos índices. También el compromiso de caminar tras la búsqueda de cambios significativos que nos conduzcan a soluciones donde la centralidad de la vida sea reinstalada en medio de las profundas necesidades humanas que hemos destacado.
Tal actitud, desprovista de intereses hegemónicos y marcada por una clara vocación de servicio por parte de nuestras iglesias, organizaciones y prácticas pastorales deberá, indudablemente, conducir hacia una nueva cultura que hemos dado en llamar, la "cultura de la equidad de género", desde una práctica solidaria del amor en la búsqueda de justicia. En el seno de esa cultura de la equidad de género hombres y mujeres son considerados como seres diferentes, y por ello actúan juntos y permanecen en constante diálogo e intercambio para modificar las condiciones de su entorno que los deshumanizan. Lograr esta meta presupone ser conscientes de la realidad actual, que nos indica que las mujeres y la niñez siguen siendo víctimas de numerosas desventajas sociales, económicas y de apreciación cultural.
Esta situación nos muestra la enorme contradicción que es perceptible entre lo público y lo privado: mientras los varones figuran en la esfera pública, las mujeres han agregado al manejo de la vida privada (casa, hijos, etc.) su inserción en la vida pública. Mientras que a los primeros se les negó el derecho a disfrutar de su espacio privado (relación de familia, sentimientos de ternura, entre otros) imponiéndoles un rol "masculino" de fortaleza y de supuesta responsabilidad y autoridad, las mujeres se sobrecargan tras las presiones y demandas de una sociedad que sólo les exige esfuerzo y no les retribuye cambios que la dignifiquen y modifiquen los roles de convivencia.
Si tomamos en consideración el contexto de pobreza, creciente desempleo y pauperización de América Latina y el Caribe, esta situación llega a límites insoportables para la vida de millones de mujeres adolescentes, mayores y ancianas. No podemos escondernos tras pretendidos absolutismos éticos, cuando las consecuencias personales y sociales que empujan al sufrimiento y a la muerte a tantas personas exigen de nosotros no sólo una voz, sino también una profunda reflexión que nos induce en los cambios que estamos señalando como impostergables para asegurar la actitud de la vida y la dignidad de las personas tan plenamente como lo que Dios quiere que sean, esto es, personas que viven en dignidad su condición de hijos e hijas del creador.
Desde esta perspectiva, nuestra actitud ética nos debe conducir no sólo a garantizar la vida sino también, y sobre todo, a darle calidad a la misma partiendo de bases de equidad y tomando en consideración la sociedad y el entorno ambiental de todas y cada una de las personas que habitan nuestros países. De esta manera la ética, más que un estadio superior de la moral, será una construcción de nuevas pautas culturales donde las iglesias tienen mucho para decir en lo que tiene que ver con comunidades de salud, de contención y de relaciones significativas. No por ser mejores, sino por ser un paradigma, una señal del tipo de relaciones que Dios, al que le es dado experimentar en los cambios de la historia y de la vida cotidiana de las personas, va a ir garantizando y acompañando en nuestros esfuerzos. Ello nos conducirá hacia una nueva comprensión normativa de la ética en relación con la sexualidad, la salud y la reproducción humana desde una perspectiva de los derechos que nos asisten como personas. Esta tarea exigirá, por lo tanto, una relación de diálogo y de construcción cultural desde nuevas pautas de relacionamiento motivados por una renovada lectura de la Palabra de Dios.
Inspirados en el Dios que creó todo (inclusive todo lo que hay en la persona: cuerpo, pensamiento, sentimientos, deseos, sexo y necesidades) y vió que era bueno (Gn. 1, 31) reconocemos que lo hemos confundido, por una mala comprensión de la Escritura, con el que reprime aquello que crea y entrega para el bien de los suyos. Por ello creemos y vemos en Jesucristo la restauración, a Aquél que es capaz de recomponer las relaciones quebradas y que con su sacrificio termina con el pecado mediante el perdón.
Ya no podemos vivir bajo la caída (Gn 3), donde por confusión humana más que por voluntad divina se llegó a asociar e identificar lo sexual y lo femenino como malo y pecaminoso reduciendo, en el mejor de los casos, la sexualidad femenina al acto puro y único de la procreación. Falsos dualismos y comprensiones erróneas se instalaron: el cuerpo y el espíritu; lo masculino y lo femenino; la libertad y la ley. Ello condujo, además, y como consecuencia de una vida afectiva y sexual insatisfecha, a frustraciones que culminaron y aún continúan persistiendo, en enfermedades, adicciones y violencia en todas sus modalidades.
Debemos llegar a un nuevo paradigma ético basado en la necesidad de la verdad y de la sinceridad como condiciones fundamentales para emprender el camino que toma en serio la inclusión en la vida de las personas del valor del placer sexual, vivido con responsabilidad y desligado de un supuesto deber de engendrar hijos, y que contribuya a la salud personal y comunitaria. Se trata de una ética dialogal y de discernimiento. Que no se cierra a los desafíos de la moral pública y de la ética social. Que está abierta a construir junto con otros y otras una comprensión común de valores normativos y que permitan el respeto a la vida. Desde una valoración plena de las personas y desde una comprensión crítica respecto de las causas que generan tanto sufrimiento.
3.2. Revisión de la doctrina del bien y del mal desde una perspectiva de género
Para ello necesitamos hacer una revisión de la doctrina del Bien y del Mal inspirada en una relectura del texto bíblico que exponga los condicionamientos culturales que ha ido imponiendo la filosofía griega con el correr del tiempo y que hemos heredado, pasando por algunos Padres de la Iglesia hasta nuestros días. Una nueva lectura de esta realidad y desde la ética feminista, nos ayuda a retornar a los valores cristianos, donde el ser humano vale por lo que es y no por lo que tiene. De aquí que destaquemos que las mujeres tienen varias vías de realización plenamente aceptadas por Dios y donde su valor no depende de la maternidad exclusivamente, ni de su obediencia para con el varón.
Esta nueva centralidad antropológica de lo femenino y la vivencia plena de su espiritualidad conduce a la ruptura con los dualismos que llevaron a relaciones cautivas, de poder y sometimiento. Ello nos induce a redescubrir nuestro lugar en el mundo como co-creadores de Dios y reinstala la centralidad de Jesucristo. El viene a compartir con nosotros la certeza de una nueva humanidad. Libre de las marcas de la cruz y marcada por la experiencia de la "tumba vacía".
Esa corporeidad de restauración humana que expresa la Pascua de los cristianos es suficiente motivo como para reflexionar, también, acerca de una nueva ética que no condene la sexualidad, sino que nos permita vivirla en paz y armonía entre nosotros y con Dios.
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Introducción
Nota del editor
Crecimiento demográfico y derechos reproductivos
Cultura, familia y equidad de género en el Contexto evangélico latinoamericano
Análisis teológico y ético de las responsabilidades de las iglesias evangélicas ante esta problemática
Ética protestante y salud reproductiva en América Latina
Ética protestante y salud reproductiva en América Latina
Derechos reproductivos y sexuales en América Latina
Conclusiones y propuestas estratégicas
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