VIVIR A LA SOMBRA DEL MAL

Encuentro teológico con tabúes, culpa y vergüenza en el contexto de la pandemia del VIH/SIDA

Martti Lindqvist
Doctor en teología, tratadista de ética y escritor, Finlandia Presidente del Consejo Consultivo Nacional sobre Ética del Servicio de Salud en Finlandia

La historia de la pandemia del VIH/SIDA es algo más que un gran desafío a la medicina, la sicología, la sociología y la moral. Afecta profundamente a nuestra concepción de la vida y la comunidad y a nuestra manera de entender el misterio de Dios. Tenemos que hacer frente al problema del mal así como a tabúes y a sentimientos de vergüenza y culpabilidad.

A lo largo de los últimos veinte años, la infección del VIH y el SIDA derivado de ella se han impuesto en el mundo como una realidad sanitaria, sicológica, social y política. Forma parte de las vidas cotidianas de millones de personas y su efecto sobre el futuro de las sociedades es considerable. Es también un problema claramente mundial. Aun cuando el SIDA se haya considerado como una plaga de África en particular, la infección del VIH no tiene límites. Repercute sobre el desarrollo mundial, pero también el desarrollo mundial repercute sobre la infección del VIH y el SIDA. Se trata de un problema ético en varios niveles: individual, comunal, nacional y mundial. La pandemia afecta a las estructuras familiares, a las comunidades locales, a la política estatal y también a la economía y las relaciones internacionales. Sus consecuencias inciden también en la filosofía de la vida y en el apego a la vida de diferentes grupos de personas.

Para los médicos, el VIH y el SIDA son cuestiones concretas y racionales que se plantean a la investigación, la prevención y el tratamiento. Son difíciles de resolver, pero no están asociadas a nada que sea ajeno o extraño desde un punto de vista médico. Así pues, lo que es en general importante y efectivo en la ética de la sanidad pública es también válido frente a la epidemia del VIH y el SIDA. Objetivamente, la claridad profesional, la humanidad y la justicia tienen que desempeñar un papel clave. La discriminación, el moralismo, el rechazo y la mistificación son éticamente las amenazas más graves cuando surge la epidemia.

ÉTICA REALISTA

La epidemia del VIH presenta numerosos aspectos y está perturbando las estructuras de las comunidades, los códigos morales y las relaciones interestatales. La imagen de la infección del VIH se utiliza también como arma con muchos fines. Como una especie de cuadro de horror, el debate en público sobre la infección y la epidemia del VIH sirve también para fines distintos de los orientados a la investigación, la prevención y el tratamiento. Como fenómeno social, la epidemia del VIH es excepcional. Está asociada con imágenes, sentimientos, reacciones y opiniones que son a veces muy fuertes. Para gran número de personas, el SIDA es motivo grave de temor y conduce a disputas ideológicas, políticas, religiosas y morales. Más que cualquier otra cosa, la epidemia del VIH, en muchas sociedades, ha acentuado la desigualdad social, ha complicado las vidas de los grupos y de las personas que ya se encuentran en posición difícil y ha hecho que se estigmatice y se rechace a quienes padecen la enfermedad. Por esta razón, también, es un gran desafío social y ético. El obispo Desmond Tutu ha dicho que el fenómeno del SIDA es, a nivel social, una nueva forma de apartheid.

La ética es el examen consciente, la configuración y el desarrollo de nuestros propios valores y opciones y su aplicación en la práctica. Algunas de las bases éticas de la vida vienen de la cultura y de las normas tradicionales de la comunidad; no obstante, lo ético tiene siempre algo que ver con el ser interior y la conciencia. Tanto individual como colectivamente, el objetivo de la ética es el autocontrol moral.

La ética vive inevitablemente en tensión entre realismo e idealismo. Bosqueja un conjunto de ideales y objetivos para llevar al “mejor mundo posible”, por ingenuo que esto parezca. Por otra parte, la ética que no tiene en cuenta las realidades dominantes y los límites reales es una mala ética. En gran medida, el problema de las declaraciones generales y de las ideas elevadas es que no conducen a nada concreto. Viven en su propio mundo de ideas.

A menudo necesitamos ser muy realistas. Hay que tomar en consideración cosas feas, contradictorias y desagradables, porque lo malo es siempre la sombra de lo bueno. La concreción de la ética en la vida cotidiana, la adquisición de información válida y de un ámbito general sobre las condiciones reales y la proyección sobre el mapa de las alternativas prácticas son elementos de importancia decisiva cuando se trata de realizar opciones responsables.

EL MAL Y LA IMAGEN DE DIOS

En mi opinión, este dilema de las diferentes maneras de interpretar la perspectiva humana está profundamente enraizado en nuestra visión de Dios. En la teología clásica, Dios se entiende como infinitamente perfecto y bueno. Dios es el ser total, el ser perfecto. El mal no puede tener existencia propia fuera de la plenitud divina; debe considerarse como algo que carece de realidad sustantiva en sí mismo, como la ausencia de bien. Según esta concepción, Dios no creó nada malo: como seres humanos, nosotros mismos hemos producido toda la maldad. Agustín negaba incluso la esencia del mal. Decía: “aquello que llamamos mal.. son defectos en las cosas buenas, enteramente incapaces de existir por sí mismos fuera de las cosas buenas... El mal no es sino la privación del bien.”

Jim Garrison trata de estas viejas concepciones teológicas en su importante libro "The Darkness of God: Theology after Hiroshima" ( La oscuridad de Dios. Teología después de Hiroshima ). Quiere reevaluar la doctrina del mal definido como la ausencia de bien. Acepta que el mal es objetivamente real y algo creado y utilizado por Dios. Escribe Garrison: "El Dios experimentado ha resultado poseer dimensiones de luz y sombra y ser tan feroz y terrible como misericordioso y compasivo. La bondad de Dios, por consiguiente, no ha de verse únicamente como luz pura y perfección inmaculada de la persona de Cristo. Antes bien, la doctrina del Summum Bonum ha de verse mucho más en el hecho de que Dios integra creativamente todos los aspectos de la realidad, tanto el bien como el mal, en una unidad salvífica. Aun poseyendo dimensiones de luz y sombra, por consiguiente, la voluntad de Dios es en último término benévola, no malévola." (Garrison: The Darkness of God: Theology after Hiroshima 1982)

Tropezamos aquí con el problema del dualismo, que no trata solo de la cuestión de Dios, sino que tiene también algo que ver con la imagen del ser humano. Hemos sido creados a imagen de Dios, y la misma línea fronteriza entre el bien y el mal, luz y oscuridad, puede encontrarse en nuestro interior. Lo que parece importante es precisamente la experiencia de estar en la frontera. La frontera es un símbolo eterno, universal y también profundamente inconsciente. La frontera es un lugar de encuentro de dos mundos diferentes. Es un lugar que no ocupa espacio, porque no pertenece a un lado ni a otro. Sin embargo, es también un punto muy intensivo donde los opuestos se encuentran y se transforman en nuevas realidades. La superación del dualismo es la cuestión clave para la supervivencia de la humanidad.

PRESENCIA DE DIOS EN AUSENCIA DE DIOS

Hay situaciones fronterizas especiales en una vida. Hay tiempos de crisis en que uno tiene que renunciar a algo, que es muy precioso y se ve como parte inseparable de la propia vida. La única manera de avanzar es aprender a dejar atrás lo que ya no puede mantenerse. A menudo esto es tremendamente doloroso. Hay situaciones en que el individuo tiene que renunciar a sus amigos, a su familia, a su salud, a su país, a su inocencia, a su libertad, a su fortuna, a su matrimonio, a su posición social, incluso a su vida. Esta es normalmente la situación cuando el bien y el mal están inseparablemente entretejidos y cuando tenemos que hacer frente al mal tanto en Dios como en nuestras vidas y en las comunidades.

Es difícil discernir a Dios que se oculta en su ausencia. Esta experiencia recuerda el momento más crítico en el relato de la crucifixión, cuando Jesús agonizante grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? " (Mt. 27: 46) Es una profunda paradoja. El Hijo de Dios en la cruz expresa su agonía por la total ausencia de Dios. Las palabras de Jesús recuerdan el comienzo del salmo 22.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
¿Por qué estás tan lejos de mi salvación
y de las palabras de mi clamor?
Dios mío, clamo de día y no respondes,
y de noche no hay para mí descanso.
(Salmo 22: 1-2)

Entre muchos otros, uno de los principales teólogos de la liberación, el peruano Gustavo Gutiérrez, hace notar que esas palabras de Jesús son las palabras iniciales del salmo 22, y que hay que tener en cuenta todo el salmo para entender el sentido de su lamento. Gutiérrez escribe: "El Hijo de Dios nos enseña que hablar de Dios debe pasar por la experiencia de la cruz. Acepta el abandono y la muerte precisamente para revelarnos a Dios como amor. El amor universal y la preferencia por los pobres distinguen el mensaje del reino divino que purifica la historia humana y la trasciende. El pecado, que es la negativa a aceptar el mensaje, lleva a Jesús a la muerte; la cruz es el resultado de la resistencia de aquellos que se niegan a aceptar el don inmerecido y exigente del amor de Dios." (Gutiérrez: Sobre Job 1985)

Se ha dicho que la encarnación es posible únicamente si uno acepta por un momento intensivo que no hay en él o ella lugar para Dios. En ese momento toda la persona es justamente una gran experiencia de la pérdida de Dios. Sólo después de este tipo de experiencia puede tener lugar la resurrección. De alguna manera, el sentimiento de la ausencia de Dios presupone la presencia de Dios, porque la ausencia no tiene un significado emocional si no hay simultáneamente una experiencia de la presencia. El anhelo de alguien hace que ese alguien esté presente de una manera secreta.

Tenemos que hacer frente también al mal en la naturaleza y en Dios; el mal que es fuente de mucho sufrimiento humano. Por fortuna, tenemos en la Biblia muchos testimonios conmovedores de personas que luchan con la injusticia y con sufrimientos humanos impensables. El libro de Job es, por supuesto, el mejor ejemplo.

En su libro “Respuesta a Job”, el sicoanalista y terapeuta C.G. Jung analiza la importancia de la apelación de Job a Dios contra Dios. Mientras por una parte reconoce la injusticia de Dios con él, Job está también seguro de que es de Dios de quien recibirá justicia. Oigamos su propio testimonio:

Dios me ha entregado al mentiroso,
en las manos de los impíos me ha hecho caer.
Yo vivía en prosperidad, y me desmenuzó;
me arrebató por la cerviz, me despedazó
y me puso por blanco suyo.
Me rodearon sus flecheros,
y él partió mis riñones sin compasión
y derramó mi hiel por tierra.
Me quebrantó de quebranto en quebranto;
corrió contra mí como un gigante.

(Job 16: 11-14)

¿Quién podría lanzar contra Dios un ataque más realista y apasionado que el contenido en la acusación de Job? Ahora Job necesita a alguien que lleve su apelación. Sigamos escuchando el discurso de Job en el mismo capítulo:

¡Tierra, no cubras mi sangre
y no quede en secreto mi clamor!
En los cielos está mi testigo
y mi testimonio en las alturas.

Cerca de Dios mi grito es mi abogado,
mas ante Dios derramaré mis lágrimas.
¡Ojalá pudiera disputar el hombre con Dios
como con su prójimo!

(Job 16: 19-21)

Decir la verdad sin temor es lo que Job desea. El más profundo deseo de Job es encontrar a Dios y debatir con él. Gutiérrez escribe sobre este pasaje: “Job quiere que su sangre no sea enterrada, para que pueda seguir pidiendo justicia para él. No quiere aceptar que su caso esté concluido. Este grito dramático, como la queja en los versículos anteriores, da lugar no obstante a una expresión de confianza en un mediador misterioso, alguien que tomará su defensa en el pleito que tiene entablado con Dios. No dice quién es esa persona, pero porque se sabe inocente, da por supuesto que habrá alguien que dé testimonio de su rectitud.” (Gutiérrez 1985).

En mi opinión podemos extraer de aquí dos conclusiones. Por una parte se trata de un pleito en el que Dios es llamado a testimoniar contra Dios. Del mismo modo que Dios permitió a Satán someter a Job a una prueba sádica, Dios debe ser también defensor de Job. Esta creencia muestra la confianza última en Dios. Por otra parte, una persona sufriente necesita un amigo como mediador y en mi opinión el consejero es precisamente esa persona. En este tipo de situación el papel del consejero no es defender a Dios frente al cliente, sino defender al cliente frente a Dios: con rabia, en la agonía, no aceptando comprender por qué es necesario tal sufrimiento.

TABÚES RELACIONADOS CON LA SEXUALIDAD Y LA MUERTE

Básicamente, el SIDA está asociado con tabúes que combinan imágenes de muerte y sexualidad. Después de todo, es una enfermedad que suele transmitirse sexualmente y que conduce a menudo a la muerte de la persona infectada. Dada, por otra parte, la asociación frecuente de la sexualidad misma con vergüenza y culpa, y de la muerte con temor e incomprensión, estas experiencias convergen para formar un bloque ante el que es muy difícil posicionarse. En tal caso, se aproxima uno a la idea de que el SIDA es un castigo a la persona por su descarrío sexual. Por ejemplo, Dios, la naturaleza o “el orden normal de la vida” pueden presentarse como el vengador. Aun cuando a nivel racional la gente piense y hable de otro modo, la imagen a nivel emocional puede ser esa.

Esto no explica todavía toda la serie de problemas-tabú asociados con el SIDA. Por error o conocimiento imperfecto, la gente ha pensado, por ejemplo, que la homosexualidad o el uso de drogas por vía intravenosa serían “la causa del SIDA”. Esto puede interpretarse de dos maneras. Por un lado, puede pensarse que, individualmente, el SIDA como enfermedad es un castigo por actos desviados, pecaminosos y antinaturales. Según esta manera de pensar, las personas se destruyen por sus propios actos contra la naturaleza (perversión). Por otro lado, puede pensarse que los homosexuales y los drogadictos son peligrosos para otras personas. Sin ellos, no existiría el mal. Se crea una imagen de un supuesto enemigo con ayuda de la cual se demoniza a ciertos grupos de personas. Si además esas personas son de otros países, tal vez también de raza y religión diferentes, la imagen del enemigo se refuerza aún más.

El pensamiento tabú se caracteriza por su exageración. Se utiliza el tabú para generalizar, aislar, amenazar y controlar. En este sentido, los medios de comunicación de masas pueden incurrir también en el pensamiento tabú. Sicológicamente es evidente que este tipo de tabú actúa como conducto para muchos temores y sentimientos de culpabilidad además de aquéllos a los que se vincula en concreto. El SIDA y los grupos estigmatizados como sus propagadores pueden ser mirados con temor por la razón de que hay en la comunidad un ambiente de temor general sin comprender claramente a qué se refiere. La gente necesita simplemente encontrar una razón de su temor.

Debemos entender la profundidad de los sentimientos de culpa y vergüenza que suscita la cuestión del VIH/SIDA, no solo por parte de los pacientes sino también por parte de familiares, amigos y personal profesional. A mi parecer, esta cuestión de la vergüenza y la culpa ocupa una posición clave cuando se trata de superar la crisis del SIDA. Y el papel de las iglesias es aquí central, tanto como parte del problema como en cuanto parte de su posible solución. Es importante distinguir entre sentimientos de culpa y vergüenza. La culpa se refiere normalmente a la evaluación por una persona de sus propios actos, sean correctas o erróneas sus razones. Pero la vergüenza es básicamente una profunda experiencia de que en última instancia yo soy una persona de tipo incorrecto. El hecho de que yo exista es un fracaso. Precisamente por eso es un error ético perdonar la vergüenza. Si lo haces, básicamente, la persona creerá que tenía razón al creer que no tiene permiso para existir. La vergüenza de ser un tipo incorrecto de persona se perdona solamente, pero no se borra. La gracia borra la vergüenza porque significa que una persona es bienvenida a su propia vida como el tipo de persona que realmente es.

EL SECRETO DE LA TRANSFORMACIÓN

En un momento de crisis hay normalmente mucha aflicción y congoja. La vida es dolorosa y suele necesitarse tiempo para superar esta experiencia. Hay que perseverar en la espera. Se mueve uno en un círculo mágico sin saber cómo romperlo. Pero la experiencia de crisis no significa eso solamente. En algún lugar del proceso hay un espacio vacío en el que el dolor finalmente ha desaparecido pero nada nuevo ha surgido todavía. En este vacío siente uno generalmente una profunda soledad, intemporalidad y un sentimiento de no estar en ninguna parte. Simone Weil, la filósofa, mística y profunda pensadora religiosa francesa, ha descrito este vacío como algo que es al mismo tiempo creado por la gracia de Dios y el único lugar en que la gracia puede estar libremente presente y ser efectiva. Según ella, el vacío es contrario a todas las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, solo la gracia puede crear este vacío, que necesita para sí misma. Simone Weil dice que para encontrar este estado tiene uno que renunciar a su propio poder y aceptar su propia vulnerabilidad. No puede ya uno controlar su vida. El sentimiento de desamparo y vulnerabilidad es abrumador. Obviamente, Simone Weil describe aquí algo que ha sido la experiencia central de muchas personas y de lo que han hablado célebres místicos como San Juan de la Cruz en su famosa imagen de la noche oscura de la cruz.

Para mí, este parece ser el momento de la metamorfosis, un nuevo nacimiento en el que se crea en secreto algo enteramente nuevo. En términos teológicos, Dios crea lo nuevo sin que nosotros sepamos cómo y por qué esto sucede. No hay manera de entenderlo o explicarlo, pero no por ello es menos real y la experiencia es clara. Jesús dice: “En verdad os digo, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que odia su vida en este mundo, para vida eterna la ganará.” (Jn 12: 24-25)

Jim Garrison escribe: “A la luz de Hiroshima, nos percatamos de que la finalidad profunda de la encarnación y la expiación es constituir la base esencial para la integración en las vidas individuales y en el conjunto de la historia de lo que hay de antinómico en la acción de Dios tal como la experimenta la psique humana. Todos los opuestos son de Dios: luz y oscuridad, bien y mal, crucifixión y resurrección. La encarnación fue la señal de que la humanidad debe ahora llevar esta carga. Ser ‘en Cristo' significa estar abierto a la posesión por la ‘antinomia' de Dios... Al articular cualquier teología de la cruz debemos tener presente el hecho de que Dios, en el amor, sufre hasta la muerte bajo el juicio de Dios sobre el pecado, quizás en reconocimiento profundo de la última responsabilidad e intención divinas tras la presencia y el poder del pecado en la creación. En Cristo , la Divinidad, luchando con su propio lado oscuro, trata de experimentar y al mismo tiempo de trascender toda la tensión antinómica de contrarios en una vida plenamente humana.” (Garrison 1982)

La tendencia de cada hombre o mujer es a dominar su vida. Tendemos a creer que tenemos que dominarlo todo en la naturaleza, con inclusión de nuestra propia naturaleza y nuestro destino. He tratado de mostrar que en muchas situaciones esto no es ni posible ni aconsejable. El lado sombrío de lo humano implica que la creencia en el progreso humano ilimitado carece de fundamento y que con alta probabilidad conduce a una mayor destrucción. He dicho también que en períodos de profunda transformación personal uno tiene que perder el control de sí mismo y aceptar permanecer en el lugar vacío donde la gracia divina prevalece mediante la presencia oculta de Dios cuya ausencia se percibe.

Es importante también hacer el drama humano tan concreto como sea posible. La humanidad ha conocido siempre el poder de los ritos para acercarse al reino sagrado de lo que no puede entenderse ni controlarse. Hay poderosos ritos religiosos, por ejemplo la comunión, el bautismo y los funerales. Pero me refiero también a los ritos en un sentido más amplio. Es importante que son actos materiales concretos que se repiten de la misma manera durante largos períodos de tiempo. Dan un sentido de participación real y la sensación de contacto con algo, que es real pero también invisible e intemporal. Un factor salutífero en este tipo de ritos es que, siendo actos muy palpables y anclándonos en el mundo material, son al mismo tiempo un puente hacia el mundo invisible.

Es importante recalcar la naturaleza universal de la ética, aun cuando las personas, sus trayectorias y sus situaciones vitales sean diferentes. Los mismos principios éticos son aplicables a la lucha contra la epidemia del VIH que al servicio de salud pública y a otros trabajos de beneficencia en general. Lo principal es la humanidad de tratamiento, el altruismo, la confidencialidad, la universalidad y la seguridad. Además del examen médico competente y del tratamiento, el portador del virus y la persona que padece el SIDA necesitan que se les preste apoyo, se les acepte y se tenga en cuenta toda su situación vital.

Como la persona que requiere tratamiento está a menudo insegura y preocupada por el riesgo de ser estigmatizada y discriminada, hay que prestar particular atención a la confidencialidad. La persona debe tener subjetiva y objetivamente la seguridad de estar en buenas manos y de que su asunto será tratado con total confidencialidad si es eso lo que desea. Con ello se promueve además su disponibilidad para cooperar y su capacidad para cuidarse por sí mismo en su medio ambiente

ÉTICA DE COMPARTIR Y DE ACEPTACIÓN MUTUA

En un sentido profundo, la ética relacional entre personas es una búsqueda de contacto, un compartir la vida y una aceptación de responsabilidad. Todos compartimos la misma humanidad, lo que implica también sufrimiento, injusticia y tragedias. El destino de cada persona afecta al nuestro propio de alguna manera. Los derechos y las obligaciones de las personas son recíprocos. Tenemos que aprender a mirar el mundo con los ojos del prójimo y a experimentar genuinamente su parte en la situación de su vida. Se dice que las imágenes del enemigo son ideas que impugnan la unión fundamental de las personas y sostienen que la humanidad de algún grupo es diferente y de distinto valor que la de otros. Identifican a una persona ora con su característica y su acción privadas, ora más ampliamente con el grupo (rechazado) al que esa persona pertenece.

En el plano emotivo, ser ético es ser capaz de entrar en la experiencia de otra persona, mostrar empatía. Esto es la esencia de la “regla de oro”, que nos insta a hacer a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran, y a abstenernos de hacer lo que no quisiéramos que nos hicieran. Colocarse en la posición del prójimo permite seguir en la práctica la regla de oro.

En cuanto a la ética, es también importante que una persona sea capaz de aceptar sus propios sentimientos y los sentimientos de los demás. Sentimientos y emociones nunca son prohibidos o censurables como pueden serlo las intenciones o las acciones. En situaciones de crisis en particular, debe darse a los sentimientos amplio espacio aceptado y seguro. No es pues censurable ni vergonzoso que en las mentes de muchos el SIDA esté asociado a sentimientos de temor, rabia y aflicción. Hay que hacer frente y reaccionar ante estos sentimientos para que la vida pueda crecer y para encontrar una senda suficientemente segura después de la crisis.

“Soy el que soy”. Este nombre que Dios se da a sí mismo dice lo que es más esencial sobre la fiabilidad de Dios. Si él es, incluso yo tengo derecho a ser el que soy: de la manera en que es posible y genuina para mí en la situación presente. No tengo necesidad de esconder ni siquiera los aspectos más débiles y oscuros que hay en mí.

 

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